AS TIME GOES BY

Publicado: 22 junio, 2011 en Uncategorized

A mí queridísimo amigo Sam, que tocaba la canción justa y necesaria siempre que las heridas hervían:

Hay pocas situaciones de soledad más acusada que la de ser el último mono en una redacción sin teclas hiperactivas cantando su plegaria. A las 02.40 de la madrugada, una persona sola tiene a su alrededor todo un mundo de silencios sin paz. Por la ventana entreabierta se cuela el aire invernal que da de lleno en los riñones quejumbrosos de las mesas. Los papeles más fugitivos vuelan con la primera ráfaga y las teclas del ordenador se juntan unas con otras ateridas de frío.

A esas horas, no hay conversaciones ni ruidos externos y pocas cosas pueden escapar a la verdad de cada uno. Cuando termina la jornada laboral, recoges el escritorio, apagas el ordenador y anudas la bufanda de lana a tu cuello antes de partir. Paso a paso por los pasillos oscuros, te encaminas a la puerta del edificio dónde se ubica el periódico. Una vez a la intemperie, el viento afeita tu frente como si se tratase de una podadora y el frío actúa de bálsamo contra el sueño. Los sabañones rompen en tus oídos y tratas de calarte los guantes de piel hasta los codos aunque no lleguen casi ni a las muñecas.

 Dejas atrás el polígono industrial y sus concesionarios de coches. Atraviesas una autovía que tiene puesto el cartel de NO MOLESTAR y desde un semáforo en rojo, alguien te grita: “¿¡Dónde vas con tanta prisa, pringao?!”

 De tan solo, te das cuenta de que molestas al decorado metropolitano, ese que cambia y descambian cada madrugada cuando la gente no hace nada mejor que estar en casa y dormir, ese tedio.

La calle que conduce a tu casa se abre entre farolas rotas y luces que chisporrotean cansadas. Envuelta en su penumbra incandescente, la vía por donde caminas es casi tan oscura como la garganta de un túnel ferroviario. Ni te das cuentas de cómo suenan tus pasos sobre el asfalto, sólo sientes que avanzas a un apartamento aún carente de historia.

Al llevar los auriculares del MP4 a tus orejas, el dial pasa de puntilla por varias radio fórmulas que repiten el mismo repertorio de la mañana a la noche. Hartazgo musical. Entonces, y cuando piensas en desistir con el dedo gordo de tu mano sobre el botón de OFF, unos acordes familiares se componen en tus oídos como diciendo:”Espera un momento, puede que ni siquiera a estas horas sea demasiado tarde”.

La sensación es equívoca porque cuando sales de trabajar, sea cual sea la hora, siempre es demasiado tarde, más aún si los números del móvil señalan las 03.10 horas en ese momento. Al pararte y ajustar el volumen de los cascos, identificas que a tus oídos llega As Time Goes By y aminoras el ritmo, ya que canciones como ésta son para escucharlas en compañía… O en la pausada soledad de un paseo trasnochado.

Quizás no estés en Gran Vía ni en las Ramblas, pero la calle por donde transitas se hace eterna mientras suena la canción. El suelo que pisas bien podría ser el acceso a un aeródromo de Casablanca, ese tipo de lugares donde los adioses son puñales cortos pero precisos a modo de epigramas.

 La versión, que te hace caminar ciego, sordo y mudo por las calles de la ciudad, no es aquella gloriosa de Frank Sinatra, sino otra más cercana a la que en 1931 cantó por primera vez Frances Williams. La voz del interprete suena rota pero, a la vez, está llena de vida. Raspa en los oídos provocando el mismo placer que la realidad de un cuerpo a cuerpo sin límites, ni tiempo ni contexto.

 Ajustas la gabardina a tu silueta como si fuera una sombra, tapas con las solapas tanta cara como puedes y te paras delante de un bar mientras el espejo de la puerta devuelve una copia de tu rostro. Repites tres veces la misma frase:”Ilsa no volverá”.

El tiempo pasa pero Ilsa no volverá. Dentro de ese mismo bar que ahora permanece cerrado, repusisteis fuerzas algunos años atrás después de una noche que sólo tuvo fin cuando salió el sol.

 Ilsa no volverá. Nunca estaréis juntos otra vez en esta ciudad. Nada volverá a ser como entonces, cuando te acompañó a por aquel pasaporte con el que podrías cumplir tus ansias de viajar. Aquel fue el principio del fin. Huiste cuando no tenías por qué huir. La dejaste sola cuestionándose el por qué de todo y, al final, escogió el último confín del mundo con tal de no tener que ver tu cara aparecer y desaparecer como un truco de magia pesado y sin gracia.

 Esta noche hace el mismo frío artrítico que en aquella festividad de diciembre cuando te advirtió:”Si algún día nos hacemos daño, no volverás a verme nunca más, así me tenga que esconder en el último rincón del mundo”.

 As time goes by… Le escribes esto porque sigue siendo tu manera de decirle que aún la echas de menos.

Cuando hace frío, cuando estás solo, cuando la noche afloja y la vida aprieta. En tantas circunstancias, incluso en otras en las que te olvidas de ella totalmente… Mucho, poco, siempre, nunca o a veces, lo cierto es que todavía la echas de menos.

Le escribes. Un relato más. Otro poemas. Quizás un cuento… Como al principio, como antes, como después, quizás como siempre. Sólo que ahora le escribes porque sabes que estas líneas no las leerá jamás. Y el folio en blanco no es una esperanza, ni siquiera un interlocutor, es tan sólo un depositario de tu bulimia sentimental. Atracones, propósitos de enmienda y vuelta a empezar.

As time goes bye… Cada letra de esta carta no es ni más ni menos que la sangre derramada de esos libros apilados al fondo del desván que nunca volviste a leer. Palabras arrumbadas junto a más palabras viejas y gastadas.

Letanías depositadas en ese apartado incontable de las cosas nunca dichas, de otras tantas nunca hechas. De todas esas cosas entre tú y ella que nunca cogieron vuelo, qué no aprendieron a caminar o que, simplemente, se estrellaron de bruces contra el suelo.

 Llegas a casa hipotérmico perdido. Te dices a ti mismo que ya te preocuparás del futuro cuando sea presente y que es mejor pensar que el pasado nunca existió.

 Ahora tienes la piel tersa a causa del frío, la sientes más joven, pero el espíritu te pesa como si fueras viejo y estuviera carcomido.

Repites una y otra vez el mismo susurro hueco:”No volverá a suceder”, como si quisieras quitarte un vicio… Y como si fueras enfermo crónico de un hábito destructivo añades: ”Esto no puede seguir así”.

… Y, mientras tanto, la vida se va de la misma manera que se componen los acordes en la canción de media noche que siempre tocaba al piano el bueno de Sam. Aquella canción que no sólo nació y sonó en la Casablanca de Rick Blaine, sino que acompaña a todo aquel que es incapaz de hacer planes más allá de su siguiente despertar…

 No matter what the future brings, as time goes by…

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