LA ERA

Publicado: 4 febrero, 2013 en Uncategorized

El salón de la casa estaba repleto de gente pero apenas había ruido. En el patio anexo, los jarros que poblaban el arriate estaban colonizados por un intenso olor a vida y cada lirio que crecía al lado daba una variedad cromática al lugar que casi lo convertía en un cuadro impresionista. Allí se amontonaba otro grupo de personas que, también en silencio, podían sentir el picor del sol sobre la piel en una mañana de verano reciente de tal intensidad que hacía brillar las paredes encaladas como si fueran espejos.

Una mañana de verano más pero un día distinto a cualquier otro en la calle de Los Remedios. Callaban las personas y también callaba el perro. Bajo el limonero, las abejas habían dejado de zumbar en torno al panal. Había tanto silencio que las conversaciones estaban compuestas por la ausencia de palabras y el único ruido existente era mudo y quedo, conformado por los privados pensamientos que corrían a la velocidad de la luz a través de las cabezas de los allí presentes.

Nadie llenó la regadera cuando el sol despuntó en aquella jornada. Nadie dio de beber al arco de rosas rojas que vestía el patio durante todo el año. Nadie barrió el corral ni dobló las persianas reumáticas con más de un siglo, cuya madera siempre rechinaba como si susurrara un quejido.
En aquel principio del mes de julio, Pili Pérez no aprovechó la soledad de su casa para ir hasta el doblado y observar la pintura que guardaba con absoluto celo y secretismo. No siguió los mismos pasos que la mañana anterior y que la mañana anterior a la anterior… No se sentó junto al cuadro durante más de media hora. No se detuvo delante de su propio ADN con la sensación cada vez más lejana; mezcla de soledad, satisfacción y nostalgia; de saber que en aquella conjunción de tonos y trazos estaba resumida la propia historia de su familia.

Ese día, no acudió a la cita diaria que, durante más de un cuarto de siglo, había tenido con aquella pintura que su madre le dejó en herencia a modo de remordimiento por todo lo que le había negado en vida. Un cuadro que Eugenio Hermoso le había regalado a su progenitora mucho tiempo atrás y que permanecía oculto en el doblado de aquella casa, ausente de catálogos y museos, fuera del conocimiento de nadie más que ella misma. Un lienzo que contenía la escena en una era de campo frexnense y que durante las tres últimas décadas se había convertido en su confesora, su compañía, su apoyo, su amor silencioso. Un cuadro que había permanecido allí, ajeno al mundo y sus desvaríos, ajeno, incluso, al resto del legado que Hermoso dejó en su país y en la Pintura.
Ahora vería la luz, el día en el que la cadena de la costumbre se había roto para siempre. Justo ahora que, al igual que en los grandes relatos, el final de la historia tan sólo era el principio…

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El techo alto de la estación de King Cross es una bóveda opaca de riguroso gris, la misma tonalidad que coloniza el cielo de Londres incluso en pleno verano. Entre los andenes 9 y 10 de la estación, una jauría de niños y adolescentes se agolpa ante un cartel que pone:”Plataform 9 ¾”, el lugar desde donde el joven mago Harry Potters accedía al Colegio Hogwart según J.K. Rowling. Pasas rápido, apenas te detienes a mirar. Es uno más de los infinitos reclamos de una ciudad que, además de ser un parque de atracciones en si misma, resulta una plataforma constante negocio y consumo.
Ya en la calle, te das cuenta de que el tiempo sufre de esquizofrenia atmosférica: cuando saliste de casa llovía a base de goterones grandes como huevos de avestruz y ahora una asfixiante humedad te obliga a quitarte el jersey.
Has llegado a Reino Unido hace dos semanas y hoy tienes tu primera entrevista. Te esperan en las oficinas de una empresa de catering para hacer una prueba. Hace más de diez años que no trabajas de camarero, desde los últimos tiempos de la carrera. El día ahora es caluroso, sudas y aminoras la marcha, quieres llegar en condiciones: camisa recién planchada, pantalones nuevos, zapatos… Igual que cuando asistías a una entrevista en alguna empresa de comunicación, dónde solías trabajar antes de que la crisis devorara España. Buscas el 120 de Euston Road y, de camino, te encuentras con la British Library, ocho millones de volúmenes en uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad del Támesis. El tránsito de investigadores y estudiantes es incesante.

