Una carta para seguir adelante

Publicado: 8 agosto, 2011 en Uncategorized

Hay quién dice que los suicidas no mueren ni viven. Quedan atrapados en tierra de nadie, ni aquí ni allí, presos de la insatisfacción que les hizo abandonar la vida precipitadamente. Supongo que algo así sucede con las cartas que prometes y nunca llegas a entregar. Cartas que ya nacieron antes de ser escritas, que tienen vida propia desde la primera ‘coma’ hasta el postrero ‘punto final’. Cartas que podrías recitar de memoria porque en esas cartas va vertido todo el exceso que hay en ti, tanto para lo bueno, como para lo malo.

En ese tipo de escritos, podrías decir, por ejemplo, “no sabes las veces que te observé mientras dormías”… Pero si no entregas esa carta, ese momento se queda en eso, justamente en un sueño, como si jamás hubiera existido. “Te quise en el justo momento que te sentí temblar”, pero el recuerdo de ese temblor nunca podrá hacer una frase de fulgurante delicadeza, porque las cartas que mueren antes de nacer olvidan la posibilidad de momentos así…

También podrías explicar como te gustaba mucho “el modo en que doblabas la ropa en la tranquilidad de tu cuarto cuando, callada, hacías que un momento sin más se convirtiera en imprescindible…” pero la memoria es un lujo que la carta suicida no se puede permitir, ya que su único contexto es el dolor por haber sido concebida sin darle una finalidad.

Cuando una carta no es entregada, queda en el limbo de las cosas a medio hacer. En ese texto suicida, languidecen los aromas, texturas y sensaciones que una vez pudieron ser una prueba de vida. Por ejemplo:”Cuando te marchabas tras unos días juntos, el olor de tu cuerpo vestía mi cuerpo al cubrirme con la camisa que cogiste prestada de mi armario”.

El problemas de las cartas que no se entregan es que jamás podrán contar la forma delineada de tus manos, el esmalte que las coronaba a modo de promesa, la finísima línea que circunvalaba tu muñeca. Ese es el problema del limbo, que las pequeñas cosas que llenaron de argumentos cualquier historia, ya no tienen importancia, porque una vez allí, ya nada existe.

Cuando una carta muere antes de nacer, es imposible ordenar de mayor a menor el aluvión de sensaciones al estar piel contra piel. Mi piel contra tu piel. Tu piel contra mi piel. Cuando las líneas se difuminen en el horizonte de “lo que pudo ser”, ya no tiene sentido recordar música, películas o cualquier momento compartido. Ni siquiera es posible que esa carta cuente ya que hubo una vez un mundo que os tuvo como sus únicos inquilinos. Un mundo inventado a golpes de razón e instinto, una sociedad secreta en la que sólo vosotros dos erais sus miembros.

Así sucede con las cartas que nunca aterrizan sobre el frío blanco del folio. Cartas suicidadas que se inmolan por el terror a contar, por la incapacidad de expresar, por el temor de querer.

De ahí esta carta. Negro sobre blanco. Vertida de la memoria al folio en un plis-plas. Podría decir muchas más cosas, incluso, no decir ninguna, pero diga más o menos, tiene el valor de una carta viva. Un conjunto de letras que conforman palabras. Palabras que hilan una frase. Frases que fecundan un párrafo y varios párrafos unidos cuyo caudal desemboca en un texto.

Así son las cartas que sí viven, que sí se escriben. Cartas para seguir adelante. Para no dejar de decir, para tratar de entender la vida. Quizás no sea la carta que soñé, quizás no diga lo que esperaba decir. Quizás tenga tantas contradicciones como la propia existencia… Pero ahí está, con sus aristas y matices para decir que pase lo que pase: RECUÉRDAME.

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comentarios
  1. elenagondar dice:

    ¡Buah! Manu… has dado en mi punto débil: las cartas.

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