Hay una casa que no es mi casa pero que con el tiempo, se convirtió en mi casa. Está colgada de las alturas de un quinto piso, dentro de una zona residencial del noroeste de Madrid. Por fuera, es de ladrillo cara vista y por dentro, descubrí la mayoría de edad en la máxima amplitud de la palabra.

Tanto en otoño como el primavera, cuando el sol se derrumba ante la noche y, antes de dormir, lava su rostro sobre las hojas de los árboles, la luz que entra por las ventanas barniza la pared y los muebles de naranja… así como alguna vez también lo hizo con las desnudeces que pasaron por aquella casa en donde igual se iba a leer, que a estudiar, que a no hacer nada más que amarse.

Por dentro, está forrada de madera, como si fuera la cabaña de Peter Pan. De hecho, en esa casa nunca se deja de ser Peter Pan. No existe un tránsito normal entre minuto y minuto. Resulta como si jamás hubieran inventado la convención social que le da a nuestros días 24 horas, como si en esa casa nadie obedeciera a esa filosofía de vida, sino más bien, a la que dicta la voluntad personal y las ganas de vivir: sin tiempo, sin ataduras, sin más etiquetas que hacer de la vida lo que se sienta en cada instante.

Por eso, las horas pasan o muy deprisa o muy despacio, sin término medio, algo en lo que tal vez influya el hecho de que el reloj de principio del siglo XX que hay en el salón principal dejó de dar la hora hace más de 50 años y, desde entonces, nadie se ha preocupado por restablecer su marcha.

A excepción de la cocina, en cualquiera de las estancias o habitaciones, incluidos los servicios, siempre que abres un armario hay dentro decenas de libros. Siempre ha sido mi particular casa biblioteca. Los mejores filósofos, poetas desconocidos, ensayistas que apenas lograron sacar a la calle algunas decenas de ejemplares de su única obra… Droga dura para un joven que quería comerse el mundo y encontraba en el insomnio voluntario una abnegada vocación.

Horas y más horas de la madrugada dilapidadas entre hojas y más hojas que siempre traían una nueva historia, una nueva vida, razones más que de sobra para salir después a las calles de Madrid con ganas de aprenderlo todo, con todo por saber.

En aquellos días, los devoradores de libros salíamos de marcha con un volumen bien encuadernado entre las manos, así heríamos de muerte a los tránsitos en soledad que nos esperaban en el Metro. Hoy, en cambio, a cualquier hora del día, los vagones están repletos de viajeros alienados por móviles y tabletas táctiles, o libros electrónicos, que son más una excusa que una plataforma para el conocimiento.

La gente ha dejado de leer en su mayoría. Entonces, en los días de aquel Madrid de lectura compulsiva, de conversaciones inacabables, de duelos de citas, el subterráneo era la biblioteca más frecuentada de la ciudad.

Ya no hay libros, ya nadie levanta la vista de la pantalla de sus cacharros, ya nadie repara en la chica de enfrente y los ojos de la chica no reparan en los tuyos, el Metro ha perdido gran parte de su encanto porque ya no suscita aquellos efímeros enamoramientos que nacían y duraban apenas tres paradas y media.

No creo en las casualidades, pero si en los pálpitos y en las premoniciones. Quizás por eso, cuando llegue a este lugar con 18 años recién cumplidos, no me extraño que la parada de Metro se llamara Antonio Machado, escritor. Entonces, delante de la parada había una colonia de casas bajas, como si Madrid aún fuera adolescente, sin forma definitiva, apresurada en su confección, carente de la redondez que completa la edad, en definitiva: aún poseía el misterio que tienen las personas y la cosas que aún no están completadas en su totalidad.

Tras la furia constructiva de la primera década del siglo XX, la madurez (o inmadurez, quién sabe) llegó en forma de ladrillo sobre ladrillos hasta convertir todo aquel paraje en edificios de más de 10 pisos, campos de fútbol en vez de descampados y pistas de pádel que, en la primavera de la burbuja inmobiliaria, afloraron como setas tras un aguacero propicio.

Las casas bajas desaparecieron, sus inquilinos obtuvieron un piso que jamás hubieran soñado y aquel paisaje medio virgen se convirtió en otra tierra corriente más; ajada y emputecida por comisiones, licencias de obra y torres altísimas que rascaban el cielo y socavaban la tierra… Hoy muchos de aquellos pisos están vacíos; antes nadie los podía comprar y ahora no hay nadie que quiera comprarlos.

A unos 200 metros de esos edificios fantasmas está la casa que no era mi casa pero se convirtió en mi casa. Un universo contemporáneo, que no coetáneo, un mundo más allá del mundo, una casa que a diferencia de esos bloques, está construida sobre las páginas de libros tan antiguos como las palabras. Allí aprendí a ser mayor, allí crecí… Y allí vuelvo siempre que puedo aunque ya no viva allí.

Al salir del piso, miro hacia el reloj centenario. No tiene hora, no pasa ni un minuto, el tiempo está en perpetua catalepsia, jamás ha pasado nada nuevo por esas manecillas desde hace más de 50 años. Y a pesar de todo… el mundo ha dado más de 3 mil vueltas sobre el eje de la realidad que hay fuera, la que se levanta en la calle.

Hoy, en otro día más sin minutos, antes de salir, el reloj permanece mudo. Siempre que veía ese reloj pensaba en él como una metáfora para empezar de nuevo ya que el tiempo es inconvencional y sólo las vivencias son capaces de acotarlo, crearlo, destruirlo o transformarlo a su antojo.

Tras una nueva visita, es inevitable que vuelva la consecuente despedida. Otra vez la casa y ese sol que se funde en el interior de todas las estancias. Otras vez las sombras de los recuerdos dibujando su silueta sobre las paredes desnudas. Otras vez volver para tener que abandonar; dejar para marchar… La misma rueda concéntrica que nunca cesa, que siempre vuelve a pasar por el mismo lugar.

En la calle, el cielo despejado está envuelto por el frío otoñal. Las rayos de sol tiritan, tiritan las escasas nubes y a lo lejos, tirita el horizonte. El terreno donde estaban las casas bajas tiene ahora un parque infantil ubicado a los pies del edificio fantasma.

El parque está vacío y los objetos de diversión, de tan nuevos, parecen recién pintados a pesar del paso de algunos años tras su construcción.

Cinco minutos después, paso a paso, diviso a lo lejos la estación de Metro de Antonio Machado y antes de entrar, un pensamiento: “No pienso dejarme joder por el destino, mucho menos por una crisis, perseveraré en la idea de que haciendo las cosas bien puedes llegar hasta donde te propongas. Por eso, aunque solo vaya a utilizar uno, esta mañana, antes de abandonar Madrid de nuevo, compraré un bono con 10 viajes de autobús y Metro, porque pienso volver pronto, porque voy a gastarlos todos… Y más”.

Pan_Diario_Mayo_14,_2011

Posted: diciembre 4, 2011 in Uncategorized

Pan_Diario_Mayo_14,_2011

Desencuentro Naoko (Naoko Alone II)

Posted: noviembre 15, 2011 in Uncategorized

En la plaza del 2 de mayo, unos niños se balancean en los columpios de un parque infantil cercano al barrio de San Bernardo. Sus padres los vigilan a unos 10 metros, sentados en unas cómodas sillas dónde apuran despacio un doble de cerveza a 3 euros.

