ESE CD AZUL (Último relato de 2009)

Publicado: 12 enero, 2011 en Uncategorized
Si quieres pasar la página de un cuaderno pero hay viento, nunca terminas de hacerlo con tranquilidad. A la más mínima oleada, el cuaderno pierde su rumbo y se abre por donde le place. No se pueden pasar las cosas mediante una voluntad aleatoria y floja. La única manera es que quieras de verdad.

Debes de buscar un sitio resguardado. Un lugar solitario e incluso, sombrío- O plúmbeo- donde no corra ni la más leve brisa. Entonces, a solas con el monstruo que llevas dentro, a solas con todo lo que te aterroriza, a solas con el pasado, a solas… Das media vuelta a la página y la dejas por la cara en blanco. La que tiene toda la tinta por derramar. La que, de tan nueva, nos es aún ni futuro.

En la mayoría de las ocasiones, es difícil. No es sólo que quieras, sino que además, te acompañe la suerte, que haya alguna techumbre cerca… Siempre necesitamos de ese algo invisible que se alíe con nosotros para lograr lo que nos proponemos.

Esa energía invisible, esa fuerza demiurga no da tregua sino está expresamente por la labor. Por ejemplo, hace dos o tres días, cuando abriste la bandeja de tu correo electrónico… Allí había un correo extraño que iba encabezado por el más pretérito pasado: Su nombre corto partido en tres sílabas y coronado en hiato. Ese nombre tan suyo junto a su apellido favorito… Llegó… Y sólo el mero hecho ha servido para desbaratarte la cabeza durante unos cuantos días seguidos. Dos noches durmiendo poco y mal y soñando, tanto que te levantabas con resaca, como si te hubieras bebido dos botellas enteras de ginebra por velada.

Maldito nombre y maldita nostalgia. Puedes hacer de hierro tu voluntad cuando estás despierto pero… ¿Cómo cojones le pones cerco a los sueños?

Y lo peor es que el puto correo en sí mismo, no era nada. Eso es lo peor. Lo que más te asfixia. Lo abres con el corazón sobresaltado, como si diera pequeños saltitos de inquietud, de pavor… Y cuando lo abres es un reenvío… Como queriendo decir:”Eh, gilipollas… Soy yo, que lo sepas, pero aquí no hay nada… Ahhhhhhh!!!”.

Quizás lo haya hecho queriendo… Pero eso qué más da… Decidisteis borraros de aquello que fue presente y que ahora es muy pasado. Decidisteis maldecir a todo aquello que os amó mientras os amasteis… Aunque aún, ambos enfermos de la misma enfermedad, fantaseéis con un cruce en cualquier calle. Un encuentro fortuito en un sitio sin más donde todo parezca sin querer.

En ocasiones, eso pasa. Encuentros, casualidades que de tan improvisadas e inverosímiles parecen si querer. Y sino… ¿Cómo se explica lo que te pasó el otro día en la televisión local? Llegaste al edificio. Delante de ti, la explanada lúgubre donde ella te esperaba siempre en compañía de su sonrisa inmensa.

La explanada donde no hacían falta las farolas de tan iluminada como estaba por el fulgor que sobre el suelo desprendían aquellas inmensas estrellas de pueblo. La explanada donde en cada noche de verano ella sólo tenía una frase:”¿Te ha salido bien?” Y cuando respondías que si, te daba la mano y te decía, con un guiño mitad burlón, mitad cómplice:”Algún día serás importante…”.

Aquella explanada donde te enseñó todo lo que no sabías entonces. Aquella explanada en la que perdiste tu vocación de historiador para entregarte al periodismo:”Estudiaré algo que me permita estar fuera… Algo que siempre me permita estar contigo… Estudiaré periodismo e intentaré ser el mejor para que jamás dejes de saber quién soy… Y cada vez que me veas o me escuches o me leas… Sabrás que te quiero”. Pero eso fue entonces… Hace tanto tiempo que ahora parece mentira.

Y sin embargo, acudes a la llamada de la televisión local que te dio tantas oportunidades. Que te puso delante de una cámara cuando una melena color melaza descansaba sobre tus hombros. Cuando tenías la cara tan marcada que apenas tenías carne. Cuando aún creías que la vida era cuestión de ideales y que a partir de ahí podrías conseguir lo que quisieses.

Y vuelves a ese edificio al que no has querido regresar durante mucho tiempo. Pasas por la explanada como con prisas, pisas de puntilla los charcos que parchean el suelo y no hay atisbo del brillo de las estrellas que lustraban sus cabellos en aquella época. No lo hay porque esa luz es propia de las noches propicias y esas noches ya no están en tu pueblo.

Te adentras en el edificio desvencijado. Tienes dos entrevistas en directo como menú de la tarde. No sientes nervio alguno. A excepción de tu voracidad para con los libros, no tienes mucho que ver con aquel muchacho tímido que se puso delante de una lente por primera vez con 16 años. Tanto tiempo después, ya no hay atisbo de nerviosismo ni en tus preguntas ni en tus palabras. Ahora, tan sólo hay sólo una precisión obsesiva que busca a toda costa la perfección.

