Desencuentro Naoko (Naoko Alone II)

Publicado: 15 noviembre, 2011 en Uncategorized

En la plaza del 2 de mayo, unos niños se balancean en los columpios de un parque infantil cercano al barrio de San Bernardo. Sus padres los vigilan a unos 10 metros, sentados en unas cómodas sillas dónde apuran despacio un doble de cerveza a 3 euros.

A su lado, Naoko otea el horizonte y espera a alguien. Rodea el filo circular de su copa con la yema del dedo corazón. Mira el gyn-tonic de soslayo, al que apenas ha dado un sorbo testimonial, y relee el mensaje que acaba de recibir:”Pídeme uno, acabo de salir del metro, llego en dos minutos…”. Y mira con curiosidad la otra copa que hay junto a la suya, sustituta provisional de una presencia que hace dos años que no tiene ante sus ojos, al menos, de manera física…

 Naoko trae en su piel un barniz reciente de canela, adquirido al sol, vuelta y vuelta, en los últimos 15 días que ha pasado perdida en una playa de difícil acceso:”Me fui sola, a la cabaña de una antigua amiga de mi madre… Desde que ella murió, siempre me invita a pasar allí la parte del verano que más me apetezca”. Se justifica mitad confesión, mitad coqueta, cuando el chico al que esperaba se sienta con parsimonia y sin dejar de mirar la inmensidad hipotónica de unos ojos que contienen magma volcánico.

“Deberías de patentar ese color de piel… Y llevarlo siempre, brillas más que todas las chicas juntas que hay en esta plaza…”, le dice él, antes de que le explique que ese color no es patentable, ya que es patrimonio de su piel y de una cala de Ibiza dónde no llega nadie.

El vestido azul noche que lleva puesto le cae justo por encima de sus rodillas, aunque sentada, da la impresión de ser mucho más corto. Es tan alta como el chico, más de metro ochenta, y eso que va en sandalias. No obstante, sentados, su altura se difumina por la diáfana estrechez de su cuerpo, tensado y armónico como un arco antes de lanzar la flecha.

Llevan cinco minutos mirándose, escrutándose, ocultando lo que quieren decir… Ella se arranca:”No nombremos nada del pasado, ¿OK?”. “Ok”, dice el chico sin más. Un ‘ok’ en minúscula, con poca convicción, porque el pasado está ahí, aún está ahí. Tanto para él como para ella, el pasado los retrotrae al instante en el que se desmoronó el castillo de naipe… Y cuando el castillo se desmorona una vez, es imposible volver a ponerlo en pie; al menos, con las mismas cartas…

 

-¿Me acompañarás en mi graduación de mañana por la noche?

-¿Quieres que vaya?

-Por su puesto… No te quiero asustar pero sólo vais tú, mi padre y su novia… Mi hermana quizás vaya con su novio, pero aún no es seguro…

-Iré, será un honor y un placer.

Cada vez que comenzaba a hablar con Naoko, a las agujas del reloj siempre le hacían falta más horas. De camino a Gregorio Marañón, paseando por el centro de la castellana, a través de sus árboles, a la noche, aún de tardía primavera, le picaba la garganta cuando comenzaban a chorrear los aspersores.

Supongo que aquella humedad era contagiosa. En la parada de metro que hay al lado del lujo hotel Miguel Ángel, se pararon como intentando desperezarse de la interrogación que les adormecía los sentidos.

Naoko tenía la capacidad de capturar toda la luz de luna en sus pupilas y desde dentro, la luminosidad se le iba a la sonrisa. Siempre que era de noche, allí dónde estuviera ella no hacia falta farolas. Naoko era la chica más alegre del mundo dentro de su profunda tristeza. Su madre le duró apenas dos meses después del diagnóstico a causa de un cáncer de garganta. Era médico, como le hubiera gustado ser a Naoko… Cuando su madre murió, a la adolescente que soñaba con anatomías imposibles y libros de literatura japonesa, se le quitaron las ganas de hacer nada y como mal menor, se hizo periodista. A pesar de esto, se le olvidó llorar a los pocos meses, quizás de tanto hacerlo sin descanso. Naoko tenía una sonrisa a modo de bombardeo atómico, con unos labios carnosos que eran una invitación a no dejar de mirarlos y una hilera interminable de dientes blancos que hacían de su sonrisa un arma de destrucción masiva.

