Alzheimer reserva del 22

Publicado: 12 enero, 2011 en Uncategorized

Una hemorragia interna se llevó las pocas ganas de hablar que le quedaban. Cerró los ojos y se olvidó de quién era. Algunas horas después, cuando volvió en si, pensaba que su madre, compinchada con sus hermanas, la había llevado a un manicomio para dejarla fuera del testamento.

“¿Cómo habéis podido hacerme eso? ¿No os da vergüenza? Mamá, llama al médico. No pienso quedarme cruzada de brazos mientras os lo lleváis todo… Malditas seáis… ¡¡¡Malditas!!!”

Su demencia había comenzado tres años antes, cuando sin apenas capacidad para enlazar un paso con otro, se propuso vivir sola en una casa antigua donde cabían tres familias. La soledad es una excelente compañera de la locura y así pasó… Poco a poco no hubo más realidad en el mundo que la suya y todo giraba en torno a ella y a su divina voluntad. Se convirtió en una reina absolutista en cuyo reinado todos tenían que bailar al son que marcara su apetencia ya que ella creía que tener más años que casi nadie le otorga una especie de bula inagotable.

Vivía en una casa de fachada señorial situada en pleno centro del pueblo. Quizás, alguna vez tuvo escudo familiar… Ahora no era más que un lugar carcomido por los años y las ausencias; inhóspito y viejo, apoyado en estructuras famélicas de otro siglo.

Una casa solariega que una anciana pensionista como ella jamás podría reformar. Empero, no le importaba, pues de puertas para adentro nadie tenía por qué saber con cuánta violencia se instalaba el frío en el tuétano.

“O me desatáis o me tiro de la cama”, mascullaba con una soberbia queda, casi muda a causa de la debilidad inquisitorial de su cuerpo.

“¡Qué me desatéis! ¡Está todo por hacer, la casa está sucia! ¡Nunca me has querido, mamá, pero yo a ti tampoco… Nunca!”

Y así pasó las primeras seis noches hasta que decidieron sedarla ante el riesgo de que le diera un infarto severo. Su demencia había fortalecido los cimientos que daban estabilidad a la compleja arquitectura de su carácter: Soberbia, egoísmo y orgullo.

A sus más de ochenta años, pensaba que su hija, que la cuidaba día y noche de manera incondicional, era su madre. Pensaba que las enfermeras de la unidad de traumatología eran simples ayudantes de un loquero que la tenía allí para que su familia le arrebatara todas sus tierras.

Se estaba muriendo frente a los cristalinos ojos turquesa de su hija, que la miraba con la pena de quien ve partir a cámara lenta a uno de sus seres más queridos. Se estaba muriendo y ni siquiera en esos momentos subyacía en ella la debilidad de los sentimientos. Se estaba muriendo y su voz mitad de aquí mitad de allí, recordaba, como si de una letanía se tratase, sus posesiones, el día de cobro en el banco y el sitio secreto donde estaba guardado “Eso que nunca veréis como no me saquéis de aquí y me llevéis a mi casa”.

Se cayó ocho días antes. Su hija fue a visitarla muy temprano y cuando abrió la puerta la encontró tendida de bruces sobre el suelo: Tenía el húmero destrozado, la pelvis rota y dos hemorragias internas que los médicos no supieron ver a la primera. Una en el hombro y otra en la cadera.

La rotura de sus huesos supuso también la ruptura con el hilo de cordura que la unía a este mundo. Desde entonces, y tras la primera noche en el hospital, despertó siendo una persona que tan sólo supo hablar de dinero, cuentas y tierras. Una anciana asustada y timorata ante la muerte que vio la cara de su madre en el rostro de su hija. Un delirio que no tuvo ningún recuerdo para su marido, fallecido 18 años antes. Ni gesto alguno para con sus hijas, que acudieron desde todos los puntos del país y la velaron día y noche hasta que dejó de maldecir a los locos que la tenían prisionera allí.

Un Alzheimer reserva del 22 se la llevó a toda prisa al mundo de Nunca Jamás. Allí donde los ancianos se vuelven tan egoístas y caprichosos como los niños. El último tránsito antes de afrontar el hecho insoslayable de que estamos aquí de paso.

Algo tan dramático como inabarcable, sobre todo cuando la cabeza se cortocircuita antes que las arterias. Un lienzo en blanco sin ningún trazo de personalidad. La nada hecha tinieblas en una mirada herrática que busca lo que fue en la profundidad de un océano sin agua. Un retrato en sepia sin fecha ni contexto. Un Alzheimer reserva del 22 grabado a puro fuego.

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