A su lado, Naoko otea el horizonte y espera a alguien. Rodea el filo circular de su copa con la yema del dedo corazón. Mira el gyn-tonic de soslayo, al que apenas ha dado un sorbo testimonial, y relee el mensaje que acaba de recibir:”Pídeme uno, acabo de salir del metro, llego en dos minutos…”. Y mira con curiosidad la otra copa que hay junto a la suya, sustituta provisional de una presencia que hace dos años que no tiene ante sus ojos, al menos, de manera física…

 Naoko trae en su piel un barniz reciente de canela, adquirido al sol, vuelta y vuelta, en los últimos 15 días que ha pasado perdida en una playa de difícil acceso:”Me fui sola, a la cabaña de una antigua amiga de mi madre… Desde que ella murió, siempre me invita a pasar allí la parte del verano que más me apetezca”. Se justifica mitad confesión, mitad coqueta, cuando el chico al que esperaba se sienta con parsimonia y sin dejar de mirar la inmensidad hipotónica de unos ojos que contienen magma volcánico.

“Deberías de patentar ese color de piel… Y llevarlo siempre, brillas más que todas las chicas juntas que hay en esta plaza…”, le dice él, antes de que le explique que ese color no es patentable, ya que es patrimonio de su piel y de una cala de Ibiza dónde no llega nadie.

El vestido azul noche que lleva puesto le cae justo por encima de sus rodillas, aunque sentada, da la impresión de ser mucho más corto. Es tan alta como el chico, más de metro ochenta, y eso que va en sandalias. No obstante, sentados, su altura se difumina por la diáfana estrechez de su cuerpo, tensado y armónico como un arco antes de lanzar la flecha.

Llevan cinco minutos mirándose, escrutándose, ocultando lo que quieren decir… Ella se arranca:”No nombremos nada del pasado, ¿OK?”. “Ok”, dice el chico sin más. Un ‘ok’ en minúscula, con poca convicción, porque el pasado está ahí, aún está ahí. Tanto para él como para ella, el pasado los retrotrae al instante en el que se desmoronó el castillo de naipe… Y cuando el castillo se desmorona una vez, es imposible volver a ponerlo en pie; al menos, con las mismas cartas…

 

-¿Me acompañarás en mi graduación de mañana por la noche?

-¿Quieres que vaya?

-Por su puesto… No te quiero asustar pero sólo vais tú, mi padre y su novia… Mi hermana quizás vaya con su novio, pero aún no es seguro…

-Iré, será un honor y un placer.

Cada vez que comenzaba a hablar con Naoko, a las agujas del reloj siempre le hacían falta más horas. De camino a Gregorio Marañón, paseando por el centro de la castellana, a través de sus árboles, a la noche, aún de tardía primavera, le picaba la garganta cuando comenzaban a chorrear los aspersores.

Supongo que aquella humedad era contagiosa. En la parada de metro que hay al lado del lujo hotel Miguel Ángel, se pararon como intentando desperezarse de la interrogación que les adormecía los sentidos.

Naoko tenía la capacidad de capturar toda la luz de luna en sus pupilas y desde dentro, la luminosidad se le iba a la sonrisa. Siempre que era de noche, allí dónde estuviera ella no hacia falta farolas. Naoko era la chica más alegre del mundo dentro de su profunda tristeza. Su madre le duró apenas dos meses después del diagnóstico a causa de un cáncer de garganta. Era médico, como le hubiera gustado ser a Naoko… Cuando su madre murió, a la adolescente que soñaba con anatomías imposibles y libros de literatura japonesa, se le quitaron las ganas de hacer nada y como mal menor, se hizo periodista. A pesar de esto, se le olvidó llorar a los pocos meses, quizás de tanto hacerlo sin descanso. Naoko tenía una sonrisa a modo de bombardeo atómico, con unos labios carnosos que eran una invitación a no dejar de mirarlos y una hilera interminable de dientes blancos que hacían de su sonrisa un arma de destrucción masiva.

-¿Vendrás, verdad?

-Iré… ¿Quieres que lleve traje?

-Quiero que vengas… Ehhh… ¡No tienes huevos de ir en bermudas…!

-Yo luzco más en traje, ya sabes que sólo hago el tonto si es en conjunto… El rollo solista tan sólo me gusta cuando la ocasión lo requiere o es imprescindible…

-Si vienes a mi graduación te pediré un solo que no acabe nunca.

-Si voy a tu graduación, no espero otra cosa…

Naoko se apartó un momento. Sacó un móvil tan fino que parecía una pluma estilográfica. Alguien la llamaba de la radio. Cada 00.00 horas, Naoko se convertía en calabaza radiofónica.

-Me dicen que si estaré a punto a las 02.00 horas…, dijo Naoko.

-¿Obviamente le has dicho que estarás borracha?

-Eres un cuadro… No, obviamente les he dicho que tengo preparada la sección pero que la hago desde casa.

-¿Desde qué casa?

-Desde una que está muy lejos de aquí, así que o nos tomamos la última o me cojo un taxi…, precisó la chica.

-Así que me dejas por tu trabajo… Válgame dios… ¿Dónde quedó mi poder de persuasión?

-Guárdate todo ese poder para mañana por la noche… Y sorpréndeme…

-No quiero decir “está bien” pero no me queda más remedio… Dame un abrazo y que tengas feliz radio aunque esta noche apuntaba maneras para que fuera la primera de muchas…

-La primera de muchas está al caer… Y la espera sólo hace que tenga más ganas… Buenas noches, se bueno y vete a casa, anda…, y así se despidió Naoko.

 

La primera noche de muchas nunca llegó. Hubo muchísimos intentos a lo largo de los años, pero hay momentos que no se deben desperdiciar si de verdad se desean, porque esos momentos, un suelen volver jamás.

Naoko, la dulce y herida Naoko, la chica enamorada de la literatura japonesa, jamás vio al chico de Gregorio Marañón acudir a su última ceremonia universitaria. Un sms tuvo la culpa:”Llego dos días antes de lo que te dije… Llego porque no sé esperarte… El vuelo procede de Amsterdam, si quieres ir a Barajas, encantada… Que tu intuición trabaje…”

La intuición llevó al chico a la puerta de llegadas internacionales… Y como a las 16.30 horas, la intuición quiso que una mano sobre su hombro le hiciera comprender que no iría a la graduación y casi a ningún sitio en mucho tiempo, quizás demasiado (aunque en ese momento, el chico desconocía eso)

“Nadie te va a querer como te quiero yo…”, y así, Ilsa se aproximó al chico y le dio un beso que silenció las cuatro terminales del aeropuerto. No eran novios. Nunca lo habían sido. Eran algo mucho más intenso, un estado que no está inventado, que carece de nombre.

Ilsa venía con toda la artillería lista. La mental, la sentimental y, sobre todo, la física. No se guardó nada para sí misma, cuando al entrar en aquel hotel de Príncipe Pío dijo:”¿Cómo era aquella cita que Ulises Adsuara le decía a Martina?”

El chico se acercó a ella, giro su cuerpo hasta ponerla de espaldas a él, casi rozaba la pared con la punta de su nariz, y mientras hacía caer su falda con la sutileza invisible de dos dedos, le susurró al oído:”Martina, he cruzado todos los océanos de este mundo para saber que no puedo vivir sin ti…”

Y desnudos, frente a la ventana abierta del segundo piso del hotel Conde Duque, vieron caer la tarde hechizada sobre los Jardines de Sabitini, mientras, en la distancia, se dibujaban los cuerpos con técnicas pictóricas que jamás habían practicado antes con nadie o, al menos, no recordaban, porque en aquel momento, el mundo era sólo de ellos dos, el mundo era sólo para ellos dos, el mundo no existía más allá de aquella habitación y de aquel crepúsculo que languidecía tras las caderas inflamadas del viernes noche en Madrid.