-¿Vendrás, verdad?

-Iré… ¿Quieres que lleve traje?

-Quiero que vengas… Ehhh… ¡No tienes huevos de ir en bermudas…!

-Yo luzco más en traje, ya sabes que sólo hago el tonto si es en conjunto… El rollo solista tan sólo me gusta cuando la ocasión lo requiere o es imprescindible…

-Si vienes a mi graduación te pediré un solo que no acabe nunca.

-Si voy a tu graduación, no espero otra cosa…

Naoko se apartó un momento. Sacó un móvil tan fino que parecía una pluma estilográfica. Alguien la llamaba de la radio. Cada 00.00 horas, Naoko se convertía en calabaza radiofónica.

-Me dicen que si estaré a punto a las 02.00 horas…, dijo Naoko.

-¿Obviamente le has dicho que estarás borracha?

-Eres un cuadro… No, obviamente les he dicho que tengo preparada la sección pero que la hago desde casa.

-¿Desde qué casa?

-Desde una que está muy lejos de aquí, así que o nos tomamos la última o me cojo un taxi…, precisó la chica.

-Así que me dejas por tu trabajo… Válgame dios… ¿Dónde quedó mi poder de persuasión?

-Guárdate todo ese poder para mañana por la noche… Y sorpréndeme…

-No quiero decir “está bien” pero no me queda más remedio… Dame un abrazo y que tengas feliz radio aunque esta noche apuntaba maneras para que fuera la primera de muchas…

-La primera de muchas está al caer… Y la espera sólo hace que tenga más ganas… Buenas noches, se bueno y vete a casa, anda…, y así se despidió Naoko.

 

La primera noche de muchas nunca llegó. Hubo muchísimos intentos a lo largo de los años, pero hay momentos que no se deben desperdiciar si de verdad se desean, porque esos momentos, un suelen volver jamás.

Naoko, la dulce y herida Naoko, la chica enamorada de la literatura japonesa, jamás vio al chico de Gregorio Marañón acudir a su última ceremonia universitaria. Un sms tuvo la culpa:”Llego dos días antes de lo que te dije… Llego porque no sé esperarte… El vuelo procede de Amsterdam, si quieres ir a Barajas, encantada… Que tu intuición trabaje…”

La intuición llevó al chico a la puerta de llegadas internacionales… Y como a las 16.30 horas, la intuición quiso que una mano sobre su hombro le hiciera comprender que no iría a la graduación y casi a ningún sitio en mucho tiempo, quizás demasiado (aunque en ese momento, el chico desconocía eso)

“Nadie te va a querer como te quiero yo…”, y así, Ilsa se aproximó al chico y le dio un beso que silenció las cuatro terminales del aeropuerto. No eran novios. Nunca lo habían sido. Eran algo mucho más intenso, un estado que no está inventado, que carece de nombre.

Ilsa venía con toda la artillería lista. La mental, la sentimental y, sobre todo, la física. No se guardó nada para sí misma, cuando al entrar en aquel hotel de Príncipe Pío dijo:”¿Cómo era aquella cita que Ulises Adsuara le decía a Martina?”

El chico se acercó a ella, giro su cuerpo hasta ponerla de espaldas a él, casi rozaba la pared con la punta de su nariz, y mientras hacía caer su falda con la sutileza invisible de dos dedos, le susurró al oído:”Martina, he cruzado todos los océanos de este mundo para saber que no puedo vivir sin ti…”

Y desnudos, frente a la ventana abierta del segundo piso del hotel Conde Duque, vieron caer la tarde hechizada sobre los Jardines de Sabitini, mientras, en la distancia, se dibujaban los cuerpos con técnicas pictóricas que jamás habían practicado antes con nadie o, al menos, no recordaban, porque en aquel momento, el mundo era sólo de ellos dos, el mundo era sólo para ellos dos, el mundo no existía más allá de aquella habitación y de aquel crepúsculo que languidecía tras las caderas inflamadas del viernes noche en Madrid.

