MANICOMIO LONDRES

Publicado: 15 enero, 2015 en Uncategorized

Londres es un manicomio sin paredes ni puertas donde los locos caminan sin saber que lo son. Durante el invierno, el sol aparece cada mañana como pidiendo disculpas, sonámbulo, intentando abrirse camino entre la muralla que levanta el frío. Al estar a medio camino entre este mundo y el onírico, los días carecen de luz y las farolas se encienden mucho antes de que un sol impotente abandone la escena, apresurado ante el empuje de una noche que nunca se marcha del todo, deprimido por ser tan poco Sol.

Los locos se alimentan de luz artificial, ya sea bajo tierra o con el telón de acero industrial sobre sus cabezas. El único y leve indicio de que siguen siendo humanos son las conversaciones inacabables con las pantallas de sus teléfonos móviles. Ahí también están solos, a pesar de que hablan más con esas pantallas que con cualquier otra persona. Los locos en invierno siempre llevan la cabeza hacia abajo y nunca miran por encima de la barbilla.

Al volver a casa, perseverando en su soledad, muchos de ellos corren milla tras milla mientras portan el peso de todo el día sobre su espalda, siempre empaquetado a presión en grandes mochilas que parecen más una condena que parte de un hábito saludable. Los corredores llevan cara de cárcel, quizás porque lo que más pesa es justamente lo que menos se ve.

Londres, ese manicomio sin paredes ni puertas, tiene la forma de un patio gigante donde el temporal barre todo lo que sobra: hojas, basuras, recuerdos… El Invierno transcurre, a base de frío y agua, haciendo que los locos casi olviden quiénes son.

Las noches caen súbilondon-640x640x80-2tas como sentencias inapelables, acompañadas de una reverberación de sirenas que rompen un silencio que sirve de smoking a la oscuridad.

Es una ciudad que obliga a vivir instalado constantemente en un escalón por delante del presente. De hecho, es el lugar del Mañana: el mañana de los trámites, el mañana del trabajo mejor, mañana pasaré por el Consulado, mañana para reservar vacaciones y solucionar el voto por correo, el mañana de cambiar de coche, el mañana de los afectos y las cenas intrascendentes… Mañana, Mañana, siempre Mañana, como si Hoy sólo fuera un pretexto para llegar a un desenlace que no se deja atrapar.

Por eso, al ser parte de un futuro cambiante que no acaba de llegar, los locos suelen perder la noción exacta de sus nombres del mismo modo que pierden una referencia fija al verse envueltos en la realidad voluble de un presente adelantado. El frío los aliena hasta convertirlos en meros objetos móviles que van de aquí para allá siguiendo unas indicaciones prefijadas con unas cuantas jornadas de antelación. Y con el transcurso de varios meses de oscuridad y temperaturas con catalepsia, los locos comienzan a olvidar como se llaman. De hecho, no tienen DNI para evitar que ahonden en la confusión. La Ciudad se los retira al final del Verano y se limitan a actuar como autómatas a la espera de que el calor les devuelva el placer para hacer de la vida un lugar donde, además de vivir, también se pueda disfrutar. Son presos de su propia libertad en este lugar sin paredes ni puertas.

Hay quién dice que el movimiento se inventó aquí para sobrevivir a esos meses y que así los locos no perdieran por completo la noción de la realidad, ya que al moverse pueden existir como pseudomáquinas hasta que el Invierno deje de apretar la parte blanda de sus mentes. Por eso, instalados en la confusión de vivir en un día a día que es siempre el mismo día, esperan intuitivos, tirando de las últimas reservas de humanidad que les quedan, a que la Primavera y el Verano vengan corriendo, uno detrás de otro, y llenen las calles de la ciudad de terrazas y música al aire libre. Entonces, este manicomio cierra por completo hasta el cambio de guardia del siguiente Otoño y deja paso a los días de claridad interminable donde los locos comienzan, poco a poco, a recobrar la cordura.

Jornadas en las que los móviles caen de las manos, los ordenadores echan el cierre y Londres se convierte en una ciudad de extraordinaria belleza, con sus devaneos, borracheras e improvisaciones. La luz se bebe los cristales y en la Ciudad Financiera, cada gran edificio es un Oasis a la vista de los directivos. Algunos, los más enclaustrados, llegan a sufrir, incluso, de alucinaciones y creen que trabajan en la copa de un árbol amazónico o de una secuoya de California.

El cielo rompe en azul y, aunque llueva, los dementes que sobreviven al invierno miran a los ojos de los otros supervivientes con el mismo entusiasmo que cuando uno descubre por primera vez a alguien que le gusta. Es entonces cuando todos tienen la certeza de que pasó lo peor, de que otro invierno quedó atrás y que la Ciudad cierra el manicomio donde los locos pasan más de seis meses al año sin apenas darse cuenta. Alienados en una realidad a oscuras y en compás de espera.

Manuel Bravo Pérez

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