LA (S) SOLEDAD-ES

Publicado: 13 septiembre, 2011 en Uncategorized

A veces aún recuerda mi nombre y lo dice sin titubear. Me mira a los ojos y los reconoce. No le gusta mi barba y por la mañanas, siempre me pide que me afeite. Después, a medida que pasan las horas, el desconcierto se instala dentro de su cabeza como una turbina voraz. Despedaza sus recuerdos, los recompone desordenados y esparcidos sin ningún tipo de lógica ni cronología. Entonces, a sus 84 años, es cuando teme despertar a su padre de la siesta; como en aquellas interminables tardes de su juventud en las que él descansaba en caso todos los excesos que no dormía fuera.

Cuando el sol comienza a desmayarse, mira con preocupación la puerta del patio porque su marido, que lleva casi 20 años muerto, aún no ha regresado del campo.

Entonces, poco después, cuando vuelve al mundo de los vivos y se percata de que estás a su lado, se detiene de nuevo en tus ojos como queriendo recomponer tu propio retrato en su cabeza, pero la memoria no le alcanza y la demencia la devora por dentro y por fuera. La incapacidad para conectar pensamientos e imágenes en un solo concepto hace que su cuerpo se agite más si cabe. Vibra y se consume como el pasto bajo el sol veraniego.

Cuando la observo así, siento una profunda sensación de soledad ajena, aquella que nace de la incapacidad de una persona para valerse por sí misma. Esa soledad, tan inexorable, tan profundamente inevitable, se instala con ella sobre su silla de ruedas. Sonríe porque está en la calle, porque observa a la gente pasar, pero cuando lleva un rato y cae en la cuenta de que tiene unas piernas que no puede utilizar, se encuentra a disgusto en cualquier parte. Y ahí comienza el vía crucis de total soledad para una persona que hace no mucho se levantaba recién inaugurado el día y se acostaba cuando el sol ya llevaba tendido muchas horas tras la línea de fuga.

La mayoría de los viejos suelen estar más solos que la una. A veces, porque no tienen a nadie que le sirva de sparring para el combate diario contra sus recuerdos. Otras, porque penan como muebles abandonados, sin más visita que las largas horas de un largo día. También, porque, como en el primer caso, la enfermedad te despoja de toda tu esencia y te convierte en una voluntad de voluntades, sin más independencia que la de un sueño demasiado ligero como para considerarse sueño.

Hace unos meses, camino de las Ramblas desde la zona del Raval, una mujer de unos 70 años, medio calva, con huecos en la boca y la ropa en penitencia, pedía con “una monedita, guapo”, a todo el que pasaba por la calle de San Pau a las 04.30 horas de la madrugada. Al observarla, mis pasos se descompusieron y aunque mi cuerpo siguió adelante, yo me quedé allí, hablándole, pero o ella no me escuchaba o a mí no me salía el sonido de la garganta. En cualquier caso, no sé que habría hecho esa mujer para merece esa soledad. No sé que crimen habría cometido para vivir esas noches una noche tras otra noche. No lo sé y no quiero saberlo jamás.

La soledad es la muerte con su guadaña a cuestas. Es mucho peor estar solo que estar muerto y en las personas mayores, estar sólo es como agonizar varias veces al día.

Antes de ayer, bajo un calor de sartén hirviendo, una señora caminaba por una calle sureña. De tan jorobada, la punta de su nariz casi daba en el suelo. Tenía el cabello más ceniza que blanco, recogido bajo un pañuelo negro como hace 200 años y, de tan vieja, era como si en su cara y en su cuerpo se ubicaran todos los años de los ancianos del pueblo.

Cansada como iba, con dos bolsas en una mano y el bastón en la otra, dos tomates rodaron por la calle y en ese momento la barra de pan también se le cayó al suelo. Hacía tanto calor que temí que aquellos alimentos se quedaran pegados en los adoquines… Cuando me disponía a ayudarle, observé como la prehistórica mujer devolvía el contenido a continente con una relativa agilidad. Al percibir mi disposición, me miró a los ojos y dijo:”Gracias”. A partir de ahí, una retahíla de preguntas sobre mi nombre, mi familia, mis abuelos y otras cuestiones, me detuvieron frente a la anciana durante más de 15 minutos. Ella parecía no sentir el bochorno de los más de 40 grados de agosto. No tenía prisa, tan sólo soledad. Estaba “más sola que la una”, como me dijo al final.

Más sola que la una. Si existe realmente el purgatorio, está aquí abajo, mientras vivimos, y se llama soledad.

Durante este último año, he viajado varias veces desde Sevilla en un autobús que sale de la ciudad del color especial a eso de las 20.00 horas. A mitad de camino, como una hora y poco después de la salida, el autobús para en un pueblo que tiene un Hogar para Mayores (así le llaman) ubicado al pie de la carretera. Siempre que he pasado, la misma mujer, a la misma hora, en la misma ventana, abre de par en par sus párpados morados y espabila cansadas ojeras al paso del vehículo. No sé a quién esperará, pero la última vez que pasé por allí, el autobús tuvo que parar a causa de una avería y escuché por fin a la mujer que, día tras día, contenía su incontinencia tras aquella ventana.

Cuando bajé, observé como sus ojos,inquietos y vidriosos, buscaban algún tipo de familiaridad en la cara de todos los viajeros… No la encontró. Y cuando el conductor arregló la avería, ella gritó con amargura tras los barrotes de su ventana:”Lo único que le pido ya a la vida es morir en la calle…” Cuándo alguien le preguntó por qué, ella dijo:”Así no moriré sola…”

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comentarios
  1. elenagondar dice:

    Manu ¡Cuánta razón y cuánta sabiduría en tus palabras… y en las de todas las señoras que mencionas!

    No creo que nadie se merezca esa soledad de la que hablas o ese purgatorio del que te hablaron, pero si realmente alguien es merecedor de ello, yo tampoco quiero saber el porqué.

    Después de toda una vida compartiendo “techo” con tres generaciones (de bisabuelos hacia abajo), puedo confesar que no hay nada más gratificante que saber que ellos no están “más solos que la una”, simplemente porque tú estás con ellos, haciéndoles compañía, muchas veces sin hablar, tan solo escuchando sus mismas historias una vez más, o cerrándole la ventana cuando tienen frío, o abriéndosela si es que hace demasiado calor.

    Cada vez hay más “Hogares para Mayores”, pero ¿dónde están los “Hogares de nuestros abuelos”?

    • El problema es que somos frívolos ante la vejez… La vejez puede llegar en el momento más inesperado, no es cuestión de edad, sólo de estado y dependencia… Por eso creo que hay que respetarla, porque todos la visitaremos, porque todos sabremos que es y la única manera de saberla vivir en ese momento es haberla entendido antes y, por supuesto, haber cuidado de quién se encuentre en esa edad o en ese estado de la vida…

  2. Hugo Andrade dice:

    Triste, pero cierto!!
    en mexico ver a mujeres de la edad de mis abuelas (81), en medio de los coches cuando el semaforo de pone en rojo, intentando vender los mas dipares objetos…. no hay palabras para describirlo!!

    • Siempre pensé que méxico poseía un gran respeto a la cultura matriarcal… Aunque supongo que todo dependerá también de los recursos económicos con los que dispongan las mujeres de los distintos estrato sociales… Lo peor de la vejez es que percibes la misma vunerabilidad que en la niñez sólo que con el agravante de que la decrepitud no da un sólo viso de cambio o posibilidad de esplendor…

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