Haces tus entrevistas. Te felicitan. Te suelen felicitar por tu trabajo en casi todos los sitios, incluso cuando están a punto de darte una puñalada trapera. Al menos, estas felicitaciones son sinceras porque ellos te conocieron a tu edad sincera, a tu edad inocente, cuando tenías un corazón rojísimo que no podía querer más. Y te dicen:”Cada vez lo haces mejor… Serás grande”.

Y tú sabes que eso son brindis al sol porque, desgraciadamente, ninguno de ellos puede hacerte grande en la profesión. Aunque si pueden hacerte sentir mejor y en eso son buenos, muy buenos.

Te conocen de toda la vida, están orgullosos de que comenzaras allí con 16 años y de que ahora vuelvas con las cosas más o menos claras y haciéndolo medio bien… Parte del mérito lo tienen ellos, eso desde luego y tú se lo haces saber.

De repente, unos ojos que parecen pedirte un favor; pero que tan sólo te piden emoción; unos ojos que mezclan la curiosidad con el temor, unos ojos que te van a ofrecer algo que intuyen que no deben de ofrecerte, unos ojos que no tienen más remedio que hacerlo- Y ahí toma sentido el tema del cuaderno y la precisión al pasar las hojas- Esos ojos te dicen: “Perdona… Esto… Hace tiempo, nos encontramos aquí un CD y a la chica de la portada… Bueno… La vimos mucho contigo… Pensamos que el CD era tuyo…”
Y si, es tuyo. Ese CD que tuviste la fortuna de perder resulta que no estaba perdido. Estás aturdido al recogerlo. No sabías ni cómo ni por qué lo habías perdido pero la única certeza ahora es que tus dedos lo tienen agarrado… Y resulta que en algún momento de hace mucho tiempo, sin que siquiera puedas recordarlo con precisión, lo llevaste contigo y de puro despistado, lo dejaste allí… Y como buen boomerang, vuelve a modo de hostia para picarte el corazón y los ojos.

Papá Noel no te ha hecho ni puñetero caso con la petición de un trabajo que te tenga 14 horas ocupado y no te deje mucho tiempo para pensar, pero… Eso si, te ha traído de vuelta el CD azul. El puñetero CD que hace que la hoja limpia se vuelva a emborronar con tinta de ayer.

Ella misma lo fabricó. Edición limitada. Cogió la carcasa de un disco cualquiera y lo decoró a su gusto. Tanto en la parte delantera como en la trasera, puso sendas fotos suyas de cara y de espalda… Sus largos mechones negros colgando de sus orejas y las dos pecas consecutivas que juntan su esbelto cuello con el principio de una clavícula extraordinariamente blanca, casi tanto como la nieve recién lavada.

“Enhorabuena por la entrevista…”, apenas respondes porque tu tesoro te ha poseído otra vez. Ese CD azul con el fantasma en la portada. La caja con un disco azul que hace que el presente se una con el pasado en el mismo lugar al que no habías vuelto desde hacía mucho, precisamente, por no rememorar todo aquello.

Recompones tu atención, tu presencia y tras las conversaciones de rigor, tras el especial de Navidad, te despides de la gente. Besas a todos. Te citas a una semana vista para una cena. Y minutos después, bajas de nuevo a la explanada donde alguna vez aprendiste todo lo que ahora corre a velocidad de la luz por tu cabeza a modo de recuerdo.

Ya no llueve, el cielo se ha abierto y las estrellas bañan la silueta de los coches que aún permanecen allí. Dentro de la caja, pegada en la pared izquierda según la abres, hay una nota que ya no recordabas y que, no obstante, se compone en tu cabeza sin necesidad de leerla… La miras, la observas, la pronuncias en voz alta para estar seguro de que no estás soñando, de que tanta casualidad no es más que el último intento de que la página no avance. La repites en alto y, suspendida en esa explanada donde fuisteis todo lo que no volveréis a ser jamás, reverbera una frase pequeña y sencilla, inspirada por 20 canciones que cosieron tu cuerpo junto a su cuerpo una y mil veces y que fueron concebidas para los momentos en los que no pudierais estar juntos. Como si de una premonición se tratase…
Mientras tus pasos se componen en retirada, camino de un largo paseo antes de llegar a casa, lejos de estar triste o melancólico, recuerdas el por qué de ser periodista. Y de repente, recuperas la fe perdida en los últimos meses y deseas seguir luchando con fuerza por todo lo que está por venir y, también, por todo aquello que fue y que ya no existe pero que, no obstante, fue lo más grande que jamás has vivido durante mucho tiempo de tu vida.

Te vas a casa y antes de esconder el CD en algún rincón que te permita olvidarlo de nuevo para volver a empezar de cero, lees la frase para coger impulso. Lees la frase para recordar lo mejor que te dio. Lees la frase para amarla, de nuevo y durante un instante, por última vez.

Lees con parsimonia antes de enterrar esa caja. Un estuche donde ella sale como sólo ella es. Besas sus labios y te despides para siempre leyendo aquello que te dedicó hace ya algunos años y que la casualidad ha hecho que se presente ante tus ojos para devolverte la fe en tu particular religión.

Le dices adiós. Besas sus labios, acaricias su cara y repites en alto:”Con este CD queda terminantemente prohibido ponerse triste. Te quiero”.

PD:”Los recuerdos suelen contarte mentiras…” (Joan Manuel Serrat)

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