Ilsa y aquel chico que la acompañaba no solían hablar demasiado entre ellos. Eran más de hacerse el amor siempre que podían. Las conversaciones de aquel hombre con Naoko, sin embargo, eran interminable, llenas de requiebros, referencias, citas, autores, reflexiones existenciales… Pero con Ilsa era distinto, con Ilsa sólo había el silencio y el recuerdo de cuando fueron dos jóvenes amantes que, aunque se parecían a ellos mismos, eran muy distintos a las personas que, cuerpo a cuerpo, se hacían la guerra en ese justo momento.

Mientras que en aquella habitación del Hotel Conde Duuque la combustión llegaba hasta el techo, Naoko giró la cabeza más de 300 veces en 20 minutos. Su chico de Gregorio Marañón no aparecía, y sin ella saberlo, no aparecería en toda la noche… Justo cuando, preocupada, sacó el móvil para llamarlo, le llegó un sms:”Estoy en la Plaza Mayor con el fantasma de una chica que conocí antes de ser el que soy ahora… Sé que me equivoco y que esto no irá a ninguna parte, pero no puedo ir a la graduación”.

Tras mandar el ‘sms‘, el siguiente trago de cerveza le supo especialmente amargo. Pensó en Naoko, pensó en que quizás podría haber ido, atenderla y después, encadenarse al fantasma hasta que lo consumiera; pero no lo hizo, quiso ser tan diáfano como la culpa le exigía. Naoko no merecía mentiras, mucho menos, medias verdades.

Aquella noche, Ilsa y él bebieron juntos y sentados sobre el pavés de la Plaza Mayor. Cada uno con un bocadillos de calamares en la mano, respirando una calina que hacía peculiar aquel verano recién instalado que había desplazado de súbito a la primavera.

Cuando terminaron, dieron un paseo tranquilo por Sol, que por aquellos entonces, no tenía Indignados, sino tan sólo estudiantes que en la bonanza económica de principios del siglo XXI, desparramaban alegría y alcohol casi a partes iguales.

Subieron por la calle de Preciados, camino de Callado, la plaza de la Gran Vía más pura, nocturna y canalla, oscura y profunda como la vida de las mujeres que se venden al mejor postor cada noche, haya o no ganas.

Una vez allí, mientras esquivaban a los viandantes absortos por la belleza erótica de aquella avenida, disfrutaron de la noche, paso a paso, roce a roce, camino de la calle de Silva, lugar dónde se ubica el José Alfredo, templo de los mejores mojitos de la ciudad.

Aquella noche, el José Alfredo poseía un ambiente seductor. Con la gente justa como para no estar vacío pero, a la vez, parecer espacioso. La música a su justa temperatura y el jazz que se expandía por la estancia, copulaba con los oídos de la concurrencia que, ebria de verano recién llegado, se pegaba a la oreja de sus respectivas compañías como si no dejaran de solicitar deseos imposibles a través de promesas calientes.

Dos mojitos bien cargados bastaron para que Ilsa llamara al camarero y, sin dejar de mirar al chico traidor, pagó la cuenta.

-“Pagarás tu mojito y el mío… Pero ahora no…”

En esos momentos, mientras Paul Contrane interpretaba Beautiful Ballad, Ilsa cogió la mano de su acompañante y tras 15 minutos de paseo ciego, sordo y mudo por la Gran Vía, llegaron a Príncipe Pío tras un escarceo eventual en un semáforo de Plaza de España.

Una vez en la habitación, llenaron la amplia bañera turquesa y se metieron los dos sin saber muy bien como les había desaparecido la ropa del cuerpo. Cansados, abrumados por el encuentro, sin muchas palabras entre ellos, se abrazaron y permanecieron dormidos durante unos minutos… Después de un rato, apenas sin forzarlo, dejaron correr el agua por el sumidero y se tumbaron sobre la cama… No pasó nada, disfrutaron del sueño… Hasta que la luz rojiza del amanecer entró por la ventana como anunciando el día en el que el chico de Gregorio Marañón y su fantasma habrían de despertar juntos.

”Seguimos dentro de un sueño… Despierta a él… Vívelo…”, le susurró Ilsa mientras fumaba algo que no se comercializa en los estancos y apoyaba la desnudez de su cincelada figura sobre en el quicio de la ventana abierta.

“Seguimos en un sueño… Despierta…” Y al despertar, el dormido se detuvo en los labios humeantes de su fantasma:”No sabes cuánto tiempo he soñado con verte dormir…”, dijo ella entre beso y beso, entre roce y roce.

Cuando el chico concluyó la aproximación, el cuerpo de Ilsa era ya más deseado que la meta de un maratón. Ella tenía recogido su cabello negro en una cola de la que caían dos mechones que se acomodaban tras sus orejas. Los ojos chinos se Ilsa se expandían hasta ser tan sólo una línea en el horizonte de su rostro con cada caricia… Madrid amanecía en rojo y añil, y ese espectáculo del verano virgen y desbocado le daba al Palacio Real el mismo aspecto que debieron de poseer los mismísimos Jardines de Babilonia: de tanta exuberancia y belleza, pecado mortal para cualquier religión monoteísta. Los dos jóvenes amanecieron desnudos ante el espectáculo naciente de un tórrido día. Era un 22 de junio, en pleno solsticio de verano.

Se alejaron de la ventana sin mediar más palabra que las habituales en aquellas circunstancias e hicieron de la madruga un pretexto para llegar a la hora de comer sin más hambre que la del sueño.

Algunas horas antes, mientras seguía dormido, un sms llegó al móvil del chico:”No quiero volver a hablar contigo nunca más. Naoko.” Y supo que era verdad y también definitivo… O quizás, no. Meses más tarde, con el invierno ya instalado en un nuevo contexto, el chico volvió a tener noticias de la recién graduada. Fue en Salzburgo, lugar donde comenzó el nuevo curso. Y pese a que seguía subyugado por las cadenas del fantasma de Ilsa, escuchó encantado a Naoko, cuyo torrente de imaginación e intelecto le fueron imprescindibles en cuanto volvió a percibirlos.

 

Aquella noche de diciembre, tras una sesión de video llamada con Ilsa, apareció Naoko. El mensaje a través de Messenger fue conciso:”No sé ni por qué te escribo, pero aquí estoy…”

Si lo sabía: rabia, morbo y deseo. Una terna de sentimiento como carburante para mover a las personas, al mundo.

“Qué tal estás, muchachita?”

“Bien… Esperando a que me pidieras disculpas…”

“Decidí que lo mejor era que no volviéramos a hablar nunca más…”

“De verdad?”

“No, de verdad no, pero pensé que así evitaría resucitar cosa que no acaban de morir…”

“Qué cosas? Hiciste lo que quería… Qué cosas?”

“A veces hay que elegir, lo que no supone que todo lo demás desaparezca…”

“Tendrías que habérmelo dicho… Lo sabes y me lo debes…”

“Sé que te debo cosas, muchas, el mero hecho de que estés esta noche aquí, hablando conmigo, que el rencor no te enmudezca después de tantos meses… Sólo eso hace que te deba tanto como pidas…”

“Recuerdas nuestro plan de navidades cuando creías que estarías viviendo en Reikiavik?”

