EL NIÑO ÓSCAR

Publicado: 6 noviembre, 2011 en Uncategorized

El niño Óscar vivía en una casa llana de tres habitaciones en penumbra que estaban comunicadas a través de un pasillo tan estrecho como una lengua y que culminaba al fondo en un patio encalado que sostenía la armonía doméstica y funcionaba como vía de escape. En aquel espacio abierto, la luz de la mañana alumbraba a modo de despertador y las efímeras tardes de invierno derramaban su tristeza añil sobre las ramas del limonero.

Una de aquellas habitaciones fue un puesto de golosinas algunos años atrás, cuando el niño Óscar se volvió hombre de repente. Nunca sabes lo que te espera en la vida, pero lamentablemente, no somos plenamente consciente de la realidad hasta que no perdemos a algo o a alguien que nos importa más que nosotros mismos.

Muchos años antes de que aquella habitación fuera tan sólo una estancia donde se reunía con amigos, justo en el momento previo de convertirse en tienda, el niño Óscar perdió a su madre, de súbito, sin la más mínima opción de llevarle la contraria a la muerte, sin preparación ni psicopedagogía, sin tiempo de adaptación… Un súbito y certero disparo de nieve al corazón cuando el niño Óscar apenas comenzaba a ser niño.

Desde aquel día, el niño Óscar pasó a ser simplemente Óscar. Y los años de niñez y posterior adolescencia pasaron con la pesada carga de un hecho que no se podía obviar y, a la vez, las hojas del almanaque cayeron a la velocidad de la luz: trabajo, estudios, chicas, recuerdos, lucha… El vértigo con el que pasa la vida cuando tienes la certeza de que aquello que amas no volverá jamás.

A partir del mismo día que el niño Óscar se hizo un hombre, tuvo como tutora y madre a su abuela. Una de esas venerables ancianas que saben estar incluso cuando permanecen ausentes. La señora Luisa no se permitió envejecer hasta mucho después de la muerte de su hija, cuando el niño Óscar ya había dejado de ser niño hacía mucho tiempo, cuando era todo un experto en el difícil arte de la vida.

Alfredo, al que la vida le había regalado una niñez abundante en todo aquello que importa más que lo material, solía ir a casa de la señora Luisa a comprar golosinas. Casi siempre los sábados por la mañana, antes de jugar al fútbol, aunque a veces también, los domingos por la tarde, cuando la semana agonizaba y no había nada mejor que hacer en el pueblo que pasear por sus calles con una bolsa de pipas en la mano. Alfredo, bisoño e inocente hasta que descubrió la vida de golpe a sorbos y gritos, jamás se hubiera imaginado en aquella habitación, muchos años después, en compañía y con la amistad del rebelde con causa llamado simplemente Óscar.

Durante los dos últimos años de instituto, en aquella habitación que una vez fue una tienda de golosinas, los dos amigos pasaban casi todas las tardes de los viernes. Escuchaban Extremoduro, lamentos de Camarón, algún que otro poema recitado por el mismísimo Rafael Alberti y entre unas cosas y otras, caía algún que otro cigarro, alguna que otra copa a escondidas, algún que otro mensaje de texto a través de móviles prehistóricos que habían llegado a las manos de aquellos dos jóvenes de procedencia humilde gracias a la democratización tecnológica que cambio el final del siglo XX y el principio del siglo XXI.

Eran dos personas muy diferentes. Quizás por eso podían ser amigos… Aunque muchas veces parecía como si lo único que los diferenciara en realidad fuera la fachada y la experiencia vital. Dos fotografías idénticas pero reveladas a distinto ritmo. Dos maneras de presentarse ante el mundo, de crecer en él pero un fin más cercano del que les pudiera parecer. De una manera u otra, ambos se necesitaban. El rebelde con causa necesitaba la aplicada inocencia, el inocente necesitaba de la cruda sinceridad y el cariño tosco del rebelde. La complicidad nace de la necesidad, eso une a las personas más que cualquier otra alquimia, de hecho, esa es la única alquimia verdadera para una unión entre dos personas, la única perdurable sea del tipo que sea.

