NAOKO ALONE

Publicado: 9 enero, 2011 en Uncategorized
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Al igual que a Watanabe, el recuerdo de Naoko sobresaltó a Ulises Adsuara al final de un viaje. Esta vez, no apareció en su pensamiento a causa de una canción de los Beatles, sino por un SMS desde el móvil de Summer:”Acabo de sumergirme en la japohistorieta de Watanabe y Naoko, mil gracias de nuevo por el libro!”

No sucedió en un avión, sino en un autobús. No llegaba a Alemania, sino a una pequeña capital española de provincias. Sin embargo, y de igual manera que en la historia de Murakami, el recuerdo colonizó su cabeza y, en ella, se recompuso lo poco, real o irreal, que quedaba de Naoko.

La última vez que la vio terminó de la misma manera que la primera. Naoko deslizó su mano huesuda por la mejilla de Ulises. La misma cuyo reverso guardaba el secreto de hondas cicatrices de un pasado muy presente. Y al igual que la primera vez, Ulises no pudo soportar el reto de mirase en un espejo que devolvía su propia imagen.

Lo que queda de Naoko apenas se sostiene ya en pie. Tenía la cara redonda, iluminada por dos ojos grandes y expresivos a modo de incandescencia, propios de un muchacha muy alegre en su profunda tristeza.

Los labios, de tan carnosos, parecían una invitación y guardaban una sonrisa capaz de iluminar todo el extra radio de Londres. Y era tan alta como una jugadora profesional de baloncesto. Casi tan alta como el espigado navegante.

Ulises Adsuara la conoció cinco años antes de ese instante en el que volvió a huir. Esa noche del principio, en una fiesta de periodistas en el barrio de Moncloa, enlazaron palabra con palabra desde la primera palabra sin solución de continuidad.

Después, algunos cafés y largos paseos veraniegos que siempre dejaban algo pendiente. Naoko se convertía en calabaza a partir de las 12 de la noche, cuando tenía que entrar en su programa nocturno de la Cadena Ser.

Ulises no jugó limpio. Mientras que sacaba, verso a verso, todo el mundo apesadumbrado y metafísico de Naoko, jugada a Víctor Frankenstein intentando crear el cuento perfecto a costa de Ilsa Ladlow.

El verano pasó y Naoko se quedó atrapada en un quizás que nunca se concretó. A 10 mil kilómetros de distancia, le dijo a Ulises que sería lo que él quisiera que fuera y de tan cerca, casi estuvieron a punto de tocarse a pesar de la distancia. No funcionó y al soplar el viento del norte, Ulises volvió a izar las velas y se perdió en travesías por ninguna parte.

Cuando Ulises volvió, Naoko ya dominaba multitud de registros en una editorial. No quiso saber nada del marinero hasta que un día, después de mucha insistencia por parte de Adsuara, ella le escribió:”Creo que debes de publicar más y experimentar menos. Estoy dispuesta a hacerlo yo”.

Naoko se ofreció a darle luz a todo aquello que se apolillaba en el cajón de doble fondo donde Ulises guardaba las cosas que no le gustaba enseñar. Primero intentó convencerlo de que le dejara sus poemarios. Después, sus cuentos, y finalmente, tiró por una novela corta de la que Ulises no había hablado jamás con nadie. Nada de eso funcionó. Ni siquiera el ofrecimiento de sus labios. Ni siquiera el redentor olor de su piel, que era el perfume de una primavera en el Valle del Jerte.

Fascinada por su propia incapacidad para traspasar la cota de malla en la se envolvía Ulises, Naoko desnudó su adolescencia y le entregó un dossier con más de cien relatos. En ellos, hablaba de una mujer que murió sin laringe a causa del cáncer.

Contaba la penuria de una adolescente que se quedó de hueso presente, ingresada, a cada poco, en centros de atención psiquiátrica. También contaban sueños repletos de bombillas fundidas, camas ensangrentadas a causas de cicatrices que no dejaban de sangrar… Y Ulises nunca se atrevió a preguntar más allá de lo que ya sabía.

Naoko, la dulce y triste Naoko. La chica de los ojos infinitos y la sonrisa en espiral estaba enferma a causa de la ausencia. Quiso ser médica, pero la única que conocía murió demasiado pronto como para animarla. Al no querer hacer nada más allá de leer y escribir, como mal menor, se hizo periodista.

Lo que queda de Naoko en la cabeza de Ulises es la última vez que la vio, en la distancia, mientras ella paseaba por el barrio de San Bernardo. También tiene una tarjeta con el número de su editorial, número que a veces mira como si fuera una suerte de billete de lotería.

Lo último que supo de ella fueron unas críticas literarias que vio publicadas en el ABC. También, que estuvo detenida durante unos días por manifestarse a favor del Sahara en un lugar cuyo nombre no recuerda.

Lo que queda de Naoko es olvido, cariño y cobardía, como en otras tantas ocasiones, como en otras tantas travesías, en las que Ulises Adsuara no supo como gestionar su presente.

Cuando termina de recordarla, y al igual que Watanabe en Tokio Blues, está delante de una explana donde tan sólo hay una vieja cabina de Telefónica. Se dirige hasta allí. Saca un par de monedas de 50 céntimos. Marca una secuencia de nueve dígitos… Al otro lado, la operadora alerta de que el número ya no existe.

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