La entrevista resulta un suspiro de dos horas que pasa rápido. Te han pedido una demostración práctica en una mesa preparada y los has convencido. En tres días servirás el primer evento: congreso internacional de periodismo en el Novotel de Hammersmith.
En la primera jornada de trabajo sales de casa a las 5 de la madrugada. Media hora después de comenzar la caminata, llegas a tu destino. Lo tienes cerca de casa.
En el lugar del hotel dónde te han citado a las 06.30 horas tan sólo hay una chica: cabello largo y negro cuyas puntas reposan tímidamente sobre los hombros, tez muy blanca y unos ojos verdes tan redondos y contundentes que le iluminan toda la cara. Por su altura y estilizada fisionomía dirías que es una chica del este. Te acercas:”Morning. My name is Ulises Adsuara”. Entonces, te contesta en un perfecto español: “Hola, Ulises, yo soy Denitsa Vukova, de Cracovia ¿De dónde eres tú?”
-Soy de un pequeño pueblo al sur de Extremadura… ¿Conoces Extremadura?
-Algo, sí… ¿De qué pueblo exactamente? -dice mitad divertida, mitad burlona.
-No lo vas a conocer pero… Mi pueblo se llama Fregenal de la Sierra, casi equidistante respecto a Huelva, Sevilla y…” -Denitsa interrumpe antes de que puedas terminar.
-Badajoz… Conozco bien esa zona, también Fregenal. De hecho, conozco bien su chacina, el castillo… De allí es uno de mis pintores preferidos…
-¿Me vas a decir que conoces a Eugenio Hermoso? -preguntas sorprendido.
-Pues sí, y también su casa museo y la estatua que descansa en lo que vosotros llamáis ‘El Jardín’ y que lleva allí desde el centenario de su nacimiento, en 1983.
-Pareces de mi tierra más que de Polonia… -le dices atónito.
-Una pertenece realmente al lugar que siente como suyo y yo siento muy adentro tanto Badajoz como tu pueblo. No te miento si te digo que, en parte, estoy en Londres ahora gracias a tu tierra, a lo que me inspiró y, sobre todo, a la pintura de Hermoso, que volvió a despertar una vocación dormida pero muy presente en mí.

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Los cinco días de trabajo pasan rápido, como si fueran un convoy del metro de Londres. Trabajas codo a codo con Denitsa Vukova y cada cosa que te cuenta te sirve para entender, cada vez con más nitidez, su devoción artística y vital por Hermoso.
Denitsa Vukova no es una inmigrante del Este con familia y marido desde muy joven; al contrario, es una trotamundos independiente de 34 años que se enamoró de la obra del pintor frexnense durante el curso universitario en el que estuvo viviendo en Badajoz, lugar que escogió para perfeccionar su español y acabar cuarto de económicas.
Aprovechó aquel periodo para viajar tanto a Madrid y Salamanca como al sur de Extremadura, donde un día, a lo largo de una visita a Fregenal de la Sierra, se topó con una exposición que recogía algunos trabajos del Premio Internacional de Pintura Eugenio Hermoso. “Si te digo la verdad, no fueron los trabajos allí expuestos lo que me entusiasmó… Demasiado abstractos para mi gusto. Eso sí, a partir de aquella muestra comencé a leer sobre Hermoso: su pintura, su tiempo… Y quedé fascinada por la autenticidad de su obra, la fuerza de los colores y la rotundidad de las líneas con las que trazaba escenas del campo, tradiciones y otros muchos aspectos que me recordaban a los entornos rurales de mi casa en Cracovia, de la que me vi obligada a salir…” Y mientras habla no te atreves a preguntarle el porqué de su marcha, de su nostalgia. Tan sólo escuchas y ella continúa: “Lo que me fascina de Hermoso es que siempre fue cristalino y puro, tanto como lo es tu tierra. En un tiempo de vanguardias, de abstractos, expresionistas y demás deconstructores de la realidad, Hermoso fue fiel a sus principios, a ese realismo impresionista… Estoy muy de acuerdo con él en que la abstracción quita protagonismo a la figura humana y es la figura humana, precisamente, lo que hace grande a Hermoso. Su capacidad para captar esa esencia de un modo tan preciso que casi lo hace respirable dentro del cuadro… Ante la deshumanización de la pintura que imperó en su época, él hizo a cada persona el epicentro mismo de su obra. Protagonistas absolutos en un contexto de tradiciones rotundas. Así es como se crean testimonios imponderables de un tiempo determinado, aquellos que nos ayudan a conocer el pasado y explicarnos el presente. Así consiguió que cada modelo de sus cuadros se convirtieran en seres imperecederos, incluso, más allá de la muerte.”