Pasaron los años y la vida puso a cada uno en una ciudad distinta. Lejos. A veces se veían y conversaban. No trataban de recordar nada de aquellos días, porque para tíos como Óscar, los recuerdos son lujos que es mejor no permitirse.

Cuando se cruzaban por la calle en algún día festivo, siempre solían hablar de la señora Luisa, que puso un puesto de golosinas para tirar hacia delante y porque así podría endulzar la hiel que llevaba impregnado el ritmo ininterrumpido de los días con sus ausencias a cuestas. Alfredo sabía que eso reconfortaba a Óscar, que siempre le contaba como la fuerza de los días se llevaba poco a poco su salud. La señora Luisa se apagaba con el paso de cada otoño, pero incluso cuando el fulgor que había en ella era menos cierto que un suspiro, seguía manteniendo una luz capaz de iluminar toda la casa. Había cuidado a ese muchacho en sustitución de su propia hija, había sido madre y abuela, y el día que su nieto acabó sus estudios superiores supo que, aunque a veces tarde demasiado, la vida siempre guarda un premio para todo el mundo.

A partir de entonces, la señora Luisa se permitió el capricho de envejecer, dejó de sostenerse las arrugas, asumió que su espalda se arqueaba como una ‘s’ minúscula y pronto comenzó a tener dificultades para caminar con facilidad.

Murió de vieja. Con todos los deberes hechos y muchos más que ella hizo por amor, vocación y fuerza de voluntad. Una mañana de tedio tan típica en estos días de maldita crisis, Adolfo se cruzó con Óscar por la calle después de muchísimo tiempo, quizás años. Se abrazaron y como siempre, la conversación acabó en la señora Luisa:”Se está muriendo… Ahora sí que se está muriendo…”.

Tras despedirse, Adolfo dio un larga caminata, pasó en frente de aquella casa donde echó tantas tardes con Óscar y no pudo evitar echar unas lágrimas calladas, unas lágrimas duras como el mármol, por aquella anciana que le vendía gusanitos y trastos cuando él tan sólo sabía de la vida el nombre de su pueblo.

La señora Luisa descansó en paz durante una noche de primavera. No se permitió el lujo de morir hasta que no fue el momento adecuado. Había tenido la fortaleza y la valentía de hacer de madre y de abuela hasta convertir a Óscar en un hombre en el sentido más amplio de la palabra, una persona con todos los recursos necesarios en su haber para vivir y saber vivir la vida.

Adolfo estuvo en su entierro y me contó que el pueblo entero calló en honor a ella. La señora Luisa era mejor que buena, y como suele suceder en los sepelios de personas así, la gente permaneció callada de principio a fin, porque en los entierros de las personas buena nadie habla, tan sólo recuerdan.

Desde hace unos meses, Óscar y Adolfo han vuelto a vivir en el mismo lugar. A veces se cruzan, se paran, dos frases, un “nos vemos…”, o también un “cómo te va…”, “nada de curro…?” Y así siguen. Hace un par de noches, tras una conversación entre risas, Óscar le hizo una pregunta a Adolfo:”¿Recuerdas cuándo mi madre tenía el puesto aquí, no?”. Estaban en la plaza del pueblo, el sitio concreto, y pese a la ubicación, Adolfo no consiguió relacionar inmediatamente la pregunta… A pesar de su desconcierto inicial, de repente, reaccionó y respondió a Óscar:”Claro que lo recuerdo, perfectamente…”

Esa sola respuesta, esa reafirmación en que sus recuerdos seguían vivos y presentes, hicieron que Óscar -el chico duro, el rebelde con causa, el intelectual, el hombre experimentado en la vida- esbozara una sonrisa que lo trasladó muchísimos años atrás. Cuando aún no era el hombre descomunal que hoy en día sería capaz de tirar un árbol con la fuerza de sus hombros, cuando no tenía esa voz que raspa como una espátula, cuando tan sólo era ‘el Niño Óscar’, un chico calcado a su madre que tenía una abuela que ya por entonces lo quería a rabiar.

 

 

 

 

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