10 DE MARZO DE 2004

Publicado: 15 junio, 2011 en Uncategorized

Aquella noche, un dios del periodismo puso sus pies en el suelo de Madrid. Era alto, de casi metro y noventa centímetros, huesudo y, tiempo atrás, debió de ser muy delgado. Vestía un traje negro, camisa negra y zapatos negros. Un bigote negro, poblado y ancho, adornaba su cara y pese al riesgo de parecer un pájaro de mal agüero, resplandecía mediante la oscuridad de su vestimenta.

Delante de él, en aquella sala del Círculo de Bella Artes, se amontonaba una jauría de pelotas, periodistas sin mayor interés y estudiantes ávidos de escuchar la voz mesiánica de messie Ramonet, el padre de ATTAC, el primero que puso voz y criterio a lo que muchos años después mutaría adulterado en eso tan alterna-cool llamado antiglobalización.
Durante la conferencia, él y su grupo de colaboradores en Le Monde Diplomatique, hablaron de mil cosas a las que presté una atención intermitente. Mientras las mentes preclaras citaban a otras mentes preclaras como base ideológica de sus alocuciones, yo la miraba de soslayo recordando la última vez que habíamos hecho el amor, apenas una hora antes.

“No llegamos”, me dijo mientras nos vestíamos a la carrera camino del Círculo. “No llegamos”, volví a repetir yo a la vez que nos precipitamos a las calles de una ciudad donde llovía con rabia, dónde llovió con ahínco durante todo el invierno… Como si de una premonición se tratase.

Los meses que comprendieron esa estación del 2003 me parecieron toda una vida y los viví atrincherado en su habitación de pintores bohemios y músicas desconocidas. A pesar de experimentar la incapacidad de matar los fantasmas del pasado, en aquellos meses de viento, frío y agua, amé a través de mi piel como nunca antes había amado. Días de colmillos, botellas vacías, humos prohibidos y desmanes ordenados. Pude comprobar como el amor y el sexo es un binomio entremezclado, casi indisoluble.

Al salir a la calle camino de la conferencia, ella se aproximó a mi cuerpo aterida de frío. Apenas le había dado tiempo a cubrir su tersa piel con una sudadera escotada y un pantalón vaquero. Mientras íbamos al encuentro del dios gallego del periodismo francés, con el mesías global del movimiento antiglobalización, abrí mi abrigo y ella casi se metió dentro. Amparado su cuerpo por mi cuerpo, me dijo:“Estás muy calentito” y nuestros ojos se encontraron con irrefrenables ganas de volver a la habitación que existió durante aquel invierno a modo de oasis y redención.

Llegamos al Círculo de Bellas Artes a dos minutos de que comenzara el acto. En la puerta, el hombre de negro se bajaba de un coche negro. Messie Ramonet y todo su equipo de intelectuales inequívocos ya estaban entre nosotros. Como si de un Jesucristo cualquiera se tratase, pisó la escalinata del edificio con el aura y la distancia de quien se sabe observado. “Soy Ignacio Ramonet”, le faltó decir. Pero todos allí sabíamos quien era y él sabía que lo sabíamos.

Durante la charla no presté mucha atención. Mientras ellos hablaban yo la miraba. Recorrida su cuerpo vestido con visión de desnudez. Había aprendido cada recoveco de aquella mujer como el abecedario de un nuevo idioma. “No puedo concentrarme si me miras así”, me decía con sus ojos plegados en forma de media luna.

De repente, y absorto en mi idilio de fantasía, una frase restalló en mi tímpano como la ráfaga de un proyectil:”Un día, se levantarán y las puertas de sus casas estarán teñidas de sangre”, dijo el experto en política internacional de messie Ramonet.

Al termino de la conferencia, visitamos un par de salas del Círculo de Bellas Artes y quince minutos más tardes, nos fuimos caminando Gran Vía arriba, los dos callados. “Un día, se despertarán y la puerta de sus casas estarán teñidas de sangre”, esa frase martilleaba mi cabeza una y otra vez.

Abrazados y en silencio, recorrimos toda la calle hasta la Plaza de Callao. Esa noche no volvimos a su casa de Atocha. “He quedado para cenar, no dormiré en casa”, me dijo. “Está bien, yo también he quedado, dormiré en mi casa”. Y así, con una despedida sin más, cerramos nuestro año a través de un beso en los labios. Beso rápido y cierto como las cosas que estás seguro de volver a repetir.

Mis ojos se despidieron de sus ojos cuando cogió un taxi al otro lado de la calle. Antes de entrar en el metro, me di cuenta de que había dejado de llover. Creo que fue el invierno de mi vida en el que más llovió. Al menos, fue el invierno de mi vida en el que más me guarecí de la lluvia en aquella habitación de pintores bohemios, botellas vacías, humos prohibidos y desmanes controlados.

Aquella noche, antes de dormir, volví recordar la frase del conferenciante: “Un día, se despertarán y la puerta de sus casas estarán teñidas de sangre”. Cerré los ojos como quien arranca una página de su diario. Debía descansar. Al día siguiente, 11 de marzo de 2004, tenía un examen.

 

Epílogo

El incesante sonido del teléfono fijo de mi piso me sacó de la cama. Mi primo había dejado abierta la ventana de su habitación y pude comprobar como en el norte de Madrid había nevado tímidamente. Al otro lado del teléfono, una voz sobresaltada, a la que le costaba hablar, me decía con insistencia:”No salgas de casa por favor— No salgas—Hoy no vayas a la universidad— No vayas al centro— Creo que son cuatro y cinco muertos— Un atentado—”

Cuando puse la televisión, saltó automáticamente la cadena regional. Pude ver las primeras imágenes de un amasijo de hierro retorcido sobre las vías del tren… Y pocos minutos después, el caos. Gente que buscaba a gente que no aparecía. Gente que te creía desaparecido. Gente que jamás contestó a tu llamada… La red telefónica se vino abajo y después, el silencio. Un silencio que se contagió por toda la ciudad. Los bares en silencio. Las calles en silencio. Los vagones del metro en silencio. Un silencio estruendoso nunca escuchado en Madrid, un silencio que apolillaba los corazones, rasgaba las pupilas y te quitaba a mordiscos parte de tu propia vida.

Horas más tarde, llegaron las primeras cifras oficiales que arrojaban muertos sobre muertos a la velocidad de la luz. Aquella mañana del 11 de marzo de 2004, 191 personas perdieron su vida en cuatro trenes que tenían como destino la estación de Atocha. 1.858 resultaron heridas en el mayor atentado terrorista de la historia de Europa.

Aquel día, todos los que vivíamos en Madrid perdimos algo o a alguien, en el momento o momentos después, a consecuencia del desastre. Una parte de todos nosotros feneció aquella mañana en la que la gente dejó sus trabajos para donar sangre. En la que los ejecutivos abandonaron sus coches oficiales para llegar a pie a los puestos de la Cruz Roja, allí mismo dónde los mendigos daban conversación a personas que, desesperadas, esperaban alguna información sobre los familiares que no contestaban al teléfono.

La ciudad volvió a nacer tras aquel 11 de marzo de 2004: más vieja, más ajada y con menos ganas de hablar. Ninguno de los allí presentes volvimos a ser los mismos y la luz de vida deslumbrante que me acompañó en aquel invierno de lluvia se apagó de súbito. No obstante, y desde aquel día en el que “despertamos y las puertas de nuestras casas estaban teñidas de sangre”, un vínculo invisible y sólido me une y me unirá siempre a Madrid. Un vínculo que nació con estigmas de muerte y destrucción pero que, sin embargo, propició que me enamorara para siempre de esa ciudad.

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