“Perfectamente: vendrías a Reikiavik, recorreríamos Finlandia y desde allí, vuelo directo a Nueva York, fin de año en Manhattan…”

“Ahora estás en Salzburgo… Qué no es el fin de mundo, pero también me vale…”

“Para qué te vale?”

“Para ir a verte… Parece que conmigo nunca tuviste el impulso de cambiar los planes. Aquellas noches… Por qué no me obligaste a seguirte a casa, sólo tenías que haber insistido…”

“Ummm… No sé qué decir… Tu trabajo… Tú… No sé…”

“Iré a Salzburgo, me plantaré allí… Lo sé, sé que tienes novia, sé que elegiste a Ilsa pero sé también que hay algo entre tú y yo que no se rompe, que no se acaba…”

“Puede ser…”

“Iré allí, de puertas para afuera seré tu mejor amiga, una “especie de hermana”, si quieres decirlo así…”

“Y…???”

“Y de puertas para adentro, seré lo que tu quieras que sea, hasta que te aprendas de memoria el paladar de la crema Donna Karan que llevo puesta en el cuerpo… Cómo y cuánto desees…”

“Ummm…”

“Qué dices…?”

“Digo que sí…”

“Me da igual si es por un sentimiento de culpabilidad, por pena o por aburrimiento, me da igual por lo que sea, me importa una mierda el por qué de tu consentimiento… Esta vez no dejaré escapar mi oportunidad…”

Así comenzó la conversación aquella noche en la que la nieve se amontonaba sobre más nieve sobre los tejados del frío Salzburgo… Las palabras cibernéticas siguieron. Hablaron de todo aquello que pertenece a la madrugada, a los instintos más furtivos, a los excesos propios de quiénes, en un momento determinado, desean más que piensan.

El chico no tardó en arrepentirse de aceptar la propuesta. No sabía cómo pero lo cierto es que Ilsa, a pesar de ser sólo un fantasma, había cambiado por completo su apetito inabarcable. Cuando pasaron 20 minutos tras finalizar la conversación con Naoko, se calzó los guantas y el gorro, y salió a toda velocidad camino de una cervecería cercana a su casa dónde encontraría a sus amigos. Eran las 03.15 de la madrugada.

Cuando llegó, los demás se habían ido a casa pero aún quedaban dos. Se sentó frente a ellos y les contó todo de golpe, desde el principio, sin parar. Una vez fue vomitada toda la culpa, decidió que no podía hacer eso, que quería, pero que no podía. No dijo ni palabra de Noako, tan sólo:”Ilsa no se lo merece, ella no lo haría…” Y cuando tres horas más tarde, llegó a casa, le escribió un correo electrónico a Naoko para abortar misión… “Lo siento, pero no puedo, deseo pero no puedo. Lo siento. No te olvidaré.”

Y no la olvidó. A su vuelta a España, Ilsa se desvaneció como el fantasma perteneciente al pasado que era en el presente. La apuesta del chico no funcionó y tras muchos sms, muchos correos, algunas llamadas y mil súplicas e insistencia, Naoko volvió a claudicar y a su vuelta de vacaciones, la chica que respiraba literatura japonesa como otros respiran oxígeno, aceptó una cita en la plaza del 2 del Mayo.

 

 

El chico llegaba tarde y le envió un sms:”Pídeme uno, acabo de salir del metro, llego en dos minutos…” Cuando la vio a lo lejos, de perfil, mientras su dedo corazón recorría el filo de la copa, sintió mil tipos de calores distintos que recorrieron su cuerpo como un vértigo desde la boca del estómago hasta el punto justo dónde pica la garganta. Necesitaría ese gyn-tonic… Quizás alguno más. En la distancia, Naoko, que permanecía absorta en sus pensamientos, aparecía tan bella como deseable, con la piel barnizada por un color que lo hacía más perceptible para el gusto que parar la vista, ya que daba una sensación inequívoca a dulce de leche, como si fuera más para comérsela que para mirarla.

Había estado en una cabaña en Ibiza, en una pequeña finca de una vieja amiga de su madre que, cuando ésta murió, se convirtió en su protectora.

-¿Cuándo dejarás tus relatos en la editorial para la que trabajo? insistió Naoko.

-No lo sé… ¿Es importante eso ahora?, dijo el chico.

-Para mí sí… Deberías de comenzar a publicar…

-Ya hablaremos de eso la próxima vez que nos juntemos…

-¿Cómo sabes que habrá próxima vez? ¿Ahora que tu fantasma volvió al mundo de los muertos, me darás una oportunidad?

Hasta ese momento, hasta esa justa frase, el chico estaba como inmóvil ante la remozada y reluciente Naoko… Tras esa frase, como si de un cortocircuito en un sistema eléctrico se tratase, el chico se sumió en la más absoluta desidia. El misterio se había evaporado.

El tiempo de separación, el silencio, los días de tedio junto al fantasma de Ilsa… Todo había vuelto a disparar la ilusión por Naoko, por la que además sentía el respeto de quién debe algo a alguien, de quién tiene una cuenta pendiente y está dispuesto a pagarla. La insistencia, la cita, aquella tarde, los ojos infinitos de ella, su piel a modo de dulce de leche, su vestido azul noche… Todo lo que había vuelto a despertar se durmió de súbito tras aquel recordatorio:”¿Ahora que tu fantasma volvió al mundo de los muertos, me darás una oportunidad?”.

Unas cuantas frases después de la funesta frase, dieron un lento paseo hasta el barrio de San Bernardo, dónde se había mudado Naoko. Se despidieron en la puerta de su casa:”Si tienes que subir, ya habrá más días…” Él fingió entusiasmo porque quería recordarla con aquella sonrisa de ciencia ficción que a ella se le pintaba en la cara cada vez que estaba contenta.

El chico se marchó, no miró atrás, y con cada paso adelante, sabía que no volvería a haber un paso atrás. Naoko se convirtió en estatua de sal, en otra historia más en el limbo de las grandes historias que nunca llegan a arrancar.

De vez en cuando, el chico encuentra su firma en la edición papel de un gran periódico de tirada nacional. Escribe muy bien. Entrevista muy bien y, al fin, como siempre quiso, dejó su trabajo en la editorial para ser un nombre con peso específico en el mundo de la información cultural.

Cuando ve su nombre escrito sobre la información, el chico se pregunta, a veces, qué hubiera pasado de intentar que Naoko no conjugara tanto con el recuerdo de su fantasma evaporado… Quizás habría ido bien, casi seguro que así sería, pero eso nunca lo sabrá… Ya que no suele haber segundas oportunidades, excepto para los remordimientos.

Naoko nunca llama, tampoco escribe, y cuando pasea por las callejuelas del Madrid de entonces, suele mirar a un lado y a otro para que el fantasma de aquel chico que nunca se atrevió a decirle que SÍ, no se le presente como si fuera la noche de los muertos vivientes.

