El flaco del bombín famélico (O como hablar de Madrid sin morir en el intento)

Publicado: 21 enero, 2011 en Uncategorized
Joaquín Sabina es la voz de Madrid, la ciudad que habla cuando calla. La urbe de las discotecas de moda y las poses de revista. Lugar donde los yonkis tropiezan con su sombra en barrios equivocados. Donde dos hombres sueñan con su libertad abrazados en un cajero automático. Pongamos que hablo de Madrid, donde Sabina es voyeur de los desastres.

 

 

 

Por Manuel Bravo Pérez.

Era hijo de comisario el flaco andaluz que se hizo juglar de Madrid. Era alto como el Monte Calvario. Delgado como los parados de la crisis. Febril como las cosas que nunca se atreve uno de a decir.

Ha vivido como para emborrachar 40 biografías. A lo largo de su vida, ha sido noctámbulo en Rota, fugitivo en Londres y Romeo en Lérida.

Durante años, Sabina fue letra y música de Bilbao a Tribunal; parada obligada en La Vía Láctea. Sabina, eterno como un tango Gardel, ahora es todas esas cosas y también recurso de snob y banda sonora de cenas canallas en las que los pijos disfrutan tanto o más que aquellos fieles y devotos de Santa Malasaña.

A sus 60 inviernos, Don Joaquín sigue siendo francotirador certero en el corazón de la calle. Dicen que ha hecho rock and roll, dicen que hace canciones costumbristas… poesía, relato, glosas marianas y hasta se rumorea que ha escrito en una revista con señoras al aire, señoras de almanaque en los antiguos talleres.

Durante toda su carrera ha publicado 14 discos de estudio, cuatro en directo y tres recopilatorios. Resumir la discografía de Sabina es como contar las vidas de un gato.

El gato sin gata. El gato que se escapó del hades tras un mal día del año 2001. Regresó cuatro años más tarde, irreverente y mentándole la madre a la muerte: Alivio de Luto fue su último disco de estudio allá por el 2005.

Muchos años antes de esto, concretamente el 1980, nació la canción que nos ocupa. Era el segundo trabajo de Joaquín y en aquel LP, pegadita a “Pongamos que hablo de Madrid” iba otra canción llamada “Calle Melancolía”. Ninguna de las dos, apenas, son recordadas ahora. Bendito aquel disco Malas Compañías.

Ha escrito hasta el cansancio. Se ha pegado con su Enemigo Íntimo, Fito Páez, con el que también tuvo un disco. Fue recibido por Fidel, ese señor de Cuba; incluso, algunas veces, fue bastón de apoyo para los maestros José Hierro y Ángel González.

Hace mucho ya que a Madrid le salió un cronista sin convocar oposiciones. Sin horarios ni sueldo establecido. Algunos lo siguieron después, aquel ángel llamado Antonio Flores, también Antonio Vega, el inmortal Enrique Urquijo… pero nadie vivió y resistió Madrid como lo hizo el onubense de corazón metropolitano.

19 días y 500 noches en una ciudad que no pone las cosas fáciles y que Sabina ha domesticado a través de la perseverancia.

Dicen que hizo televisión y radio y coqueteó con la política. Le dieron un premio Ondas y, al mismo tiempo, la SGAE se acordó de él a principios de este siglo. Como un personaje de García Márquez, le dio tiempo a hacer de todo: conoció los sinsabores de Macondo, el peso de la hojarasca, fue progresista en sus ratos libres, coronel sin cartas en el buzón. Algunos dicen que fue comunista, fundó una empresa de discos, también tuvo un par de hijas y las pasó canutas y perdió por un instante la chispa de la vida. Siempre fue lo que quiso y, a veces, lo que pudo pero, sobre todo, fue Joaquín Sabina.

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