El hombre que dijo NO a Felipe II

Publicado: 19 enero, 2011 en Uncategorized

Aquí ya no queda nadie. Ni estudiantes, ni profesores, ni olor de páginas volando, ni sudor de tinteros estresados.

Mi maleta es un cuerpo hermético envasado al silencio. Mi mano derecha gira dos veces la llave en la cerradura de la puerta.

El barco tiene izadas las velas y el capitán espera a que se incorpore el último de sus pasajeros, este joven Ulises que sueña despierto.

Desde tiempos inmemorables, el viajero es un ser complejo que resume toda su vida en idas y venidas. Un ladrón de lugares, cuatrero de historias que hurta en cada puerto y a cada nave.

El barco está a punto de partir; no obstante, no me quiero despedir de ustedes sin contarles la última historia.

Habla de aquel que no quiso para sí ni laureles, ni fama. Habla de quién, una vez, fue tan grande que se retiro a vivir de espaldas a su propia grandeza.

Empieza así…

Felipe II pasó a la historia como “El Rey Prudente”; no puede concebirse de otra manera el carácter de una persona que, con tan sólo 16 años, ya era el jefe en potencia del mayor imperio que haya existido en la historia de la humanidad.

Bisnieto de los Reyes Católicos e hijo del emperador Carlos I, la historia de Felipe II de Habsburgo es la historia de toda una estirpe. Aquella que llevó a España a su época más esplendorosa.

Durante su mandato, el imperio se extendió hacia las Indias y el Pacífico. Además, consiguió la unificación de la Península al ser coronado rey de Portugal y su imperio en 1580.

Por las tierras de aquel coloso militar, naval y cultural pisaron conspicuas personalidades como Miguel de Cervantes, Quevedo o Góngora.

No obstante, en aquel ambiente de bonaza y gloria hubo un escollo que hizo sangrar humana y económicamente a Felipe II, las tierras del norte.

En 1555, su padre decide renunciar a los territorios de Flandes en favor de él. Los Países Bajos veían al monarca español como un rey lejano y extranjero y muy pronto, aquella zona, se convirtió en un constante campo de batalla. Circunstancia que aprovecharían desde Francia e Inglaterra para apoyar a los rebeldes flamencos y así debilitar a la Corona española.

Felipe II, creyente fervoroso y hombre culto, necesitaba un consejero que le ayudara a pensar con más claridad, un nexo de unión entre la reflexión y la acción.

El emperador encontró en Benito Arias Montano a su hombre de confianza. Hijo de Fregenal, el eminente políglota y hebraísta fue nombrado capellán y confesor del monarca en 1566. Sólo dos años después, Felipe II le pidió a Montano que viajara al norte del imperio, a la ciudad de Amberes, para supervisar el proceso de elaboración de la Biblia Regia, una nueva Biblia Políglota.

La elaboración de la misma se llevó a cabo en los talleres de Christopher Plantino, extraordinario impresor de la ciudad que tuvo trabajando en su taller, entre otros, al mismísimo Pedro Pablo Rubens.

Desde el principio, la colaboración y amistad entre Plantino y Arias Montano fue óptima.

En el año 1572, los ocho volúmenes de la nueva Biblia Políglota vieron la luz e inmediatamente, el traductor frexnense viajó a Roma para conseguir la bendición del Papa. Tras obtenerla, volvió a Amberes, donde permaneció hasta 1575.

Para su desgracia, el Tribunal de la Inquisición lo acusó de hereje por su trabajo en la Biblia Regia.

El objetivo fundamental de esta Biblia era emular a la Políglota Complutense que había impulsado décadas antes el Cardenal Cisneros.

No obstante, fue mucho más allá e introdujo en sus textos importantes innovaciones como el Nuevo Testamento en caracteres siríacos y hebreos, además de incluir la traducción latina de Sanctes Pagnino que se añadía a la Vulgata latina. La denuncia de la Inquisición se basaba en lo que ellos consideraban un ataque a la Vulgata y un rabinismo excesivo. Gracias al apoyo de Felipe II, tanto Arias Montano como la Biblia Políglota de Amberes salieron indemnes del ataque.

La labor de Arias Montano en Flandes, y concretamente en Amberes, fue mucho más allá de la concerniente a temas culturales y religiosos.

Felipe II lo nombró informador y consejero de los asuntos flamencos y, de esta manera, regresó allí para defender una política respetuosa y conciliadora con las personas de distinto signo e ideología.

 El humanista, contrariado por la política sanguinaria del Duque de Alba, recomendó el cambio de gobernador en la zona y así, el emperador nombró a Luís de Requesens como nuevo responsable de los Países Bajos.

Las ordenes que Felipe II dio al nuevo gobernador fueron claras: “seguir estrechamente los consejos de Arias Montano”.

En su época, por estas tierras que ahora pisan mis pies, Benito Arias Montano, el hijo frexnense por excelencia, demostró su enorme capacidad humanística no sólo en la teoría sino también en la práctica.

Quizás, por ser poseedor de una metafísica tan especial, el resto de su vida no se entiende sin su paso por la actual Bélgica.

Amenazado por el Tribunal, cuestionado por sus propios compatriotas y atenuado por amenazas veladas, el intelectual se abrazó, en Amberes, a los círculos de la secta “Familia del Amor”, que, encabezada por el editor Plantino, proclamaba un rechazo a los cargos públicos y a cualquier religión organizada; además, enaltecía la intimidad personal y la libertad.

De ahí que, el sabio, se ofuscara en un retiro sin paliativos, en una vida alejada del mundanal ruido en la Peña de Aracena.

Su hastío vital por la constante intriga política en El Escorial y su renuncia a un obispado hicieron, de aquel hombre fundamental para el Imperio, un anciano ermitaño.

Quizás, para una persona que buscaba la excelencia a través de conocimiento y el estudio, aquel fue el periodo más feliz de su vida. Rodeado de tranquilidad y absorto en la quietud de sus pensamientos.

No obstante, para los libros de historia, queda la figura de un gigante intelectual que configuró el pensamiento del imperio más extenso que ha existido.

Por eso, después de salir del Museo Plantino-Moretus, es imposible no cerrar los ojos e intentar evocar una de aquellas jornadas inacabables en las que, el impresor y el humanista, trabajaron codo con codo para elaborar las páginas esenciales de toda una civilización. En este mismo suelo, en donde ahora se apoyan mis pies, pisó nuestro más ilustre paisano hace 439 años. Así lo recuerda un retrato suyo en una de la estancias del edificio.

Por las huellas que él dejó se han gastados las mías y ya no voy a pisar más porque regreso de donde vine para volver a partir hacia otro lugar.

Se acabó la aventura, al menos, esta aventura; ya que mientras existan los libros, sólo habrá que ir desnudando página a página para no dejar de viajar jamás.

Desde el número 32 de la calle Rodestrat, hasta siempre.

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