A veces, necesita sentirse a salvo de sus propios pensamientos, de sus propios recuerdos. En la última entrevista que firmó, le preguntó a un joven escritor:”¿Para qué sirve el pasado”. Él autor respondió:”Para nada, sólo para aprender de él y si te dedicas a escribir, convertirlo en ficción… Si te quedas atrapado en el pasado, serás siempre la misma persona, sin capacidad para madurar, sin capacidad para evolucionar”. Y ella cerró la entrevista con un atípico:”Eso mismo me gusta pensar a mí…”

 

EPÍLOGO

El chico lee con atención cada uno de sus artículos. Consulta la edición Web del periódico para el que trabaja la periodista y aunque sea con días de retraso, suele fijarse en todo aquello que escribe Naoko. Se siente orgulloso. Se enteró de la ocupación de ella un día, mientras leía ese periódico que no suele comprar, cuando al comenzar a leer pensó:”Qué bien escribe éste tío… Raro para ser periodista…” No era un tío, sino una tía, y en la firma ponía: Naoko. Simplemente, Naoko. La chica de la infinita alegría en su profunda tristeza.

No piensa en llamarla. Ni tampoco en escribirle pero se arrepiente en lo más hondo de haber seguido los pasos cavernosos de un fantasma que tarde o temprano habría de volverse al mundo de los muertos. Se arrepiente de no saber el qué y el cómo de muchas cosas según el pensamiento y la opinión de Naoko. El café siempre es más insípido sin ella enfrente. Lamenta no haber vivido el “hasta cuando dure” con la chica de las conversaciones infinitas, la misma persona que tenía la cualidad de convertir las manecillas del reloj en meras anécdotas.

También recuerda la pasión que sentía por ella, la pasión inconclusa que jamás llegaron a consumar. Recuerda el dulce de leche en el que se convertía la piel de la chica en cada verano y tan sólo acierta a sonreír, quizás porque lo mejor que se puede hacer con el pasado es “aprender de él y si te dedicas a escribir, convertirlo en ficción…” Todo lo demás, es estropear el presente y tarde o temprano, el presente se convierte en pasado y ya no hay manera de volver atrás.

El otro día, mientras tomaba una cerveza, el chico habló con el camarero del pub José Alfredo. Algún tiempo atrás, de tanto ir, acabaron siendo amigos. Ahora, ni él trabaja allí, ni el chico suele ir casi nunca, pero hace un par de semanas, ambos se encontraron por casualidad y como clientes. Tras hablar sobre aquellos días durante un buen rato, el chico le preguntó si recordaba a Naoko:”¿Era aquella chica con la que  solías venir hace mucho tiempo, ¿No? La que siempre solía llevar una copia de ‘Tokio Blues’ en la mano…”

EL NIÑO ÓSCAR

Posted: noviembre 6, 2011 in Uncategorized

El niño Óscar vivía en una casa llana de tres habitaciones en penumbra que estaban comunicadas a través de un pasillo tan estrecho como una lengua y que culminaba al fondo en un patio encalado que sostenía la armonía doméstica y funcionaba como vía de escape. En aquel espacio abierto, la luz de la mañana alumbraba a modo de despertador y las efímeras tardes de invierno derramaban su tristeza añil sobre las ramas del limonero.

Una de aquellas habitaciones fue un puesto de golosinas algunos años atrás, cuando el niño Óscar se volvió hombre de repente. Nunca sabes lo que te espera en la vida, pero lamentablemente, no somos plenamente consciente de la realidad hasta que no perdemos a algo o a alguien que nos importa más que nosotros mismos.

Muchos años antes de que aquella habitación fuera tan sólo una estancia donde se reunía con amigos, justo en el momento previo de convertirse en tienda, el niño Óscar perdió a su madre, de súbito, sin la más mínima opción de llevarle la contraria a la muerte, sin preparación ni psicopedagogía, sin tiempo de adaptación… Un súbito y certero disparo de nieve al corazón cuando el niño Óscar apenas comenzaba a ser niño.

Desde aquel día, el niño Óscar pasó a ser simplemente Óscar. Y los años de niñez y posterior adolescencia pasaron con la pesada carga de un hecho que no se podía obviar y, a la vez, las hojas del almanaque cayeron a la velocidad de la luz: trabajo, estudios, chicas, recuerdos, lucha… El vértigo con el que pasa la vida cuando tienes la certeza de que aquello que amas no volverá jamás.

A partir del mismo día que el niño Óscar se hizo un hombre, tuvo como tutora y madre a su abuela. Una de esas venerables ancianas que saben estar incluso cuando permanecen ausentes. La señora Luisa no se permitió envejecer hasta mucho después de la muerte de su hija, cuando el niño Óscar ya había dejado de ser niño hacía mucho tiempo, cuando era todo un experto en el difícil arte de la vida.

Alfredo, al que la vida le había regalado una niñez abundante en todo aquello que importa más que lo material, solía ir a casa de la señora Luisa a comprar golosinas. Casi siempre los sábados por la mañana, antes de jugar al fútbol, aunque a veces también, los domingos por la tarde, cuando la semana agonizaba y no había nada mejor que hacer en el pueblo que pasear por sus calles con una bolsa de pipas en la mano. Alfredo, bisoño e inocente hasta que descubrió la vida de golpe a sorbos y gritos, jamás se hubiera imaginado en aquella habitación, muchos años después, en compañía y con la amistad del rebelde con causa llamado simplemente Óscar.

Durante los dos últimos años de instituto, en aquella habitación que una vez fue una tienda de golosinas, los dos amigos pasaban casi todas las tardes de los viernes. Escuchaban Extremoduro, lamentos de Camarón, algún que otro poema recitado por el mismísimo Rafael Alberti y entre unas cosas y otras, caía algún que otro cigarro, alguna que otra copa a escondidas, algún que otro mensaje de texto a través de móviles prehistóricos que habían llegado a las manos de aquellos dos jóvenes de procedencia humilde gracias a la democratización tecnológica que cambio el final del siglo XX y el principio del siglo XXI.

Eran dos personas muy diferentes. Quizás por eso podían ser amigos… Aunque muchas veces parecía como si lo único que los diferenciara en realidad fuera la fachada y la experiencia vital. Dos fotografías idénticas pero reveladas a distinto ritmo. Dos maneras de presentarse ante el mundo, de crecer en él pero un fin más cercano del que les pudiera parecer. De una manera u otra, ambos se necesitaban. El rebelde con causa necesitaba la aplicada inocencia, el inocente necesitaba de la cruda sinceridad y el cariño tosco del rebelde. La complicidad nace de la necesidad, eso une a las personas más que cualquier otra alquimia, de hecho, esa es la única alquimia verdadera para una unión entre dos personas, la única perdurable sea del tipo que sea.

Pasaron los años y la vida puso a cada uno en una ciudad distinta. Lejos. A veces se veían y conversaban. No trataban de recordar nada de aquellos días, porque para tíos como Óscar, los recuerdos son lujos que es mejor no permitirse.

Cuando se cruzaban por la calle en algún día festivo, siempre solían hablar de la señora Luisa, que puso un puesto de golosinas para tirar hacia delante y porque así podría endulzar la hiel que llevaba impregnado el ritmo ininterrumpido de los días con sus ausencias a cuestas. Alfredo sabía que eso reconfortaba a Óscar, que siempre le contaba como la fuerza de los días se llevaba poco a poco su salud. La señora Luisa se apagaba con el paso de cada otoño, pero incluso cuando el fulgor que había en ella era menos cierto que un suspiro, seguía manteniendo una luz capaz de iluminar toda la casa. Había cuidado a ese muchacho en sustitución de su propia hija, había sido madre y abuela, y el día que su nieto acabó sus estudios superiores supo que, aunque a veces tarde demasiado, la vida siempre guarda un premio para todo el mundo.

