En Twickenham sin un peso

Publicado: 4 febrero, 2013 en Uncategorized

El rugby en Inglaterra es una religión que llena los campos de fieles. Un sábado o un domingo a mediodía, ninguna iglesia, de la confesión que sea, aguanta comparación en número y fervor con el barrio de Twickenham si ese día hay partido.

Lugar cercano al bucólico Richmond, en las zonas más pudientes se alternan las mansiones de millonarios dedicados a la empresa, la música, el cine o los deportes. Un barrio residencial, de amplios parques y casas que no sobrepasan las tres alturas. Por donde da igual dar un paseo a las 2 de la tarde o a las 3 de la madrugada ya que la sensación de seguridad es siempre la misma, impecable.

El Twickenham Stadium es la gran joya del lugar. Ubicado al suroeste de Londres, en el condado de Middlesex, su aforo completo supera las 82 mil gargantas cantando casi al unísono. Una capacidad que lo convierte en el segundo estadio más grande de Reino Unido -tan sólo detrás de Wembley- y el quinto más grande de Europa. Si no vas con el XV de la Rosa cuando comienza el partido, lo mejor es que, al menos, lo aparentes. twickenham-stadium

Twickehan es, por tanto, la casa del rugby para todo inglés aficionado a este deporte y así lo certifica en sus muros y en los andenes del tren: “Twickenham, the home of England rugby”. Por supuesto, no todo es sentimiento. Las tiendas más grandes con todo lo relativo al rugby y al combinado nacional también están ubicadas en sus calles.

Cada vez que la selección inglesa comparecer en la “Catedral del Ruby”, un reguero incesante de aficionados llega en coche, autobús, tren o bici. Todos con una rosa tatuada en el pecho de su camiseta. Todos con el himno mascullado entre los dientes, masticado, casi deshecho, en algún lugar entre la lengua y el paladar, mezclado con el líquido que sale de las latas de cerveza o de las petacas llenas de whisky que colonizan los bolsillos de cada hincha mayor de edad.

Los más jóvenes suelen ir con la ropa deportiva ajustada al cuerpo, en maga corta llueva, hiele o relampaguee. Los mayores, una americana, el polo del equipo debajo y una boina en la cabeza para refugiar las ideas y los ánimos del rigor invernal londinense. No es un público heterogéneo aunque sí pintoresco. Con una simple mirada sabes a dónde van y qué les gusta.

Tienen su dinámica. Son tranquilos. La solemnidad y la nobleza de ese deporte está metida en su ADN, quizás porque muchos de ellos lo han practicado en algún momento de su vida, quizás porque todos aprendieron a respetarlo desde que eran niños. Twickenham Rugby Statue

Camino del trabajo, en el vagón que ocupo, la gran mayoría de viajeros son hombres. Tan sólo dos mujeres, cabizbajas y confidentes, hablan al fondo. Ambas miran al suelo mientras departen, como si se contaran algo que sólo las atañe a ellas. Igual que si procuraran soltar las palabras y que, al rebotar contra el suelo, volvieran a sus gargantas.

Tienen el cabello negro y la piel tostada al fuego lento de muchos años bajo un sol distinto al que cuelga de vez en cuando del cielo inglés. Auque están sentadas, sus cuerpos se adivinan redondos y rotundos, cimentados en dos pies diminutos, tan pequeños como si estuvieran diseñados para no dejar huella.

El convoy, que ha salido de Richmond a eso de las 12.36 horas, llega a Twickenham tan sólo 10 minutos después. La marabunta se baja del vagón tranquila pero decidida, como si fuera una estampida de búfalos amaestrados, obedientes y dirigidos hacia el redil que marca el Dios Rugby.

Cuando el maquinista vuelve a cerrar las puertas automáticas, la estancia se ha vaciado casi en su totalidad camino de la próxima parada: Feltham, mi destino. Mientras llego, me acomodo en uno de los asientos libres. Apoyo la barbilla sobre el puño derecho y miro por la ventana. Detrás de mi, las dos mujeres de los pies diminutos continúan con su charla hacia abajo, sin mirarse, como si quisieran esquivar con los ojos lo que dicen mediante unas palabras barnizadas de acento suramericano.

-”¿Estás contenta?”

-”¿Quién lo puede estar en estos días?”

-”Mujer… Tienes motivos, estamos en Londres… ¡Nunca había estado en Londres!”

-”Si lo sé, y te lo agradezco, pero… No puedo dejar de pensar que tengo que volver a mi país…”

-”¿Crees que es lo mejor?”

-”Creo que es la única solución, al menos si tengo que ser pobre y trabajar en lo que sea, que sea cerca de mis hijos…”

-”Te entiendo…”

-”En España ya no hay trabajo, no hay nada, ahora estamos aquí por la casualidad, y gratis… Pero, incluso, me siento mal, porque aunque no me esté costando nada es como si no me correspondiera, como si yo no tuviera que estar aquí…”

-”Te entiendo, pero bueno… Nos dieron este regalo y esa plata para el viaje… ¿Qué malo es?”

-”He venido aquí pensando que quizás un cambio de aires me vendría bien pero ¿sabes? Sigo sin poder dormir por las noches…”

-”¿Y eso por qué?”

-Por mi hijos ¿Por qué va a ser? No he parado hasta hacer todo lo posible para que vinieran. Y ahora, ganando tan sólo la mitad de lo que ganaba, creo que llevarlos a España es casi imposible…”

-Pero bueno, en tu país están bien, con tu familia…

-Eso no es verdad, les falto yo, les falta todo… En España, si un niño no va a la escuela, llaman por teléfono a su casa, a sus papás… ¿Tú crees que en mi país alguien iba a gasta un peso por decir que tus hijos ese día no han acudido a la lección?-Ya…-La calle, el tráfico de personas y órganos… La soledad… Mis hijos…

 

Tras 12 minutos, el tren llega a Feltham, lugar dónde vivió Freddie Mercury en sus últimos años de vida y dónde tienen sus sedes algunas empresas multinacionales relacionadas con las retransmisiones deportivas, la comunicación y el periodismo. rsz_newstone

A la salida del tren, observo como un padre ayuda a su hija pequeña a meter la bicicleta dentro. Ambos llevan su casco, el maillot y sendos botes de agua. El convoy inicia su camino, la parada final es Reading, ciudad situada en la confluencia de los ríos Tamesis y Kennet.

Es sábado por la tarde, pasan unos minutos de las 13 horas. El día es soleado aunque corre una brisa que enfría el ambiente. El padre ayuda a su hija a colocar la bicicleta dentro del vagón y se sienta a su lado mientras ella sigue con máxima atención la explicación de su padre sobre algo que se pierde en el vacío cuando el vagón cierra las puertas entre las palabras y mis oídos.

Es hora de trabajar.

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