Ilsa y aquel chico que la acompañaba no solían hablar demasiado entre ellos. Eran más de hacerse el amor siempre que podían. Las conversaciones de aquel hombre con Naoko, sin embargo, eran interminable, llenas de requiebros, referencias, citas, autores, reflexiones existenciales… Pero con Ilsa era distinto, con Ilsa sólo había el silencio y el recuerdo de cuando fueron dos jóvenes amantes que, aunque se parecían a ellos mismos, eran muy distintos a las personas que, cuerpo a cuerpo, se hacían la guerra en ese justo momento.

Mientras que en aquella habitación del Hotel Conde Duuque la combustión llegaba hasta el techo, Naoko giró la cabeza más de 300 veces en 20 minutos. Su chico de Gregorio Marañón no aparecía, y sin ella saberlo, no aparecería en toda la noche… Justo cuando, preocupada, sacó el móvil para llamarlo, le llegó un sms:”Estoy en la Plaza Mayor con el fantasma de una chica que conocí antes de ser el que soy ahora… Sé que me equivoco y que esto no irá a ninguna parte, pero no puedo ir a la graduación”.

Tras mandar el ‘sms‘, el siguiente trago de cerveza le supo especialmente amargo. Pensó en Naoko, pensó en que quizás podría haber ido, atenderla y después, encadenarse al fantasma hasta que lo consumiera; pero no lo hizo, quiso ser tan diáfano como la culpa le exigía. Naoko no merecía mentiras, mucho menos, medias verdades.

Aquella noche, Ilsa y él bebieron juntos y sentados sobre el pavés de la Plaza Mayor. Cada uno con un bocadillos de calamares en la mano, respirando una calina que hacía peculiar aquel verano recién instalado que había desplazado de súbito a la primavera.

Cuando terminaron, dieron un paseo tranquilo por Sol, que por aquellos entonces, no tenía Indignados, sino tan sólo estudiantes que en la bonanza económica de principios del siglo XXI, desparramaban alegría y alcohol casi a partes iguales.

Subieron por la calle de Preciados, camino de Callado, la plaza de la Gran Vía más pura, nocturna y canalla, oscura y profunda como la vida de las mujeres que se venden al mejor postor cada noche, haya o no ganas.

Una vez allí, mientras esquivaban a los viandantes absortos por la belleza erótica de aquella avenida, disfrutaron de la noche, paso a paso, roce a roce, camino de la calle de Silva, lugar dónde se ubica el José Alfredo, templo de los mejores mojitos de la ciudad.

Aquella noche, el José Alfredo poseía un ambiente seductor. Con la gente justa como para no estar vacío pero, a la vez, parecer espacioso. La música a su justa temperatura y el jazz que se expandía por la estancia, copulaba con los oídos de la concurrencia que, ebria de verano recién llegado, se pegaba a la oreja de sus respectivas compañías como si no dejaran de solicitar deseos imposibles a través de promesas calientes.

Dos mojitos bien cargados bastaron para que Ilsa llamara al camarero y, sin dejar de mirar al chico traidor, pagó la cuenta.

-“Pagarás tu mojito y el mío… Pero ahora no…”

En esos momentos, mientras Paul Contrane interpretaba Beautiful Ballad, Ilsa cogió la mano de su acompañante y tras 15 minutos de paseo ciego, sordo y mudo por la Gran Vía, llegaron a Príncipe Pío tras un escarceo eventual en un semáforo de Plaza de España.

Una vez en la habitación, llenaron la amplia bañera turquesa y se metieron los dos sin saber muy bien como les había desaparecido la ropa del cuerpo. Cansados, abrumados por el encuentro, sin muchas palabras entre ellos, se abrazaron y permanecieron dormidos durante unos minutos… Después de un rato, apenas sin forzarlo, dejaron correr el agua por el sumidero y se tumbaron sobre la cama… No pasó nada, disfrutaron del sueño… Hasta que la luz rojiza del amanecer entró por la ventana como anunciando el día en el que el chico de Gregorio Marañón y su fantasma habrían de despertar juntos.

”Seguimos dentro de un sueño… Despierta a él… Vívelo…”, le susurró Ilsa mientras fumaba algo que no se comercializa en los estancos y apoyaba la desnudez de su cincelada figura sobre en el quicio de la ventana abierta.

