Cuando Ilsa Ludlow se dio el piro

Publicado: 9 enero, 2011 en Uncategorized
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Hay pocas situaciones de soledad más acusada que la de ser el último mono en una redacción sin teclas hiperactivas cantando su plegaria.

A las 02.40 horas de la madrugada, una persona sola tiene a su alrededor todo un mundo de silencios sin paz. Por la ventana entreabierta se cuela el aire invernal que le da de lleno a los riñones quejumbrosos de las mesas. Los papeles más fugitivos vuelan con la primera ráfaga y las teclas del ordenador se juntan unas con otras ateridas de frío.

A las tres de la mañana, cuando no hay conversaciones ni ruidos externos, pocas cosas pueden escapar a la verdad de cada uno. En la puerta del periódico, el viento afeita la frente como una podadora y el frío actúa de bálsamo contra el sueño. Los sabañones rompen en los oídos y tratas de calarte los guantes de piel hasta los codos aunque no lleguen casi ni a las muñecas.

Atraviesas una autovía que tiene puesto el cartel de NO MOLESTAR, por donde no pasa nadie. Un semáforo te grita: “¿¡Dónde vas con tanta prisa, pringao?!” Y de tan solo, te das cuenta de que molestas al decorado metropolitano, ese que cambia y descambian cada madrugada cuando la gente no tiene nada mejor que hacer que pasar la noche en casa y durmiendo, ese tedio.

La calle se abre como la garganta de un túnel ferroviario: negra y adormilada en pleno éxtasis onírico. Ni te das cuentas de cómo suenan tus pasos concatenados, sólo sientes que avanzas a un apartamento aún carente de historia.

Cuando llevas los auriculares del MP4 a tus orejas, el dial pasa de puntilla por varias radio fórmulas que repiten el mismo repertorio de la mañana a la noche. Hartazgo musical. Entonces, piensas en desistir pero cuando el dedo gordo de tu mano está apunto de pulsar el OFF, unos acordes familiares se componen en tus oídos como diciendo:”Espera un momento, puede que ni siquiera a estas horas sea demasiado tarde”.

La sensación es equívoca, porque cuando sales de trabajar siempre es demasiado tarde, más aún si los números del móvil señalan las 03.10 horas. Al pararte y ajustar el volumen de los cascos, identificas que a tus oídos llega As Time Goes By y aminoras el ritmo, ya que canciones como esta son para escucharlas en compañía… O en la absoluta soledad de un paseo trasnochado.

Quizás no estés en Gran Vía, pero la calle por donde transitas se hace eterna mientras suena la canción. El asfalto que pisas bien podría ser el acceso a un aeródromo de Casablanca donde los adioses fueran puñales a modo de epigramas.

La versión, que te hace caminar ciego, sordo y mudo por las calles de Badajoz, no es aquella gloriosa de Frank Sinatra, sino otra más cercana a la que en 1931 cantó por primera vez Frances Williams. La voz del interprete suena rota pero, a la vez, está llena de vida. Raspa en los oídos provocando el mismo placer que la realidad de un cuerpo a cuerpo sin límites, ni tiempo ni contexto.

Ajustas la gabardina al cuerpo como si fueran unas sábanas, tapas con las solapas todo lo que puedes y te paras delante de un bar mientras observas tu cara en el espejo y te repites mirándote a los ojos: Ilsa no volverá.

El tiempo pasa pero Ilsa no volverá. En ese mismo bar donde haces memoria, algunos años atrás, en una rápida visita a Badajoz en busca de un pasaporte, repusisteis fuerzas tras darle los buenos días al sol como colofón a una noche donde fuisteis enredadera contra enredadera.

Ilsa no volverá. Ni ella ni tú estaréis jamás en Badajoz otra vez por mucho que vivas aquí ahora. Ella te acompañó a por aquel salvoconducto con el que podrías cumplir tus ansias de viaje. Huiste cuando no tenías por qué huir. La dejaste sola cuestionándose el por qué de tantas cosas que al final escogió el último confín del mundo con tal de no tener que ver tu cara aparecer y desaparecer como un truco de magia pesado y sin gracia.

Esta noche hace el mismo frío artrítico que aquel puente de diciembre en el que te lo advirtió:”Si algún día nos hacemos daños, no volverás a verme nunca más, así me tenga que esconder en el último rincón del mundo”.

As time goes by… Y le escribes esto porque sigue siendo tu manera de decirle que aún la echas de menos.

Cuando hace frío, cuando estás solo, cuando la noche afloja y la vida aprieta. En tantas circunstancias, incluso en otras en las que te olvidas de ella totalmente… Mucho, poco, siempre, nunca o a veces, lo cierto es que todavía la echas de menos.

Le escribes. Un relato más. Otro poemas. Quizás un cuento… Como al principio, como antes, como después, quizás como siempre. Sólo que ahora le escribes porque sabes que estas líneas no las leerá jamás. Y el folio en blanco no es una esperanza, ni siquiera un interlocutor, es tan sólo un depositario de tu bulimia sentimental. Atracones, propósitos de enmienda y vuelta a empezar.

As time goes bye… Y cada letra de esta nota no es ni más ni menos que sangre derramada de esos libros que están apilados al fondo del desván. Palabras arrumbadas junto a más palabras viejas y gastadas.

Letanías depositadas en ese apartado incontable de cosas nunca dichas, de otras tantas nunca hechas. De todas esas cosas entre tú y ella que nunca cogieron vuelo, qué no aprendieron a caminar o que, simplemente, se estrellaron de bruces contra el suelo.

Llegas a casa hipotérmico perdido. Tienes la piel tersa, más joven, pero sientes como pesa tu espíritu viejo, carcomido. Te dices a ti mismo:”No volverá a suceder”, como si quisieras quitarte un vicio. Y te dices mientras comes una manzana antes de dormir:”Esto no puede seguir así”, como si fueras enfermo crónico de un hábito destructivo…

… Y, mientras tanto, la vida se va de la misma manera que corre As time goes by

No matter what the future brings, as time goes by.

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