EL CEMENTERIO DE LOS LIBROS PERDIDOS

Publicado: 14 enero, 2011 en Uncategorized

Tras cinco minutos de bajada, el montacargas paró súbitamente. A medida que el ascensor descendía, Ulises Adsuara y su guía se habían aproximado al corazón mismo de la tierra. Ambos en silencio, mimetizados en la quietud de aquel lugar.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron como una sonrisa, Ulises y su acompañante accedieron al interior de una sala dónde había otro mundo y otra vida distinta y paralela a la que se vivía en la superficie.

Adsuara, cuyo barco estaba varado en el puerto del río Escalda, buscaba tres libros para proseguir con sus estudios acerca de la novela de testimonio mexicana, centrada en la autora Elena Poniatowska.

Durante los tres últimos días había buscado incansablemente en los archivos informáticos de la Universidad de Amberes. Los mismos días que llevaba en la ciudad flamenca.

A partir de la búsqueda de aquellos libros se puso en contacto con algunas personas del lugar. Sabía que allí podrían encontrar lo que buscaba porque el archivo suramericano que poseían era extraordinario. Ideal para cerrar un estudio que lo ocupaba desde hacia años: La novela del dictador. Género cuyo auge culminó con novelas como Yo, el supremo, del escritor Roa Bastos; El discurso del método, del maestro Alejo Carpentier; o El otoño del patriarca, del colombiano Gabriel García Márquez.

Con la ayuda del ordenador, consiguió el préstamo de cuatro libros en una de las bibliotecas de la universidad, pero aún le faltaban tres, todos basados en la figura de Poniatowska.

Las referencias que encontró en el archivo informático lo guiaba hacia el edificio principal de la Universidad de Amberes, en la calle Prinstraat, donde en aquella época estaba la biblioteca más grande de la facultad de Letras Hispánicas.

Esa calle era un tránsito constante de bicicletas, recorrida por una marabunta de estudiantes desde la primera hora de la mañana y hasta las últimas horas de la noche.

Ulises había encontrado una pensión barata muy cerca de allí. Quizás no fuera el palacio del sultán de Brunei pero tenía todo lo imprescindible para esperar hasta que repararan su barco.

Muy cerca de Prinstraat estaba la plaza de Ossen Mark. Conocida en la ciudad como ’La plaza de los españoles’. Allí se reunían comerciantes, bohoneros, videntes, echadoras de cartas, prostitutas y universitarios. Todo mezclados, todos inmersos en la vida y su transcurso desordenado de horas y días. Todos ellos con el español como idioma y nexo común.

La primera mañana que Ulises anduvo por allí, el viento era un látigo enfurecido que fustigaba su rostro. Entró en el edificio en busca de los libros que le faltaban. Durante 50 minutos, escrutó las estanterías de la segunda planta de la biblioteca pero fue en vano. Cada vez que se aproximaba a la signatura del libro, el rastro desaparecía como embadurnados de polvo por el olvido de los años y la despreocupación de los bibliotecarios. Búsqueda tras búsqueda siempre sucedía lo mismo, como si después del 1,2,3… La secuencia saltara directamente al 8,9 y 10.

Ante aquel extraño fenómeno, Ulises preguntó en administración y allí le dijeron que se había equivocado de edificio. En una calle anexa, estaba la otra sede de Estudios Hispánicos. Cuando llegó allí, un hombre colgado de una barba al más puro estilo Ramón del Valle Inclán atendía a los alumnos en el recibidor. A su lado, una mujer tan pequeña como un habitante de la Tierra Media vestía un austero traje gris marengo y su cabello, recogido en una coleta que le llegaba hasta la cintura, le plateaba la cabeza.

La mujer en cuestión parecía una indígena maya, con sus ojos rasgados en posición de media luna hacia abajo y protegidos por los cristales más gruesos que había visto en mi vida; llevaba gafas de otro tiempo, de otro siglo, de uno anterior al XX. Ambos atendieron al marinero con una amabilidad tan diligente que parecía norma.

La mujer resultó Coordinadora del Seminario Mexicano y Chicano y le aseguró que esos libros existían y que estaban en el edificio del que Adsuara acababa de venir.

