El punto de fuga

Publicado: 31 enero, 2015 en Uncategorized

No es fácil juntarlos a todos ni tener tiempo para echar un rato con ellos. Por eso, cuando los compromisos no colonizan mis previsiones de fin de semana, empleo los viernes por la tarde en caminar desde la estación de Highbury & Islington hasta el final de Upper Street, donde siempre me esperan.All-sizes-upper-street-angel.-Flickr-Photo-Sharing

Esa calle es una eternidad en sí misma, salpicada por decenas de bares, cafeterías, algún museo, varias salas de cine, un par de academias de danza y restaurantes de 15 nacionalidades distintas. De tan iluminada parece el cuerpo gigante de una libélula.

A pesar de que caminar por ahí después del trabajo es hacer un slalom esquivando personas como quién esquiva árboles colina abajo, siempre me detengo en el escaparate de una tienda de juguetes artesanales que hay justo en frente de St Mary’s Church. Es el punto fronterizo a mitad de calle, el lugar donde se separa en dos: de una mitad, los locales de día; de la otra, los de noche. Esos dos mundos que se entremezclan sin distinguir muy bien donde acaba uno y empieza el otro, a cual pertenece la última hora de la tarde y a cual la primera de la noche.

Como decía, suelo quedar con mis amigos al final de la calle. Justo antes de llegar a la boca de metro de Angel. Siempre los encuentro apostados en el pasillo estrecho de una librería. Allí pasan los días sin el menor sentido del transcurso del tiempo. Siempre como la primera vez que llegaron, con la misma claridad de ideas, con idéntica frescura: Sir Arhtur Conan Doyle, James Joyce, Charles Dickens… Allí están, en silencio y perfecta armonía, unos junto a otros. Con sus rarezas y sus historias más conocidas pero siempre ahí.

66c4f88585d70b6dd5675343e8da93b7La librera me saluda con media palabra mientras observa mi bolso colgado en bandolera: ”Ya está aquí otra vez el de las gafas amarillas, que siempre viene a leer y casi nunca se lleva nada…”, parece pensar.

El lugar es tan pequeño que no cabe la parsimonia. Leo rápido como si tuviera miedo de que me llamaran la atención. Cojo los libros, deslizo mis dedos por la tapa, les doy la vuelta, me detengo en aquellos títulos que jamás encontré antes en ningún catálogo. Intento pasar unas cuantas de hojas mientras pongo toda mi atención para entenderlo por completo en versión original. Procuro abstraerme de mi vergüenza por ocupar casi por completo el acceso clave al resto de estrechos pasillos. Al final, si me detengo demasiado, pago y me llevo alguno. En el fondo, siempre seré un chico de pueblo y ese es el modo de legitimar mi presencia allí, de vencer esa vergüenza tan particular de entrar a los sitios sólo a mirar.

Cuando termino de echar un rato con ellos, salgo y voy siempre al mismo café. Una estancia sencilla, apenas un rectángulo cobijado bajo la onda expansiva del Wifi donde nadie mira a los ojos ni levanta la vista de su teléfono móvil, tableta u ordenador. Me gusta ese sitio porque me da la sensación de estar solo. Pido un chocolate caliente y me siento junto al ventanal que da a la calle. Es enorme, como 5 metros de ancho por 5 de largo. Impoluto, al permanecer allí, tan cerca pero tan lejos de la calle, ese cristal gigante te hace sentir en el interior de una pecera sin agua.

Veo pasar a la gente, los observo en su ir y venir, y como si quisiera disimular la curiosidad o librarme de una multa por vouyer, saco una de mis libretas acompañada por uno boli. La mayoría de las veces no escribo, tan sólo me limito a observar el ritmo de la calle y la concatenación de pasos que dejan atrás, como residuos olvidados, cada uno de los viandantes.

James Joyce anteojos sobre tapa ojoAl terminar mi chocolate caliente, busco el 153 para volver a casa y 15 minutos después llego a mi apartamento con el tarro lleno de ideas. Conceptos, localizaciones, tramas de Después basadas en el Ahora, incluso historias de Mañana que tiene los pies anclados en el Antes. Siempre a vueltas con el hilo sobre el que se desliza el tiempo y su desorden, donde cada pedazo de realidad está constituida por un montón de realidades atemporales en constante evolución y cambio.
El caso es que empiezo a teclear para dar forma al Tiempo y el Espacio y mientras emborrono un folio que después fusilaré sin piedad a base de correcciones, siento una satisfacción particular por estar haciendo lo que hago. Es entonces cuando me doy cuenta de que a pesar de la exigencia que lleva implícita esta ciudad y a pesar del sacrificio, los tres años aquí han merecido la pena.

Cada invierno con su dureza, cada distancia con sus interrogantes, cada silencio repleto de ruidos ajenos, cada día y cada noche en cuesta arriba te hacen más fuerte. Y no es una cuestión física, ni siquiera mental. Tan sólo sientes una irreductible voluntad de seguir hacia delante para descubrir otros días, alcanzar nuevos objetivos y llegar al punto de fuga donde cada jornada muere y nace el horizonte.

Manuel Bravo Pérez

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