Denitsa te explica como tras su periplo de un año en Badajoz se licenció en Economía por la Universidad de Varsovia con la mejor nota de su promoción. Entonces, hablaba ya cinco idiomas y no le resultó difícil ganar una beca para trabajar en Nueva York. Allí entró de lleno en el mundo de Wall Street y en tan sólo tres años, pasó de becaria a responsable de negocio para la zona de Polonia y Alemania en una de las empresas más importantes del momento: Lehman Brothers. Cuando en 2007 apareció el escáldalo de los créditos subprime, dejó la empresa antes de que se fuera totalmente a pique. Su fama de estricta trabajadora le hizo recibir varias ofertas: Standard & Poor’s, Moody’s… Pero no aceptó ninguna. Cansada de los delirios financieros, hizo las maletas y volvió a Europa. No quiso regresar a Polonia, dónde ya no le quedaba nadie. Su abuela, que cuidó de ella desde los 12 años, había muerto en el invierno de 2006 y, a partir de entonces, sola en el mundo, decidió estudiar pintura en Londres.
“Para mí, la pintura de tu paisano fue casi como un bálsamo a modo de terapia. ‘Júbilo’ o ‘A la fiesta del pueblo’ trasmitían la familiaridad que personalmente me faltó desde la temprana adolescencia… Muy pronto fue demasiado tarde para mí: mis padres eran dos pintores polacos con bastante éxito en los años 80. Vivíamos en una zona rural a las afueras de Cracovia, dónde tenían el estudio. Un día gané un concurso de pintura para niños y me llevaron a la ciudad para que pudiera recogerlo. Cuando volvíamos a casa, tuvimos un accidente de tráfico. Yo tan sólo tenía 12 años. Sobreviví. Mis padres, no.”
Unos años después, eligió estudiar Economía y olvidó la pintura. Así pensó que, cuando el futuro se hiciera presente y su abuela muriera, no tendría que depender de nadie.
Siempre se culpó a si misma de aquel accidente, siempre sostuvo aquel peso sobre los hombros de su conciencia, de ahí que se alejara de Polonia el mayor tiempo posible. Por ese motivo amaba tanto Extremadura, cuya ubicación aliviaba sus recuerdos, y la pintura de Eugenio Hermoso, que le devolvió un mundo casi eliminado de su cabeza.