La mediana de México le reveló que no los tenían a la vista por una cuestión de falta de espacio y porque, además, algunos de ellos eran ejemplares únicos y formaban parte de una colección importante.

 Adsuara le explicó que eran volúmenes fundamentales para su investigación y que, aunque tuviera que dejar algo en depósito, quería llevárselos durante un tiempo para poder estudiarlos con tranquilidad.

Tras una pausa a modo de interrogante, la mujer citó al joven en el recibidor de primer edificio y allí regresó Ulises. Todo aquello era un poco extraño: libros que se pueden coger pero que no están a la vista del visitante… ¿Y si no están allí? ¿Dónde están?

Después de 15 minutos llegó aquella mujer de otro siglo y con sus pasos cortos subidos en un constante y aparente traspiés, guió a Ulises hasta el destino. Subidos a un montacargas, recorrieron, durante algo más de cinco minutos, las venas subterráneas de la calle Prinstraat. Pararon de golpe.

Ante sus ojos, se compuso un mundo paralelo que en la superficie era inimaginable. Cuando las puertas del montacargas se abrieron, aquel universo distinto, particular, mágico, desarrollaba su existencia como ajeno a cualquier tipo de vida que no fuera la de allí. En la entrañas de Amberes tenía sede el Cementerio de los Libros Perdidos.

Ulises Adsuara siguió a la mujer con aspecto de indígena maya. En el interior de la estancia, unos ancianos centenarios empujaban carros enormes con más de 50 libros por carro. Todos aquellos ancianos tenían una característica particular y común a todos ellos: rostros jóvenes pero surcados por profundas arrugas, como si llevaran allí otra vida más a parte de la que les hubiera tocado vivir en la superficie. Como si sus caras se hubieran mimetizado con las páginas de los libros y en ellas estuvieran escritas el paso incesante de las décadas y, aún así, poseyeran la juventud propia de las personas que viven dentro de sus propios sueños.

En las paredes, de un blanco fluorescente mortecino, colgaba un silencio casi espectral; roto, tan solo, por el coleteo de las páginas al chocar contra sus pastas.

Los dos visitantes siguieron por un pasillo hasta que pararon delante una pared metálica de fulgurante azul luctuoso, la única de ese color que había en toda aquel subterráneo. Tan sólo una pared. Ni rastro de los libros que el viajero buscaba.

La mujer giró la cabeza y le pidió a Ulises que repitiera la clave de búsqueda que tenían asignados los libros. Cuando terminó de recitarlas, la guía tecleó la secuencia en una placa electrónica que había insertada en la pared azul. De repente, la pared comenzó a dividirse en muchas partes. Su apariencia megalítica y compacta escondía en realidad una estructura secreta formada por pasillos infinitos repletos de libro, todos ellos plegados entre sí.

Cuando la pared se desperezó totalmente, mostró una estructura interna dividida en baldas repletas de libros desde el suelo hasta el techo. Aquel almacén tenía la vida plegada en sus paredes. La vida eran los libros; dispuestos a que cualquiera que los necesitara realmente hiciera el esfuerzo por dar con ellos.

La mujer entregó los libros al marinero y éste le cedió como depósitos unos viejos Mapas del Tesoro procedenteS de una isla antigua ya sepulta por el olvido y las aguas. Ulises pidió una cosa más: durante unos minutos quería permanecer en silencio en aquel inframundo repleto de quietud y sabiduría.

Tras ese instante, subió al mundo irreal de todos los días. Mientras caminaba hacia la pensión, recordó aquellas mañanas en las que el sol proyectaba su cara en el espejo de las paredes encaladas, lugar donde nació. Recordó los días de fin de semana cuando iba a comprar el periódico para su padre y en ese momento, tras la visión extraordinaria de un mundo escondido y con el recuerdo de la niñez, se sintió feliz.

Cuando llegó a la habitación, comenzó su trabajo de lecturas y anotaciones. Un nuevo viaje después del viaje que acaba de comenzar. Le gustaba estar en el camino a cada instante. Era la vida que Ulises vivía, la que quería vivir y eso le hacía sentirse bien.

Durante aquellos meses, encontró un nuevo mundo al que huir en el vientre de Amberes. El Cementerio de los Libros perdidos se escondía allí para ser descubierto.

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