“Seguimos en un sueño… Despierta…” Y al despertar, el dormido se detuvo en los labios humeantes de su fantasma:”No sabes cuánto tiempo he soñado con verte dormir…”, dijo ella entre beso y beso, entre roce y roce.

Cuando el chico concluyó la aproximación, el cuerpo de Ilsa era ya más deseado que la meta de un maratón. Ella tenía recogido su cabello negro en una cola de la que caían dos mechones que se acomodaban tras sus orejas. Los ojos chinos se Ilsa se expandían hasta ser tan sólo una línea en el horizonte de su rostro con cada caricia… Madrid amanecía en rojo y añil, y ese espectáculo del verano virgen y desbocado le daba al Palacio Real el mismo aspecto que debieron de poseer los mismísimos Jardines de Babilonia: de tanta exuberancia y belleza, pecado mortal para cualquier religión monoteísta. Los dos jóvenes amanecieron desnudos ante el espectáculo naciente de un tórrido día. Era un 22 de junio, en pleno solsticio de verano.

Se alejaron de la ventana sin mediar más palabra que las habituales en aquellas circunstancias e hicieron de la madruga un pretexto para llegar a la hora de comer sin más hambre que la del sueño.

Algunas horas antes, mientras seguía dormido, un sms llegó al móvil del chico:”No quiero volver a hablar contigo nunca más. Naoko.” Y supo que era verdad y también definitivo… O quizás, no. Meses más tarde, con el invierno ya instalado en un nuevo contexto, el chico volvió a tener noticias de la recién graduada. Fue en Salzburgo, lugar donde comenzó el nuevo curso. Y pese a que seguía subyugado por las cadenas del fantasma de Ilsa, escuchó encantado a Naoko, cuyo torrente de imaginación e intelecto le fueron imprescindibles en cuanto volvió a percibirlos.

 

Aquella noche de diciembre, tras una sesión de video llamada con Ilsa, apareció Naoko. El mensaje a través de Messenger fue conciso:”No sé ni por qué te escribo, pero aquí estoy…”

Si lo sabía: rabia, morbo y deseo. Una terna de sentimiento como carburante para mover a las personas, al mundo.

“Qué tal estás, muchachita?”

“Bien… Esperando a que me pidieras disculpas…”

“Decidí que lo mejor era que no volviéramos a hablar nunca más…”

“De verdad?”

“No, de verdad no, pero pensé que así evitaría resucitar cosa que no acaban de morir…”

“Qué cosas? Hiciste lo que quería… Qué cosas?”

“A veces hay que elegir, lo que no supone que todo lo demás desaparezca…”

“Tendrías que habérmelo dicho… Lo sabes y me lo debes…”

“Sé que te debo cosas, muchas, el mero hecho de que estés esta noche aquí, hablando conmigo, que el rencor no te enmudezca después de tantos meses… Sólo eso hace que te deba tanto como pidas…”

“Recuerdas nuestro plan de navidades cuando creías que estarías viviendo en Reikiavik?”

“Perfectamente: vendrías a Reikiavik, recorreríamos Finlandia y desde allí, vuelo directo a Nueva York, fin de año en Manhattan…”

“Ahora estás en Salzburgo… Qué no es el fin de mundo, pero también me vale…”

“Para qué te vale?”

“Para ir a verte… Parece que conmigo nunca tuviste el impulso de cambiar los planes. Aquellas noches… Por qué no me obligaste a seguirte a casa, sólo tenías que haber insistido…”

“Ummm… No sé qué decir… Tu trabajo… Tú… No sé…”

“Iré a Salzburgo, me plantaré allí… Lo sé, sé que tienes novia, sé que elegiste a Ilsa pero sé también que hay algo entre tú y yo que no se rompe, que no se acaba…”

“Puede ser…”

“Iré allí, de puertas para afuera seré tu mejor amiga, una “especie de hermana”, si quieres decirlo así…”

“Y…???”

“Y de puertas para adentro, seré lo que tu quieras que sea, hasta que te aprendas de memoria el paladar de la crema Donna Karan que llevo puesta en el cuerpo… Cómo y cuánto desees…”

“Ummm…”

“Qué dices…?”