Tras el trabajo en el Novotel de Hammersmith, tienes unos días de descanso y aprovechas para hacer una visita al barrio de Richmond en compañía de Denitsa.
-¿Cuál es la pintura de Eugenio Hermoso que más te gusta? -le preguntas.
-Una que, curiosamente, sé que es suya aunque, según tengo entendido, nadie sabe dónde está… Resulta que tu paisano estuvo en Londres hace justamente un siglo para exponer aquí por primera vez. Tenía sólo 29 años pero ya había obtenido la Medalla de Bronce en la Exposición Nacional de Bellas Artes ocho años antes…
La interrumpes:” ¿29 años? ¡Qué casualidad! Yo tengo también 29 años ahora. Así que Eugenio Hermoso nació en 1883 y yo en 1983, estuvo aquí en 1912 y yo en 2012.”
– Así es –precisa Denitsa -y parece que su obra gustó aquí porque, incluso, la copiaron.
-¿Copiaron? -repites sorprendido.
-Sí, un día fui a la British Library y encontré una antología de jóvenes pintores ingleses publicada en 1920. Al descubrir un cuadro llamado en español ‘La era’, comprobé que, según la explicación del libro, un joven pintor inglés había copiado a Eugenio Hermoso por, y cito sus propias palabras: “la honestidad en cada pintura” –prosigue Denitsa- Eso fue lo que encontré allí y decidí investigar el cuadro pero no hallé nada más… Ni catálogos, ni museos, tampoco en la fundación que lleva su nombre.
-¿Y eso que te dice? -le preguntas admirado.
-Quizás alguien tenga esa cuadro en su casa bajo el más absoluto secretismo o, quizás, se perdió para siempre en el traslado de Londres a España. Lo que parece seguro es que, en aquella época, para que alguien pudiera copiarlo, tuvo que estar expuesto aquí.
-¿Cómo es ese cuadro?
-Es una escena en el campo, parece mediodía por la luz que refleja Hermoso y parece también una celebración, como un bautizo. En ella posan seis personas: dos hombres permanecen de pie. Debajo de ellos, hay dos mujeres sentadas en dos sillas de madera y sostienen entre sus brazos a sendos bebés. Creo que uno es una niña y otro un niño porque en sus respectivas tocas tienen detalles rosas y azules respectivamente.
-¿Una típica pintura de Eugenio Hermoso entonces? -dices.
-No le pondría la etiqueta de “típica pintura”. Tiene algo especial. Resulta deslumbrante la intensidad que poseen los ojos de ambos niños. Dos miradas que se encuentran y llenan de vida todo el lienzo. Casi como una metáfora: la existencia candente en los ojos de dos recién nacidos. El maestro captura toda esa luz y la potencia hasta el infinito. Es un cuadro de miradas: los hombres hacia sus mujeres, las madres hacia sus hijos y los bebés entre ellos. Además, ten en cuenta que, en aquellos años, la Revolución Industrial estaba muy asentada aquí. Muchos núcleos rurales habían desaparecido en favor de las fábricas. Supongo que por eso gustó tanto, ya que lo que Hermoso mostraba en su pintura suponía como una especie de paraíso perdido para los ingleses.
-Una pena que no esté visible entonces… -añades.
-Sí, una pena. El original debe de ser formidable, sólo está la copia de ese pintor inglés que fue conocido a partir de la antología, pero nada más… -lamenta Denitsa.

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Tras una tarde muy agradable en compañía de la chica polaca, llegas a casa con la necesidad de dormir profundamente tras cinco jornadas agotadoras como debutante en la hostelería británica. Dos horas después de meterte en la cama, una llamada de teléfono te despierta. Pasan unos minutos de la medianoche. Mientras que enciendes la luz de la habitación, aturdido por el cansancio, piensas que quizás sea Denitsa. Miras el móvil y te sobresaltas al ver el número de tu casa familiar en España:” ¿Qué tal estáis? ¿Pasa algo?” Tu abuela ha sufrido un ictus cerebral. El tercero en dos días. Te dicen que puede ser definitivo y no lo dudas ni un instante, a la mañana siguiente te plantas en el aeropuerto de Stansted, camino de Sevilla, para llegar cuando antes a Fregenal. Antes, le dejas un mensaje a Denitsa en su buzón privado de Facebook. Al día siguiente habíais quedado para revisar la copia de ‘La era’ en la British Library…

