LA VUELTA DE ASTERIÓN (La desaparición de Ulises)

Publicado: 30 septiembre, 2011 en Uncategorized

Como en la época en la que dejó de ser persona para mutar en animal, Asterión se adentró aquella tarde en la sierra profunda. El campo estaba cubierto de otoño, con las primeras hojas inertes sobre el suelo. Las ramas de los árboles, temblorosas y desnudas, copulaban con las primeras ráfagas de aires frío después del verano y anticipaban el olor a mojado que perfumaba la tierra desde hacía unas jornadas. En pleno esfuerzo, el joven recordó a Calíope y sus sentidos despertaron lo que había estado dormido en su cuerpo. Despertó hasta convertirse en compañía notable durante toda la carrera.

Alborotado por la súbita aparición en su memoria, y a pesar del esfuerzo, Asterión deseó que en medio del campo hubiera una cabaña y que al entrar, Calíope estuviera dentro. A medida que sus zancadas ganaban en potencia, paradójicamente, el cansancio físico desaparecía de sus piernas. Imaginaba como entraría en la cabaña y bajo una ducha sin persianas, lavaría su cuerpo tonificado por el deporte y el agua mientras su joven ninfa lo observaría en silencio. Si acaso, con el único sonido de leves y casi imperceptibles caricias propias en la distancia.

En el punto álgido de su esfuerzo atlético, la imaginación de Asterión acompasaba su carrera de tal modo que casi se adueñaba de ella. En su mente componía las imágenes de una ensoñación tan real como onírica.

En ese mundo paralelo que transcurría al mismo tiempo que el mundo real de sudor, esfuerzo y carrera, Calíope secaría el cuerpo del deportista con sus propias manos… Y cuando ya no hubiera agua sobre su piel, desnudos y envueltos, volverían a mojarse, pero esta vez juntos, sumidos en ejercicios interminables… Al final, y ya rendidos, olerían de nuevo el aire a campo que entraría por la ventana de la cabaña y desearían volver a empezar… Asterión proyectó su propia imagen mientras dibujaba un verso nuevo sobre el cuerpo de Calíope con cada uno de sus movimientos.

El otoño y la tierra mojada le recordaban a la joven de cuerpo en posición de avance. “El otoño y la tierra mojada huelen como Calíope”, solía decir. Aunque ya casi no podía recordar el olor exacto de ella, que podía oler a dos aromas inolvidables que a él, sin embargo, cada vez le era más difícil reconocer, ya que los olores entienden mucho más de presencia que de abstracción.

Llevaba unos días sin dormir. Bastantes. Cada noche desde hacía algunas noches, pegaba la cabeza a la almohada sin conseguir la paciencia justa como para olvidarse de todo. Calíope lo había abandonado días atrás, de repente. Certera y homicida, como un hachazo transversal, que le profería un insoportable escozor desde la garganta hasta el epicentro mismo del pecho.

Calíope se fue como autoras de un casi milagro. Asterión se quedó a punto de reconvertirse en Ulises Adsuara y fue, precisamente, esa esperanza de volver a sentirse mejor persona, de tenerlo tan cerca, lo que más le dolió ante la huida de la joven, que casi se había convertido en redención, pero que se quedó en casi… Para desasosiego de Adsuara, que se notaba diluido otra vez en el lado oscuro y salvaje de aquel animal que había custodiado su voluntad durante más años de los que podía y quería recordar.

Poco a poco, hora tras hora, Ulises Adsuara se fue alejando cada vez más y Asterión se hizo más y más fuerte dentro de aquel joven que querían algo mejor para sí mismo. No gozó de la oportunidad y no tuvo remedio. Volvió a tensar sus músculos, a buscar en la naturaleza tanto cansancio como paz pudiera conseguir. Y repleto de fuerza y ansia, se adentró de nuevo en la cueva oscura que habitó durante siglos y que lo convirtió en el ser inmortal que es, a cuestas con su dolor, sin temer la perdida de nada, sin rastro de debilidad, pero a su vez, portador de todas las debilidades. Así fue como Asterión se hizo más y más presente, como Ulises se alejó más y más, silenciado en algún lugar muy profundo de donde sería casi imposible volver.

Asterión se sentía de nuevo fuerte en aquel cuerpo, dueño de aquella mente; cazador furtivo de instantes. Ánima casi carente de alma y con una voluntad depredadora fuera de lo normal. Así renació Asterión, que de vez en cuando recordaba a Calíope y deseaba que estuviera dormida dentro de aquella cabaña. Pero la cabaña no existía:”Eso serían cuentos chinos de Ulises Adsuara”, se decía como reproche por su incapacidad para amar el recuerdo cuando el recuerdo tan sólo era una sombra.

Y todo lo que había de especial en Asterión fue carcomiéndose poco a poco hasta que volvió a optar por el silencio como modo y forma de comunicarse. Aunque, a veces, todavía, le gustaba decir:”Yo, como todo el mundo, aún creo en ‘mis puntos suspensivos’… Aunque cada vez menos.”

Y la historia sólo acababa de empezar, incluso para Asterión, que odiaba comenzar nada. La historia seguía así “…” (Con unos puntos suspensivos contra los que ni Asterión podía luchar y que tenía en incierto nombre de FUTURO) (Calíope o no Calíope… Eso ya se vería…)

 

 

 

 

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