“Digo que sí…”

“Me da igual si es por un sentimiento de culpabilidad, por pena o por aburrimiento, me da igual por lo que sea, me importa una mierda el por qué de tu consentimiento… Esta vez no dejaré escapar mi oportunidad…”

Así comenzó la conversación aquella noche en la que la nieve se amontonaba sobre más nieve sobre los tejados del frío Salzburgo… Las palabras cibernéticas siguieron. Hablaron de todo aquello que pertenece a la madrugada, a los instintos más furtivos, a los excesos propios de quiénes, en un momento determinado, desean más que piensan.

El chico no tardó en arrepentirse de aceptar la propuesta. No sabía cómo pero lo cierto es que Ilsa, a pesar de ser sólo un fantasma, había cambiado por completo su apetito inabarcable. Cuando pasaron 20 minutos tras finalizar la conversación con Naoko, se calzó los guantas y el gorro, y salió a toda velocidad camino de una cervecería cercana a su casa dónde encontraría a sus amigos. Eran las 03.15 de la madrugada.

Cuando llegó, los demás se habían ido a casa pero aún quedaban dos. Se sentó frente a ellos y les contó todo de golpe, desde el principio, sin parar. Una vez fue vomitada toda la culpa, decidió que no podía hacer eso, que quería, pero que no podía. No dijo ni palabra de Noako, tan sólo:”Ilsa no se lo merece, ella no lo haría…” Y cuando tres horas más tarde, llegó a casa, le escribió un correo electrónico a Naoko para abortar misión… “Lo siento, pero no puedo, deseo pero no puedo. Lo siento. No te olvidaré.”

Y no la olvidó. A su vuelta a España, Ilsa se desvaneció como el fantasma perteneciente al pasado que era en el presente. La apuesta del chico no funcionó y tras muchos sms, muchos correos, algunas llamadas y mil súplicas e insistencia, Naoko volvió a claudicar y a su vuelta de vacaciones, la chica que respiraba literatura japonesa como otros respiran oxígeno, aceptó una cita en la plaza del 2 del Mayo.

 

 

El chico llegaba tarde y le envió un sms:”Pídeme uno, acabo de salir del metro, llego en dos minutos…” Cuando la vio a lo lejos, de perfil, mientras su dedo corazón recorría el filo de la copa, sintió mil tipos de calores distintos que recorrieron su cuerpo como un vértigo desde la boca del estómago hasta el punto justo dónde pica la garganta. Necesitaría ese gyn-tonic… Quizás alguno más. En la distancia, Naoko, que permanecía absorta en sus pensamientos, aparecía tan bella como deseable, con la piel barnizada por un color que lo hacía más perceptible para el gusto que parar la vista, ya que daba una sensación inequívoca a dulce de leche, como si fuera más para comérsela que para mirarla.

Había estado en una cabaña en Ibiza, en una pequeña finca de una vieja amiga de su madre que, cuando ésta murió, se convirtió en su protectora.

-¿Cuándo dejarás tus relatos en la editorial para la que trabajo? insistió Naoko.

-No lo sé… ¿Es importante eso ahora?, dijo el chico.

-Para mí sí… Deberías de comenzar a publicar…

-Ya hablaremos de eso la próxima vez que nos juntemos…

-¿Cómo sabes que habrá próxima vez? ¿Ahora que tu fantasma volvió al mundo de los muertos, me darás una oportunidad?

Hasta ese momento, hasta esa justa frase, el chico estaba como inmóvil ante la remozada y reluciente Naoko… Tras esa frase, como si de un cortocircuito en un sistema eléctrico se tratase, el chico se sumió en la más absoluta desidia. El misterio se había evaporado.

El tiempo de separación, el silencio, los días de tedio junto al fantasma de Ilsa… Todo había vuelto a disparar la ilusión por Naoko, por la que además sentía el respeto de quién debe algo a alguien, de quién tiene una cuenta pendiente y está dispuesto a pagarla. La insistencia, la cita, aquella tarde, los ojos infinitos de ella, su piel a modo de dulce de leche, su vestido azul noche… Todo lo que había vuelto a despertar se durmió de súbito tras aquel recordatorio:”¿Ahora que tu fantasma volvió al mundo de los muertos, me darás una oportunidad?”.