A partir de entonces, la señora Luisa se permitió el capricho de envejecer, dejó de sostenerse las arrugas, asumió que su espalda se arqueaba como una ‘s’ minúscula y pronto comenzó a tener dificultades para caminar con facilidad.

Murió de vieja. Con todos los deberes hechos y muchos más que ella hizo por amor, vocación y fuerza de voluntad. Una mañana de tedio tan típica en estos días de maldita crisis, Adolfo se cruzó con Óscar por la calle después de muchísimo tiempo, quizás años. Se abrazaron y como siempre, la conversación acabó en la señora Luisa:”Se está muriendo… Ahora sí que se está muriendo…”.

Tras despedirse, Adolfo dio un larga caminata, pasó en frente de aquella casa donde echó tantas tardes con Óscar y no pudo evitar echar unas lágrimas calladas, unas lágrimas duras como el mármol, por aquella anciana que le vendía gusanitos y trastos cuando él tan sólo sabía de la vida el nombre de su pueblo.

La señora Luisa descansó en paz durante una noche de primavera. No se permitió el lujo de morir hasta que no fue el momento adecuado. Había tenido la fortaleza y la valentía de hacer de madre y de abuela hasta convertir a Óscar en un hombre en el sentido más amplio de la palabra, una persona con todos los recursos necesarios en su haber para vivir y saber vivir la vida.

Adolfo estuvo en su entierro y me contó que el pueblo entero calló en honor a ella. La señora Luisa era mejor que buena, y como suele suceder en los sepelios de personas así, la gente permaneció callada de principio a fin, porque en los entierros de las personas buena nadie habla, tan sólo recuerdan.

Desde hace unos meses, Óscar y Adolfo han vuelto a vivir en el mismo lugar. A veces se cruzan, se paran, dos frases, un “nos vemos…”, o también un “cómo te va…”, “nada de curro…?” Y así siguen. Hace un par de noches, tras una conversación entre risas, Óscar le hizo una pregunta a Adolfo:”¿Recuerdas cuándo mi madre tenía el puesto aquí, no?”. Estaban en la plaza del pueblo, el sitio concreto, y pese a la ubicación, Adolfo no consiguió relacionar inmediatamente la pregunta… A pesar de su desconcierto inicial, de repente, reaccionó y respondió a Óscar:”Claro que lo recuerdo, perfectamente…”

Esa sola respuesta, esa reafirmación en que sus recuerdos seguían vivos y presentes, hicieron que Óscar -el chico duro, el rebelde con causa, el intelectual, el hombre experimentado en la vida- esbozara una sonrisa que lo trasladó muchísimos años atrás. Cuando aún no era el hombre descomunal que hoy en día sería capaz de tirar un árbol con la fuerza de sus hombros, cuando no tenía esa voz que raspa como una espátula, cuando tan sólo era ‘el Niño Óscar’, un chico calcado a su madre que tenía una abuela que ya por entonces lo quería a rabiar.

 

 

 

 

‘El bar sin nombre’ si tenía nombre. Estaba tapado, descascarillado en el letrero que hay encima de la única ventana que el sitio tiene a la calle. El sitio se llama ‘La Ida’, y no lo supe hasta el otro día, quizás nunca lo quise saber, a mí me gustaba decir:”Esta noche vamos a un bar que no tiene nombre pero que posee todo lo demás.” Y entonces me ponía a explicar como era el caballito de mar gigante que cuelga del techo, o explicaba la tonalidad exacta de rojo bermellón que colorea las pequeñas estanterías de casa de muñecas que están atestadas de libros.

A veces, significaba con énfasis las exposiciones itinerantes de fotógrafos desconocidos que pasaban por allí, más aún, desde que el otro día alguien me dijera:”Mira, esa chica tan guapa es la sobrina de Alberto García-Alix, es amiga de mi hermana desde que erapequeña y quiere ser actriz… Estará igual de tocada que toda la familia… Pero que guapa es, ¿eh?”

Sí, si era guapa. Ese sitio, no sé por qué, me recuerda a Alberto García-Alix antes de ser Alberto García-Alix, antes de ser célebre… Yo creo que si su sobrina quisiera ser fotógrafa en vez de actriz, expondría en esa paredes de ’El bar sin nombre’ que cambian periódicamente de color, o quizás yo aprecie ese cambio porque ya no suelo ir por allí tanto como me gustaría.

Las dos últimas veces siempre he llegado cuando no había nadie. Una vez porque era un día de diario y demasiado tarde. Otra vez, porque era día festivo y demasiado pronto. Quizás sea una metáfora de mi vida de últimamente, llegar a destiempo a casi todos los lugares y cuando no hay nadie.

A ese sitio he llevado a toda aquella persona que merece conocer un sitio especial: unas veces porque eran amigos del pueblo; otras porque eran muy buenos amigos; otras porque necesitábamos una conversación para decir las cosas que sólo salen en los sitios especial; también porque fuimos amantes y hay algo de esa magia que no se debe perder nunca aunque nunca sea el estado permanente para casi todo.

Por allí he ido justo antes de pasarme la noche en un cuerpo a cuerpo sin fin; por allí he ido a hablar con amigos de todo lo que haríamos cuando mejorara la situación y también he ido a oír hablar, a darme el gustado de escuchar y disfrutar de cada gesto, de cada pliegue, sin mayor interés que las horas pasen muy despacio y las cosas muy deprisa, que el contexto se alargue, que el presense se dilate, que el futuro no llegue. Vivir el momento, tomar té helado verde, o un mojito (o varios) vomitar sinceridad como deporte de riesgo hasta caer de espaldas de tan liviano y tan libre… No parar de disfrutar del aquí y el ahora como si no hubiera mañana y todo, parapetado tras esa prudencial distancia que otorga a los momentos las cosas que se piensan dos veces antes de hacerlas.

A veces, también he ido sin ir. Tan sólo ha sido una vez, con una persona, pero en realidad, son muchas. Ir sin ir no es fácil, exige una gran concentración, una gran esfuerzo de narrativa para hacerlo bien, pero si miras la cara más adecuado en el momento más adecuado, suele salir sin problemas. He imaginado el itinerario:”Pues mira, esta es la estatua de la estudiante, es una plaza mítica, la gente suele venir aquí a la salida de los garitos de Malasaña; en verano, a disfrutar del ambiente; en invierno, porque al ser un lugar abierto no cierra nunca… Pero ya verás, ven, ven… Por aquí, por esta calle está uno de mis bares preferidos de Madrid, ‘El Bar Sin Nombre’, ¿Te he dicho que tiene un caballito de mar colgado del techo? Aquí ponen, sin duda, el mejor té helado de la ciudad, dicen que es sin alcohol, pero está tan bien hecho, que a mí me suele subir más que cualquier gin-tonic…” Así también he ido, sobre todo el último año, cuando no podía estar, pero de narrarlo, de imaginarlo, de pensarlo, iba más que si estuviera allí, o quizás no tanto… Pero si es cierto que iba mucho de esta particular manera.

El otro día estuve en ‘El bar sin nombre’. Los ojos que me acompañaban no paraban de mirar hacia un lado y hacia otro, como escrutando todo ese universo distinto, peculiar, como dijo “con ese encanto tan característicos de los sitios a los que no sueles ir…” Sí, así es ‘La ida’:”Con ese encanto tan característico de los sitios a los que no sueles ir…” Aunque yo he ido mucho, y seguiré visitándolo, y aún así, siempre me parecerá que tiene la misma cantidad imponderable de encanto, porque esas cosas no se pierden con la asiduidad, si no que más bien, aumentan.

