‘El Bar sin Nombre’ tenía nombre

Publicado: 4 noviembre, 2011 en Uncategorized

‘El bar sin nombre’ si tenía nombre. Estaba tapado, descascarillado en el letrero que hay encima de la única ventana que el sitio tiene a la calle. El sitio se llama ‘La Ida’, y no lo supe hasta el otro día, quizás nunca lo quise saber, a mí me gustaba decir:”Esta noche vamos a un bar que no tiene nombre pero que posee todo lo demás.” Y entonces me ponía a explicar como era el caballito de mar gigante que cuelga del techo, o explicaba la tonalidad exacta de rojo bermellón que colorea las pequeñas estanterías de casa de muñecas que están atestadas de libros.

A veces, significaba con énfasis las exposiciones itinerantes de fotógrafos desconocidos que pasaban por allí, más aún, desde que el otro día alguien me dijera:”Mira, esa chica tan guapa es la sobrina de Alberto García-Alix, es amiga de mi hermana desde que erapequeña y quiere ser actriz… Estará igual de tocada que toda la familia… Pero que guapa es, ¿eh?”

Sí, si era guapa. Ese sitio, no sé por qué, me recuerda a Alberto García-Alix antes de ser Alberto García-Alix, antes de ser célebre… Yo creo que si su sobrina quisiera ser fotógrafa en vez de actriz, expondría en esa paredes de ’El bar sin nombre’ que cambian periódicamente de color, o quizás yo aprecie ese cambio porque ya no suelo ir por allí tanto como me gustaría.

Las dos últimas veces siempre he llegado cuando no había nadie. Una vez porque era un día de diario y demasiado tarde. Otra vez, porque era día festivo y demasiado pronto. Quizás sea una metáfora de mi vida de últimamente, llegar a destiempo a casi todos los lugares y cuando no hay nadie.

A ese sitio he llevado a toda aquella persona que merece conocer un sitio especial: unas veces porque eran amigos del pueblo; otras porque eran muy buenos amigos; otras porque necesitábamos una conversación para decir las cosas que sólo salen en los sitios especial; también porque fuimos amantes y hay algo de esa magia que no se debe perder nunca aunque nunca sea el estado permanente para casi todo.

Por allí he ido justo antes de pasarme la noche en un cuerpo a cuerpo sin fin; por allí he ido a hablar con amigos de todo lo que haríamos cuando mejorara la situación y también he ido a oír hablar, a darme el gustado de escuchar y disfrutar de cada gesto, de cada pliegue, sin mayor interés que las horas pasen muy despacio y las cosas muy deprisa, que el contexto se alargue, que el presense se dilate, que el futuro no llegue. Vivir el momento, tomar té helado verde, o un mojito (o varios) vomitar sinceridad como deporte de riesgo hasta caer de espaldas de tan liviano y tan libre… No parar de disfrutar del aquí y el ahora como si no hubiera mañana y todo, parapetado tras esa prudencial distancia que otorga a los momentos las cosas que se piensan dos veces antes de hacerlas.

A veces, también he ido sin ir. Tan sólo ha sido una vez, con una persona, pero en realidad, son muchas. Ir sin ir no es fácil, exige una gran concentración, una gran esfuerzo de narrativa para hacerlo bien, pero si miras la cara más adecuado en el momento más adecuado, suele salir sin problemas. He imaginado el itinerario:”Pues mira, esta es la estatua de la estudiante, es una plaza mítica, la gente suele venir aquí a la salida de los garitos de Malasaña; en verano, a disfrutar del ambiente; en invierno, porque al ser un lugar abierto no cierra nunca… Pero ya verás, ven, ven… Por aquí, por esta calle está uno de mis bares preferidos de Madrid, ‘El Bar Sin Nombre’, ¿Te he dicho que tiene un caballito de mar colgado del techo? Aquí ponen, sin duda, el mejor té helado de la ciudad, dicen que es sin alcohol, pero está tan bien hecho, que a mí me suele subir más que cualquier gin-tonic…” Así también he ido, sobre todo el último año, cuando no podía estar, pero de narrarlo, de imaginarlo, de pensarlo, iba más que si estuviera allí, o quizás no tanto… Pero si es cierto que iba mucho de esta particular manera.

El otro día estuve en ‘El bar sin nombre’. Los ojos que me acompañaban no paraban de mirar hacia un lado y hacia otro, como escrutando todo ese universo distinto, peculiar, como dijo “con ese encanto tan característicos de los sitios a los que no sueles ir…” Sí, así es ‘La ida’:”Con ese encanto tan característico de los sitios a los que no sueles ir…” Aunque yo he ido mucho, y seguiré visitándolo, y aún así, siempre me parecerá que tiene la misma cantidad imponderable de encanto, porque esas cosas no se pierden con la asiduidad, si no que más bien, aumentan.

