La escritura del sufrimiento

Publicado: 26 septiembre, 2013 en Uncategorized

Un escritor comienza a morir como tal cuando tan sólo junta las letras por las que cobra. Si te olvidas del placer altruista que genera poner una palabra tras otra, entonces, no volverás a escribir en tu vida. Hablo de la escritura más allá del trabajo para una empresa, porque jamás he trabajado gratis y jamás lo haré, antes me convertiría en vendedor de cubos de arena en pleno desierto, que es lo más parecido al periodismo de hoy en día, tanto en condiciones laborales como a modo de proyecto de futuro… Y digo periodismo… Yo sé que hay quién vomita y defeca y eso se paga bien, al menos hasta ahora.

Escribir y las mujeres siempre fueron dos factores fundamentales en mi vida. Sí, uno comienza a escribir, como decía Saramago, para que lo quieran, después para no morir y más tarde para tratar de comprender. En este caso, más que en el sentido de mujer, para quienes escribí profusamente, me refería más bien a mi procedencia. Quizás porque vengo de una familia profundamente matriarcal, donde las voces femeninas son profundas y fecundas, siempre me he detenido con especial interés ante los puntos de vista de las mujer que han aliñado mi vida más allá de la familia. De ellas he aprendido, con ellas he crecido y en ellas me he inspirado.

Hace unos días, dando un repaso a correos de trabajo, encontré la frase de una antigua jefa:”Para escribir hay que sufrir, verdad Manu?” Al tiempo que la leía, me vino a la memoria el nombre más aliterado que he conocido jamás:”Lola Lasala Benavides”, mi querida profesora de Literatura en el bachillerato frexnense, mi querida directora de teatro:”Capitán, OH, MI CAPITÁN…” y esas cosas que le hacían a uno creerse invencible en una adolescencia preñada de deporte, libros, literatura y espacios abiertos y días sencillos y campos rabiosos de color y veranos sin final en el almanaque. En un mundo mucho más sencillo que éste, afortunada y desgraciadamente al mismo tiempo.

En una de las muchas charlas que tuvimos más allá de clase, Lola Lasala Benavides-cada vez que pronuncio su nombre es como si toda una orquesta arrancara al unísono- me dijo una vez:”Te imagino dentro de muchos años, una noche, cansado, con un flexo y un folio en blanco, te imagino escribiendo y escribiendo…” Y algo queda de aquella visión que tuvo mi querida Lola, y aún queda más si cabe del primer factor, el que apuntó mi jefa: el sufrimiento como vehículo indispensable para la creación artística, también para la escritura. Todos sufrimos por algo: por tener lejos a los seres queridos, por no ganar más dinero, por no sentirnos admirados, por estar acomplejados, por decir una cosa y pensar la otra, por no sentirnos querido. Y todos lo vuelcan de una manera: hay quién escribe, pinta, hace fotos o canta rap y, en su aceptación más valiosa, quién pone verde a las personas sólo por el mero hecho de no comprenderlas, de no pensar como ellas o, más mérito aún, por mero aburrimiento. Y hasta el más fantoche tiene miedo y destiñe bajo la luz clara del día.

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Tras decenas y decenas de hojas, correspondientes a decenas y decenas de retransmisiones, el otro día leí una noticia que me hizo ESCRIBIR de nuevo. ESCRIBIR algo más que las palabras por las que cobro… No lo hacía desde hace unos meses, cuando dediqué a mi abuela un relato que después sería valorado, no ya por el jurado inepto que lo tuvo entre sus manos, sino por el boca a boca, que es lo mejor que le puede pasar a uno que escribe (y digo QUE ESCRIBE, no ESCRITOR, que para eso queda mucha mili) Aquel último relato había surgido a raíz de la muerte de mi abuela, fallecida el mismo día que tuve que volver a Londres tras comparecer-y padecer- en un proceso de selección ciego, sordo y mudo a los méritos objetivos. En él tuve el honor de conseguir el mayor puesto que podía lograr: segundo y, por lo tanto, me quedé sin el trabajo. Eso sí, tan sólo me ganó uno, joven pluscuamperfecto destinado a la consecución de la plaza ya que era el típico genio en rebajas al que cambian de escaparate en plena ‘Operación Rebajas’.
En ese relato de diez folios, dejé todas las mis ganas hace ya más de un año. Y ahora he decidido volver a juntar letras más allá del deporte, de las locuciones y de los partidos premiados con Libras esterlinas. Y como dijo aquella jefa que tuve, ha sido por el sufrimiento… Leí que la Universidad de Atenas cerraba sus puertas y pensé que en las guerras sólo sobrevive el silencio y los cobardes. Por eso he decidido volver a ser consciente del dolor. Sufrir y vivir de pié, con el dedo en la tecla, que es hoy en día la única arma del insurrecto… Y dejar que otros mueren plácidamente arrodillados.

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