Unas cuantas frases después de la funesta frase, dieron un lento paseo hasta el barrio de San Bernardo, dónde se había mudado Naoko. Se despidieron en la puerta de su casa:”Si tienes que subir, ya habrá más días…” Él fingió entusiasmo porque quería recordarla con aquella sonrisa de ciencia ficción que a ella se le pintaba en la cara cada vez que estaba contenta.

El chico se marchó, no miró atrás, y con cada paso adelante, sabía que no volvería a haber un paso atrás. Naoko se convirtió en estatua de sal, en otra historia más en el limbo de las grandes historias que nunca llegan a arrancar.

De vez en cuando, el chico encuentra su firma en la edición papel de un gran periódico de tirada nacional. Escribe muy bien. Entrevista muy bien y, al fin, como siempre quiso, dejó su trabajo en la editorial para ser un nombre con peso específico en el mundo de la información cultural.

Cuando ve su nombre escrito sobre la información, el chico se pregunta, a veces, qué hubiera pasado de intentar que Naoko no conjugara tanto con el recuerdo de su fantasma evaporado… Quizás habría ido bien, casi seguro que así sería, pero eso nunca lo sabrá… Ya que no suele haber segundas oportunidades, excepto para los remordimientos.

Naoko nunca llama, tampoco escribe, y cuando pasea por las callejuelas del Madrid de entonces, suele mirar a un lado y a otro para que el fantasma de aquel chico que nunca se atrevió a decirle que SÍ, no se le presente como si fuera la noche de los muertos vivientes.

A veces, necesita sentirse a salvo de sus propios pensamientos, de sus propios recuerdos. En la última entrevista que firmó, le preguntó a un joven escritor:”¿Para qué sirve el pasado”. Él autor respondió:”Para nada, sólo para aprender de él y si te dedicas a escribir, convertirlo en ficción… Si te quedas atrapado en el pasado, serás siempre la misma persona, sin capacidad para madurar, sin capacidad para evolucionar”. Y ella cerró la entrevista con un atípico:”Eso mismo me gusta pensar a mí…”

 

EPÍLOGO

El chico lee con atención cada uno de sus artículos. Consulta la edición Web del periódico para el que trabaja la periodista y aunque sea con días de retraso, suele fijarse en todo aquello que escribe Naoko. Se siente orgulloso. Se enteró de la ocupación de ella un día, mientras leía ese periódico que no suele comprar, cuando al comenzar a leer pensó:”Qué bien escribe éste tío… Raro para ser periodista…” No era un tío, sino una tía, y en la firma ponía: Naoko. Simplemente, Naoko. La chica de la infinita alegría en su profunda tristeza.

No piensa en llamarla. Ni tampoco en escribirle pero se arrepiente en lo más hondo de haber seguido los pasos cavernosos de un fantasma que tarde o temprano habría de volverse al mundo de los muertos. Se arrepiente de no saber el qué y el cómo de muchas cosas según el pensamiento y la opinión de Naoko. El café siempre es más insípido sin ella enfrente. Lamenta no haber vivido el “hasta cuando dure” con la chica de las conversaciones infinitas, la misma persona que tenía la cualidad de convertir las manecillas del reloj en meras anécdotas.

También recuerda la pasión que sentía por ella, la pasión inconclusa que jamás llegaron a consumar. Recuerda el dulce de leche en el que se convertía la piel de la chica en cada verano y tan sólo acierta a sonreír, quizás porque lo mejor que se puede hacer con el pasado es “aprender de él y si te dedicas a escribir, convertirlo en ficción…” Todo lo demás, es estropear el presente y tarde o temprano, el presente se convierte en pasado y ya no hay manera de volver atrás.

El otro día, mientras tomaba una cerveza, el chico habló con el camarero del pub José Alfredo. Algún tiempo atrás, de tanto ir, acabaron siendo amigos. Ahora, ni él trabaja allí, ni el chico suele ir casi nunca, pero hace un par de semanas, ambos se encontraron por casualidad y como clientes. Tras hablar sobre aquellos días durante un buen rato, el chico le preguntó si recordaba a Naoko:”¿Era aquella chica con la que  solías venir hace mucho tiempo, ¿No? La que siempre solía llevar una copia de ‘Tokio Blues’ en la mano…”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s