La primera vez que conocí ‘La Ida’, no tenía ni idea, si quiera de que existía esa calle. Tantos años tejiendo pasos por el barrio de Tribunal y nunca pasé por allí. “Conozco un garito que te va a encantar, me llevó el otro día mi compañero de piso y desde que entré supe que ese bar estaba allí para que tu lo visitaras…” A mí esas frases, tan aleatorias, tan generosas, tan típicas, lo cierto es que me suelen hacer una mella bastante importante, sobre todo, y quizás más que por la frase, por la persona que la dice. Tenemos la cualidad (y a veces el defecto) de otorgar un poder mayor a las palabras dependiendo de quién las diga. Yo nunca escatimo a la hora de conceder cuando así lo siento, aunque a veces no lo piense muy bien. En ese caso, aquellas palabras tenían todo su poder consustancia y todo el poder subjetivo que yo les atribuía. Por eso, en aquella víspera de Navidades de 2006, con el tren de aterrizaje recién posado en el aeropuerto de Barajas, a mí aquel sitio ya me pareció el sitio más especial del mundo sin haberlo visto ni imaginado jamás.

Después de una ducha, después de andar bien cogidos por la calle, como si al agarrarnos, agarráramos un presente que de alguna manera se nos escapaba sin darnos cuenta, llegamos al ‘Bar sin nombre’. Tenía un caballito de mar colgado del techo. Unas estanterías borrachas de libros. Sofás para perder la vergüenza y ganar en ganas de vivir, luces rojizas y ocres que se entremezclaban y parecían el cromatismo de un sueño imposible, conversaciones en susurros, universos independientes en cada una de las mesas que comparecían de modo concéntrico en el espectro general de aquel gran universo de lo que después habría de llamarse ‘La ida’.

Fui esa noche del 12 de siembre de 2006. Tan feliz por estar de vuelta después de tres meses. Tan amparado y protegido por esa felicidad de quién se siente esperado… Esa noche fue como un torbellino. Tanto fue así que pasó a la velocidad de la luz, como todos las cosas buenas. Y después, un salto temporal: otra vez allí, un año después, apenas sin darnos cuenta y con contexto a punto de derrumbarse, aquejado de aluminosis.

Puente de diciembre de 2007… Y un:”Volvamos a intentarlo, por favor… No nos rindamos…” Y yo, de nuevo, concediendo ese poder imponderable que le otorgas a las palabras de según que personas sólo por el mero hecho de que son sus palabras, sin más mérito que ese. Y tras mis reticencias, tras un largo silencio, tras esperar a que el semáforo se pusiera en verde después de haber dejado ’El bar sin nombre’ diez minutos antes… Tomando aire, pensando lo más despacio que podía en frente de sus ojos en posición de media luna, rasgados como el reuma rasga los cuerpos en invierno. En esa circunstancias decidí tirar hacia delante sin valorar el mañana, ni los riesgos, ni los daños, ni nada:”Vámonos…” Eso dije, y nos fuimos.

Y vuelves muchas más veces al ’Bar sin nombre’. Año tras año, en diversas y distintas circunstancias, y te gusta tanto que cada vez que vas es nueva. Es diferente. Porque cada contexto merece una oportunidad y porque llega un momento en la vida que o dejas de creer en los fantasmas o te olvidas de vivir.

Hasta que el otro día, sentado frente a unos ojos que lo escrutaban todo. Unos ojos que no suelen ir a ese tipo de sitios pero que, sin embargo, ajenos a su embrujo, al menos en el primer instante, te dicen:”Manu, sí que tiene nombre tu bar sin nombre, se llama ’La Ida’, mira lo pone ahí…” Y te das cuenta de que la realidad objetiva se impone a la realidad subjetiva ya que goza de todos los elementos tangibles que le faltan a la otra.

Salís del bar. Te atreves a decir:”Este es el bar del té helado… Pero si lo que te gustan son los mojitos, entonces, tienes que conocer el ’José Alfredo’, los mejores mojitos de Madrid…”

Y aunque el día fenece en manos del horario de invierno, aunque la luz ya no es blanca sino que tiene la decadencia ocre de las farolas de ese centro laberíntico de callejuelas y pavés, aunque lleváis por ahí desde el medio día, nunca te cansas de descubrir la ciudad a quién quiera descubrirla, de descubrir cosas para que tú sigues aprendiendo también.

Y en el ’José Alfredo’ esperan otro millón de historias… Este tuvo nombre desde siempre, por eso no es tan especial como el otro… Y es que todo aquello que permanece indefinido, posee de manera inherente el poder de seducción de lo que está por descubrirse.

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