La primera vez que conocí ‘La Ida’, no tenía ni idea, si quiera de que existía esa calle. Tantos años tejiendo pasos por el barrio de Tribunal y nunca pasé por allí. “Conozco un garito que te va a encantar, me llevó el otro día mi compañero de piso y desde que entré supe que ese bar estaba allí para que tu lo visitaras…” A mí esas frases, tan aleatorias, tan generosas, tan típicas, lo cierto es que me suelen hacer una mella bastante importante, sobre todo, y quizás más que por la frase, por la persona que la dice. Tenemos la cualidad (y a veces el defecto) de otorgar un poder mayor a las palabras dependiendo de quién las diga. Yo nunca escatimo a la hora de conceder cuando así lo siento, aunque a veces no lo piense muy bien. En ese caso, aquellas palabras tenían todo su poder consustancia y todo el poder subjetivo que yo les atribuía. Por eso, en aquella víspera de Navidades de 2006, con el tren de aterrizaje recién posado en el aeropuerto de Barajas, a mí aquel sitio ya me pareció el sitio más especial del mundo sin haberlo visto ni imaginado jamás.

Después de una ducha, después de andar bien cogidos por la calle, como si al agarrarnos, agarráramos un presente que de alguna manera se nos escapaba sin darnos cuenta, llegamos al ‘Bar sin nombre’. Tenía un caballito de mar colgado del techo. Unas estanterías borrachas de libros. Sofás para perder la vergüenza y ganar en ganas de vivir, luces rojizas y ocres que se entremezclaban y parecían el cromatismo de un sueño imposible, conversaciones en susurros, universos independientes en cada una de las mesas que comparecían de modo concéntrico en el espectro general de aquel gran universo de lo que después habría de llamarse ‘La ida’.

Fui esa noche del 12 de siembre de 2006. Tan feliz por estar de vuelta después de tres meses. Tan amparado y protegido por esa felicidad de quién se siente esperado… Esa noche fue como un torbellino. Tanto fue así que pasó a la velocidad de la luz, como todos las cosas buenas. Y después, un salto temporal: otra vez allí, un año después, apenas sin darnos cuenta y con contexto a punto de derrumbarse, aquejado de aluminosis.

Puente de diciembre de 2007… Y un:”Volvamos a intentarlo, por favor… No nos rindamos…” Y yo, de nuevo, concediendo ese poder imponderable que le otorgas a las palabras de según que personas sólo por el mero hecho de que son sus palabras, sin más mérito que ese. Y tras mis reticencias, tras un largo silencio, tras esperar a que el semáforo se pusiera en verde después de haber dejado ’El bar sin nombre’ diez minutos antes… Tomando aire, pensando lo más despacio que podía en frente de sus ojos en posición de media luna, rasgados como el reuma rasga los cuerpos en invierno. En esa circunstancias decidí tirar hacia delante sin valorar el mañana, ni los riesgos, ni los daños, ni nada:”Vámonos…” Eso dije, y nos fuimos.

Y vuelves muchas más veces al ’Bar sin nombre’. Año tras año, en diversas y distintas circunstancias, y te gusta tanto que cada vez que vas es nueva. Es diferente. Porque cada contexto merece una oportunidad y porque llega un momento en la vida que o dejas de creer en los fantasmas o te olvidas de vivir.

Hasta que el otro día, sentado frente a unos ojos que lo escrutaban todo. Unos ojos que no suelen ir a ese tipo de sitios pero que, sin embargo, ajenos a su embrujo, al menos en el primer instante, te dicen:”Manu, sí que tiene nombre tu bar sin nombre, se llama ’La Ida’, mira lo pone ahí…” Y te das cuenta de que la realidad objetiva se impone a la realidad subjetiva ya que goza de todos los elementos tangibles que le faltan a la otra.

Salís del bar. Te atreves a decir:”Este es el bar del té helado… Pero si lo que te gustan son los mojitos, entonces, tienes que conocer el ’José Alfredo’, los mejores mojitos de Madrid…”

Y aunque el día fenece en manos del horario de invierno, aunque la luz ya no es blanca sino que tiene la decadencia ocre de las farolas de ese centro laberíntico de callejuelas y pavés, aunque lleváis por ahí desde el medio día, nunca te cansas de descubrir la ciudad a quién quiera descubrirla, de descubrir cosas para que tú sigues aprendiendo también.

Y en el ’José Alfredo’ esperan otro millón de historias… Este tuvo nombre desde siempre, por eso no es tan especial como el otro… Y es que todo aquello que permanece indefinido, posee de manera inherente el poder de seducción de lo que está por descubrirse.

Como en la época en la que dejó de ser persona para mutar en animal, Asterión se adentró aquella tarde en la sierra profunda. El campo estaba cubierto de otoño, con las primeras hojas inertes sobre el suelo. Las ramas de los árboles, temblorosas y desnudas, copulaban con las primeras ráfagas de aires frío después del verano y anticipaban el olor a mojado que perfumaba la tierra desde hacía unas jornadas. En pleno esfuerzo, el joven recordó a Calíope y sus sentidos despertaron lo que había estado dormido en su cuerpo. Despertó hasta convertirse en compañía notable durante toda la carrera.

Alborotado por la súbita aparición en su memoria, y a pesar del esfuerzo, Asterión deseó que en medio del campo hubiera una cabaña y que al entrar, Calíope estuviera dentro. A medida que sus zancadas ganaban en potencia, paradójicamente, el cansancio físico desaparecía de sus piernas. Imaginaba como entraría en la cabaña y bajo una ducha sin persianas, lavaría su cuerpo tonificado por el deporte y el agua mientras su joven ninfa lo observaría en silencio. Si acaso, con el único sonido de leves y casi imperceptibles caricias propias en la distancia.

En el punto álgido de su esfuerzo atlético, la imaginación de Asterión acompasaba su carrera de tal modo que casi se adueñaba de ella. En su mente componía las imágenes de una ensoñación tan real como onírica.

En ese mundo paralelo que transcurría al mismo tiempo que el mundo real de sudor, esfuerzo y carrera, Calíope secaría el cuerpo del deportista con sus propias manos… Y cuando ya no hubiera agua sobre su piel, desnudos y envueltos, volverían a mojarse, pero esta vez juntos, sumidos en ejercicios interminables… Al final, y ya rendidos, olerían de nuevo el aire a campo que entraría por la ventana de la cabaña y desearían volver a empezar… Asterión proyectó su propia imagen mientras dibujaba un verso nuevo sobre el cuerpo de Calíope con cada uno de sus movimientos.

El otoño y la tierra mojada le recordaban a la joven de cuerpo en posición de avance. “El otoño y la tierra mojada huelen como Calíope”, solía decir. Aunque ya casi no podía recordar el olor exacto de ella, que podía oler a dos aromas inolvidables que a él, sin embargo, cada vez le era más difícil reconocer, ya que los olores entienden mucho más de presencia que de abstracción.

Llevaba unos días sin dormir. Bastantes. Cada noche desde hacía algunas noches, pegaba la cabeza a la almohada sin conseguir la paciencia justa como para olvidarse de todo. Calíope lo había abandonado días atrás, de repente. Certera y homicida, como un hachazo transversal, que le profería un insoportable escozor desde la garganta hasta el epicentro mismo del pecho.

