ETON STREET, RICHMOND

Publicado: 5 noviembre, 2012 en Uncategorized

Eton Street es una calle recta y llana dónde los viandantes se sienten como en un decorado de cine. Minimalista y armónica, tiene algo más de 300 metros de longitud que acaban en curva tanto al inicio como al final de la misma. No hay en Eton Street nada más que una concatenación de boutiques, tabernas, chocolaterías francesas y un cine de puerta inmensa a la que se le abre la boca de soledad mientras la madrugada avanzaba inexorable. Una calle en la que ningún edificio pasa de las tres alturas y dónde cada negocio pinta de un modo distinto la cara de su establecimiento.

Aquella noche, a ocho kilómetros de allí, un chico salió del edificio de Perform Group después de narrar un partido infame. A sus ojos, la noche cerrada se había convertido en pleno día.

La luz de las farolas, proyectada sobre el denso cuerpo de la niebla, daba un aspecto de paisaje iluminado por focos de miles de voltios y, aunque no se distinguía nada más allá de diez metros, la realidad cercana resplandecía, bajo un techo oscuro sin estrellas, como si alguien hubiera dejado encendidos unos fluorescentes rabiosos.

Feltham estaba fría y al pasar por el lago que se ubica en la parte sur de la ciudad, un par de cuervos, que habrían salido de juerga para cerrar el Domingo, graznaban como dando las buenas noches. En frente de allí, casi rozando el agua del lago, una modesta loseta se diferenciaba del resto del pavés por contener sobre ella una estrella incrustada y la siguiente inscripción:”Aquí residió Freddie Mercury. Ciudadano de honor”.

Tras 15 minutos de caminata desde el lago hasta la estación de tren, el chico intuyó que un autobús se acercaba a lo lejos. Le pareció una luciérnaga gigantesca, fuera de forma, que avanzaba a ralentí, sólo intuida por el cartel amarillo fosforito que, en la parte frontal superior del vehículo, marcaba el nombre del destino.

Muy cerca de la parada, bajo la niebla colonizadora, la iglesia gótica de Feltham parecía una silueta gigante y fantasmal aquejada de anorexia. Al coger el último 490 de la noche, el muchacho sitió alegría porque eso le garantizaba pasar sobre el puente de Richmond y atravesar su bulevar. Uno de esos pocos lugares en el mundo que, de tan bello, nunca dan la sensación de solitario aunque no haya nadie.

Al llegar allí, tras apenas media hora de trayecto, la sirena de una sucursal de Barclays atronaba como si fuera un intruso dentro de un contexto de tranquilidad que no le pertenecía.

No había nadie en la calle cuando el chico, ataviado con guantes, bufanda y unas gafas a punto de la congelación, bajó del autobús para el esperar el siguiente. Faltaban 10 minutos para la una de la madrugada y el frío estaba tan palpable que si hubiera abierto la boca, lo podría haber masticado.

Era una de esas noches en las que huele a invierno, a chimenea, a pueblo pequeño. Así olía también en Eton Street, la calle donde el joven de las gafas hipotérmicas esperaba el autobús mientras un coche de policía pasaba hasta tres veces por allí como si buscara algún indicio de qué o quién había provocado que aquella alarma impenitente continuara cantando su letanía sin solución de continuidad.

Mientras los segundos se hacían minutos a la espera del 33, una pareja salió a trompicones de una coctelería que parecía más París que Londres y donde la mayoría de las sillas descansaban bocabajo sobre las mesas desde hacía algún rato. Los jóvenes actuaban como si no se hubieran visto en muchísimo tiempo ya que hablaban más con los ojos que con la boca.

A la salida del lugar, cobijados en su particular calidez, caminaban con el equilibrio despistado, y casi sin abrigo, y reían con la despreocupación de quienes no tienen más horizonte que el de la mañana siguiente. En ese momento, él la agarró a ella por la cintura y, con los abrigos colgados del brazo, se pusieron a bailar una especie de valls de medianoche en el centro justo de la calle.

No debían de llegar a los 30 años ninguno de los dos y mientras se perdían, paso a paso, entre las opacas cortinas de niebla que sembraban la vía, el chico, que seguía esperando el autobús, se dio cuenta de como cada movimiento de la pareja era parte de una coreografía que a buen seguro acabaría entre las sábanas de un cálido dormitorio, muy alejados de la fría noche londinense como si, de hecho, les sobrara el resto del mundo. Igual que si estuvieran balanceándose en la intimidad de un gran salón vienés donde ellos y sólo ellos fueran los únicos bailarines.

Al mismo tiempo que doblaban la esquina en curva dónde termina la calle de Eton Street, vino el autobús número 33 que llevaría al chico hasta su casa tras la jornada laboral. Apenas 15 minutos separaban al cinematográfico barrio de Richmond de los apartamentos anexos al parque de Raven Court.

Antes de que el autobús parara, el chico se caló los guantes y limpió sus gafas. Por un momento, dejó de ser un mero espectador en la noche y se concentró en su propio pensamiento:”Ojalá fuera yo quién estuviera bailando contigo durante toda la noche”.

Y tras ese instante, este relato dejó atrás el principio para poner punto y seguido.

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