La rodilla de Aquiles (Escrito en Marzo de 2015)

Publicado: 10 octubre, 2015 en Uncategorized

El hijo del príncipe Peleo fue a la más grande de todas las batallas de la Antigüedad, precisamente, porque sabía que moriría en ella. En la fatalidad encontraría también el recuerdo eterno y obtendría lo único que su condición de héroe no podría lograr: la inmortalidad. Por eso, Aquiles no dudo en agarrar yelmo, escudo y lanza y embarcarse hacia aquella Troya en la que Agamenón vio poder; su hermano Menelao, despecho; y él mismo, simplemente gloria. La gloria que le daba sentido a una vida que transcurría de batalla en batalla, siempre al límite de esa dualidad entre héroe y mortal que hacía que cada nuevo riesgo, precisamente por la posibilidad de ser el último, mereciera la pena y tuviera sentido.

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Muchos siglos después, fue la rodilla, y no el tendón, lo que frenó en seco a otro héroe del Mediterráneo en su inagotable carrera en busca de la Eternidad:”No sé si volveré a mi mejor nivel. Sin salud no se puede competir”. Esas palabras de Rafael Nadal (Manacor, 1986) tras caer el pasado mes de febrero en la semifinal del Open de Río de Janeiro, reconocieron que el implacable paso del tiempo y la carga de esfuerzos eran para su rodilla como la flecha con la que Paris partió en dos el talón de Aquiles.

Ha pasado más de una década desde que aquel muchacho, entonces tímido y desgreñado, derrotara con tan sólo 18 48925años al estadounidense Andy Roddick, número dos del mundo en aquellos días, en la final de la Copa Davis celebrada en Sevilla. Fue una victoria fundamental para que España lograra su segunda Ensaladera y, desde aquel momento y hasta 2012, su vida al servicio exclusivo del tenis lo llevó a concatenar hazaña tras hazaña sin más tregua para el cuerpo y la mente que cada final de temporada.

En ese tiempo, y con un ritmo taquicárdico de torneos, logró 11 Grand Slams, 20 Master Series, una Medalla de Oro en las Olimpiadas de Pekín… Y así hasta poder rellenar tantas páginas como Homero escribió a costa del Pélida. No obstante, y a pesar de la dimensión ciclópea de sus números, Nadal y su juego trascendían el ámbito deportivo, lo que lo hacía más presente si cabe y también más imprescindible. Un fenómeno social, carismático y admirado, cuya puesta en escena era una sacudida para el circuito ATP así como un clin-clin-caja constante para sus patrocinadores y representantes. Era tal el vendaval que, incluso, se llevó por delante en 18 ocasiones a Roger Federer, el más virtuoso entre sus iguales. El suizo llegó a llorar de impotencia en plena pista de juego tras perder en cinco sets la final del Open de Austria de 2009 ante el de Manacor.

Rafa parecía invencible: emperador de la tierra batida con 81 victorias consecutivas- más que nadie- dos veces campeón en la sacrosanta hierba de Wimbledon, martillo sin descanso sobre el cemento de Australia y Estados Unidos y terror subconsciente de algunos de los jugadores más importantes de todos los tiempos que, si no fueron más grandes fue, precisamente, por coincidir en la misma época que el español.

No obstante, el Tiempo y su rigor pusieron sede en la rodilla izquierda del héroe y fue tras su séptima victoria en París cuando supo que la vana mortalidad se adueñaría poco a poco de su figura y de su tenis. En junio de 2012, se vio obligado a parar durante casi ocho meses. Perdió el billete a los Juegos Olímpicos de Londres y pasó en blanco el resto de una temporada que dejó muchas interrogaciones colgadas de la gigantesca percha de su nombre. ¿Cuándo y cómo volverá? ¿Cuál es el calendario que más le conviene? ¿Por qué jugó tanto? ¿Quién lo aconsejó?

En febrero de 2013, regresó. Estaba más delgado y menos musculoso para intentar que las articulaciones que soportan la arquitectura de su cuerpo no sufrieran tanto. Lo que sí mantuvo intacta fue esa voluntad tan suya en base a la cual toda la existencia del universo se resume en cada set, en cada juego, en cada punto, en cada golpe desde cualquier lugar de la hi-res-da68c122533e8a8c34802b0374749f73_crop_northpista. Era como si le hubiera ganado la batalla al Hades y volviera desde la otra orilla con la barca de Caronte sobre sus hombros. Volvió para ser otra vez el número uno y lo consiguió. Ganó, además, 10 torneos que incluyeron su octavo Ronald Garros y su segundo US Open. A pesar de haber estado más de medio año fuera de las pistas, su inercia ganadora se expandió sin descanso también a la primera mitad de 2014, cuando volvió a conquistar Ronald Garros por novena vez.
A partir de entonces, y como si el idilio de su regreso-milagro se hubiera agotado, desapareció súbitamente de los primeros puestos de las grandes citas, donde ya nunca asomaba sin una gruesa protección en torno a su rodilla izquierda. Dos años después, se demostraba que el parón de 2012 era más una realidad insoslayable que un capítulo puntual del pasado.

En lo que llevamos de 2015, su humanización es cada vez más evidente y parece que la capacidad de esfuerzo que le quede dentro estará orientada a seguir engordando los números sobre tierra batida, superficie donde hace unos días ganó su primer torneo del año en Buenos Aires y en la que aún le quedan dos retos mayúsculos: ganar su décimo Ronald Garros e intentar conseguir su segunda medalla de oro olímpica sobre la arcilla de Río de Janerio 2016.

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