LA CASA QUE NO ERA MI CASA PERO QUE ES MI CASA

Publicado: 14 diciembre, 2011 en Uncategorized

Hay una casa que no es mi casa pero que con el tiempo, se convirtió en mi casa. Está colgada de las alturas de un quinto piso, dentro de una zona residencial del noroeste de Madrid. Por fuera, es de ladrillo cara vista y por dentro, descubrí la mayoría de edad en la máxima amplitud de la palabra.

Tanto en otoño como el primavera, cuando el sol se derrumba ante la noche y, antes de dormir, lava su rostro sobre las hojas de los árboles, la luz que entra por las ventanas barniza la pared y los muebles de naranja… así como alguna vez también lo hizo con las desnudeces que pasaron por aquella casa en donde igual se iba a leer, que a estudiar, que a no hacer nada más que amarse.

Por dentro, está forrada de madera, como si fuera la cabaña de Peter Pan. De hecho, en esa casa nunca se deja de ser Peter Pan. No existe un tránsito normal entre minuto y minuto. Resulta como si jamás hubieran inventado la convención social que le da a nuestros días 24 horas, como si en esa casa nadie obedeciera a esa filosofía de vida, sino más bien, a la que dicta la voluntad personal y las ganas de vivir: sin tiempo, sin ataduras, sin más etiquetas que hacer de la vida lo que se sienta en cada instante.

Por eso, las horas pasan o muy deprisa o muy despacio, sin término medio, algo en lo que tal vez influya el hecho de que el reloj de principio del siglo XX que hay en el salón principal dejó de dar la hora hace más de 50 años y, desde entonces, nadie se ha preocupado por restablecer su marcha.

A excepción de la cocina, en cualquiera de las estancias o habitaciones, incluidos los servicios, siempre que abres un armario hay dentro decenas de libros. Siempre ha sido mi particular casa biblioteca. Los mejores filósofos, poetas desconocidos, ensayistas que apenas lograron sacar a la calle algunas decenas de ejemplares de su única obra… Droga dura para un joven que quería comerse el mundo y encontraba en el insomnio voluntario una abnegada vocación.

Horas y más horas de la madrugada dilapidadas entre hojas y más hojas que siempre traían una nueva historia, una nueva vida, razones más que de sobra para salir después a las calles de Madrid con ganas de aprenderlo todo, con todo por saber.

En aquellos días, los devoradores de libros salíamos de marcha con un volumen bien encuadernado entre las manos, así heríamos de muerte a los tránsitos en soledad que nos esperaban en el Metro. Hoy, en cambio, a cualquier hora del día, los vagones están repletos de viajeros alienados por móviles y tabletas táctiles, o libros electrónicos, que son más una excusa que una plataforma para el conocimiento.

La gente ha dejado de leer en su mayoría. Entonces, en los días de aquel Madrid de lectura compulsiva, de conversaciones inacabables, de duelos de citas, el subterráneo era la biblioteca más frecuentada de la ciudad.

Ya no hay libros, ya nadie levanta la vista de la pantalla de sus cacharros, ya nadie repara en la chica de enfrente y los ojos de la chica no reparan en los tuyos, el Metro ha perdido gran parte de su encanto porque ya no suscita aquellos efímeros enamoramientos que nacían y duraban apenas tres paradas y media.

No creo en las casualidades, pero si en los pálpitos y en las premoniciones. Quizás por eso, cuando llegue a este lugar con 18 años recién cumplidos, no me extraño que la parada de Metro se llamara Antonio Machado, escritor. Entonces, delante de la parada había una colonia de casas bajas, como si Madrid aún fuera adolescente, sin forma definitiva, apresurada en su confección, carente de la redondez que completa la edad, en definitiva: aún poseía el misterio que tienen las personas y la cosas que aún no están completadas en su totalidad.

Tras la furia constructiva de la primera década del siglo XX, la madurez (o inmadurez, quién sabe) llegó en forma de ladrillo sobre ladrillos hasta convertir todo aquel paraje en edificios de más de 10 pisos, campos de fútbol en vez de descampados y pistas de pádel que, en la primavera de la burbuja inmobiliaria, afloraron como setas tras un aguacero propicio.

Las casas bajas desaparecieron, sus inquilinos obtuvieron un piso que jamás hubieran soñado y aquel paisaje medio virgen se convirtió en otra tierra corriente más; ajada y emputecida por comisiones, licencias de obra y torres altísimas que rascaban el cielo y socavaban la tierra… Hoy muchos de aquellos pisos están vacíos; antes nadie los podía comprar y ahora no hay nadie que quiera comprarlos.

A unos 200 metros de esos edificios fantasmas está la casa que no era mi casa pero se convirtió en mi casa. Un universo contemporáneo, que no coetáneo, un mundo más allá del mundo, una casa que a diferencia de esos bloques, está construida sobre las páginas de libros tan antiguos como las palabras. Allí aprendí a ser mayor, allí crecí… Y allí vuelvo siempre que puedo aunque ya no viva allí.

Al salir del piso, miro hacia el reloj centenario. No tiene hora, no pasa ni un minuto, el tiempo está en perpetua catalepsia, jamás ha pasado nada nuevo por esas manecillas desde hace más de 50 años. Y a pesar de todo… el mundo ha dado más de 3 mil vueltas sobre el eje de la realidad que hay fuera, la que se levanta en la calle.

Hoy, en otro día más sin minutos, antes de salir, el reloj permanece mudo. Siempre que veía ese reloj pensaba en él como una metáfora para empezar de nuevo ya que el tiempo es inconvencional y sólo las vivencias son capaces de acotarlo, crearlo, destruirlo o transformarlo a su antojo.

Tras una nueva visita, es inevitable que vuelva la consecuente despedida. Otra vez la casa y ese sol que se funde en el interior de todas las estancias. Otras vez las sombras de los recuerdos dibujando su silueta sobre las paredes desnudas. Otras vez volver para tener que abandonar; dejar para marchar… La misma rueda concéntrica que nunca cesa, que siempre vuelve a pasar por el mismo lugar.

En la calle, el cielo despejado está envuelto por el frío otoñal. Las rayos de sol tiritan, tiritan las escasas nubes y a lo lejos, tirita el horizonte. El terreno donde estaban las casas bajas tiene ahora un parque infantil ubicado a los pies del edificio fantasma.

El parque está vacío y los objetos de diversión, de tan nuevos, parecen recién pintados a pesar del paso de algunos años tras su construcción.

Cinco minutos después, paso a paso, diviso a lo lejos la estación de Metro de Antonio Machado y antes de entrar, un pensamiento: “No pienso dejarme joder por el destino, mucho menos por una crisis, perseveraré en la idea de que haciendo las cosas bien puedes llegar hasta donde te propongas. Por eso, aunque solo vaya a utilizar uno, esta mañana, antes de abandonar Madrid de nuevo, compraré un bono con 10 viajes de autobús y Metro, porque pienso volver pronto, porque voy a gastarlos todos… Y más”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s