Cuando Ulises Adsuara llegó a Fregenal habían transcurrido siete horas desde que dejó atrás la puerta de su casa en el barrio londinense de Hammersmith. Era mediodía y su abuela descansaba ya en su habitación. Descansaba para siempre rodeada de familiares, amigos y vecinos que se repartían entre el salón principal de la casa y el patio anexo. Era un luminoso día de principios de julio. El sol bañaba las paredes encaladas que, de tan brillantes, parecían espejos. Ulises había llegado tarde ya que su abuela falleció de madrugada. Al entrar en la casa, no pudo reprimir unas lágrimas redondas y pesadas como cantos rodados. En aquella casa grande repleta de pasillos y habitaciones transcurrieron más de 18 años de su propia vida. La casa dónde Pili Pérez, en silencio y sin molestar a nadie, había desarrollado su etapa de viuda y donde cada día subió las escaleras del doblado a pesar de los achaques, sólo por el placer de recordar la mirada de su marido. A escondidas, incluso, de sus propios hijos.
Pili Pérez sólo claudicó a la enfermedad en los dos últimos años de su vida, cuando sus descendientes cuidaron de ella como si fuera un bebé recién nacido.
En los momentos de lucidez, entre los achaques de Parkinson y Alzheimer, aún contaba historias de juventud. Después, con el trascurso del día a día y la caída de cada tarde, su cabeza se convertía en un laberinto de recuerdos entremezclados a través de los cuales repetía sin descanso su preocupación ya que su marido, fallecido desde hacía más de 30 años, aún no había vuelto de la era donde ella, a causa de la demencia, aún pensaba que él trabajaba a diario.

Tras despedirse de su abuela por última vez, duro como era con aquel llanto mudo, Ulises se refugió en el único lugar de la casa donde no había nadie: el doblado. Subió las escaleras y se quedó quieto en un rincón, sentado en el suelo. Tras dos horas sin hacer un solo movimiento, abatido por el cansancio acumulado y la tristeza, se levantó de repente, como excitado, y comenzó a mirar recuerdos embalados en cajas hasta que al golpear una pared con el puño, mitad por la rabia mitad por la impotencia, se dio cuenta de que había un espacio hueco dentro de aquel tabique, en cuya parte central colgaba una punta de la que al tirar, pudo abrir un pequeño compartimento en la mitad del muro. Allí dentro encontró lo que parecía un lienzo tapado por una gruesa manta. Cuando extendió el paño, cayó un libro situado tras el cuadro. En la pintura, seis protagonistas: dos hombres, dos mujeres y dos niños situados en la era de un campo. Lo que más resaltaba de la pintura era la miraba entre los dos niños, que llenaba de vida y fuerza la escena. El libro que cayó al suelo contenía casi doscientas hojas manuscritas por ambas caras. Era una compilación de comentarios breves, casi a modo de diario, que estaban fechados desde hacía más de tres décadas hasta los últimos días de 2010, justo cuando Pili Pérez sufrió la primera caída grave de su vida, a partir de la cual nunca más volvió a subir al doblado. Fue a partir de entonces cuando, tras una larga convalecencia en la cama, la demencia se le disparó y también el rastro de los síntomas que en su cuerpo dejaba tanto el Parkinson como del Alzheimer.

El diario que encontró Ulises fue escrito por su abuela. En el, Pili Pérez contaba como su madre le dejó en herencia la pintura que su primo Eugenio Hermoso le había regalado con motivo de su bautizo. Un bautizo que, dada la buena relación, decidieron celebrar junto a sus vecinos, que habían tenido un hijo 15 días antes.
Esa fue la primera vez que Pili Pérez vio al que se convertiría en su marido 24 años más tarde. La misma escena que el joven pintor inglés copió y que salió publicada en aquella antología de 1920 que descansa en algún lugar de la British Library. Aquella que llamó ‘La era’, cuando en realidad, Eugenio Hermoso la tituló ‘Bautizo en Fregenal’.
La misma dónde el maestro resume los dos principios elementales de su obra: el ser humano y su tierra. Esa en la que captó la mirada encontrada de dos niños que, sin ni siquiera imaginarlo entonces, llegaron a formar un matrimonio muchos años después y que hoy permanecen imperecederos en ese cuadro, incluso, más allá de la muerte.

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