Calíope se fue como autoras de un casi milagro. Asterión se quedó a punto de reconvertirse en Ulises Adsuara y fue, precisamente, esa esperanza de volver a sentirse mejor persona, de tenerlo tan cerca, lo que más le dolió ante la huida de la joven, que casi se había convertido en redención, pero que se quedó en casi… Para desasosiego de Adsuara, que se notaba diluido otra vez en el lado oscuro y salvaje de aquel animal que había custodiado su voluntad durante más años de los que podía y quería recordar.

Poco a poco, hora tras hora, Ulises Adsuara se fue alejando cada vez más y Asterión se hizo más y más fuerte dentro de aquel joven que querían algo mejor para sí mismo. No gozó de la oportunidad y no tuvo remedio. Volvió a tensar sus músculos, a buscar en la naturaleza tanto cansancio como paz pudiera conseguir. Y repleto de fuerza y ansia, se adentró de nuevo en la cueva oscura que habitó durante siglos y que lo convirtió en el ser inmortal que es, a cuestas con su dolor, sin temer la perdida de nada, sin rastro de debilidad, pero a su vez, portador de todas las debilidades. Así fue como Asterión se hizo más y más presente, como Ulises se alejó más y más, silenciado en algún lugar muy profundo de donde sería casi imposible volver.

Asterión se sentía de nuevo fuerte en aquel cuerpo, dueño de aquella mente; cazador furtivo de instantes. Ánima casi carente de alma y con una voluntad depredadora fuera de lo normal. Así renació Asterión, que de vez en cuando recordaba a Calíope y deseaba que estuviera dormida dentro de aquella cabaña. Pero la cabaña no existía:”Eso serían cuentos chinos de Ulises Adsuara”, se decía como reproche por su incapacidad para amar el recuerdo cuando el recuerdo tan sólo era una sombra.

Y todo lo que había de especial en Asterión fue carcomiéndose poco a poco hasta que volvió a optar por el silencio como modo y forma de comunicarse. Aunque, a veces, todavía, le gustaba decir:”Yo, como todo el mundo, aún creo en ‘mis puntos suspensivos’… Aunque cada vez menos.”

Y la historia sólo acababa de empezar, incluso para Asterión, que odiaba comenzar nada. La historia seguía así “…” (Con unos puntos suspensivos contra los que ni Asterión podía luchar y que tenía en incierto nombre de FUTURO) (Calíope o no Calíope… Eso ya se vería…)

 

 

 

 

GIRO ARGUMENTAL

Posted: septiembre 15, 2011 in Uncategorized

Y llega ese momento en el que no te entiendes, ni te entienden ni entiendes absolutamente nada. El instante crítico con aroma a final. Ese plano a cámara lenta dónde la gravedad pesa como una losa y en cada sílaba de una palabra, se mastica el drama. Ese justo momento, ralentizado, como sin querer terminar… Y de tan cerca de irse todo a la mierda, de repente, un in pass. Y piensas: “¿Por qué no reforzamos los cimientos? ¿Quién sabe? ¿Quizás aún no toque el fundido a negro y un THE END grande como el Kilimanjaro a modo de todo el mundo a su casa?” “¿Quizás esto tiene más metraje… Sí, definitivamente, merezca la pena que la historia siga y siga si conseguimos que recobre el ritmo… ¿Por qué acabarla de cualquier manera?”

Un segundo antes, sólo un segundo, la historia se agotaba, languidecía por falta de motivación, o interés o por la tediosa y puñetera desidia, o por las tramposa monotonía, siempre poseedora de las cartas marcadas… Pero… ¿Por qué no reescribir el libreto? ¿Por qué no una canción aquí y un pensamiento positivo allá?

¿Por qué no hacemos que las palabras funcionen en sociedad? Las unas apoyadas en las otras… ¿Por qué no recobramos lo que se haya perdido?

 ¿Así de fácil? No, así de DIFÍCIL… Pero, de repente, te sientes más joven, mejor, por intentarlo… Quizás un vuelo lunar sería más sencillo pero quizás, también, la vida no merecería la pena si de vez en cuando no intentáramos algo que resultara extraordinario.

 Le damos la vuelta a todo. Un giro argumental, eso es imprescindible, claro que sí. Y despega… Y despega… Y hay que esforzarse para darle verosimilitud a la trama, para no caer en lugares comunes, en frases hechas, para que lo inaudito no sea tópico, para que lo sorprendente no resulte fatuo… Empero, con ese esfuerzo, con esa dedicación, el relato, de nuevo, puede comenzar a respirar por los cuatro costados.

 Quizás al principio cueste, ya que no es fácil mover sustancialmente las piezas de una partida cuando ya está avanzada. Sin embargo, intentarlo no es una obligación, es una necesidad vital para los implicados. Una danza instalada en el pecho que obliga siempre a volverlo a intentar, a pedirle un poco más a todo lo deseable.

De acuerdo, es cierto que el algodón de azúcar es un empalague, La Casa de la Pradera no existe y… ¿Qué decir de Los Mundos de Yupi? Ains… ¡Los Mundos de Yupi! ¿Pero quién los quiere? Tan sólo hace falta imaginación y deseo para vivir instalados en el día a día sin que resulte un tostón. Con ese aderezo, se pueden construir castillos de naipes en el aire y barcos de papel para navegar sobre el agua. Se puede hacer que incluso el más descarnado realismo resulte especial hasta convertirse en una fábula… Si no, de qué Roberto Benigni y de qué su “BUENOS DÍAS, PRINCESA”.

A esto yo me apunto. Igual me da con gafas o con lentillas, pero me siento frente a los folios escritos hasta coserlos a cicatrices de tanto emborronarlos. Y trabajaré hasta que los folios en blanco suden tinta, incluso, en sus escamas más secretas.

Estoy dispuesto a dedicarle el tiempo que haga falta hasta. Así, tras una ‘coma’, un ‘punto y coma’ o varios ‘puntos seguidos’, la historia volverá a ser lo que era en un principio. No pienso parar hasta situar el argumento en su justo camino, así me tenga que retrotraer al principio. ..

Se me ocurre un inicio. ¿Cómo sería? Algo sólido. No hay que obsesionarse con la originalidad, ni siquiera con la seguridad, dejemos que el tiempo y las palabras fluya… Por ejemplo, este:

“Ulises Adsuara vivía en una casa de techos altos y oscuros como los de una catedral. En la primera planta tan sólo había una estancia y en sus paredes resaltaba una estantería enteriza y monolítica que estaba preñada de libros, tantos como había coleccionado en sus viajes por el mundo.

La vivienda de Ulises tenía una segunda planta, un subterráneo donde guardaba el mayor de sus secretos. No lo descubrí enseguida. Pasaron meses hasta que decidió contármelo. Una noche, hablando de leyendas y viajes, me dijo que tenía una máquina que le permitía transportarse al sitio que quisiera y en el momento que quisiera. Así había conocido lugares que no están recogidos en ningún libros. Había experimentado y visto todo lo que los ojos de una persona jamás hubieran podido imaginar.

En aquella casa, no sólo hubo libros o películas. Documentales o recortes de periódicos traídos de los cinco continentes. Como en toda buena historia, también hubo deseo, sexo, y amor… Mucho amor. Todo ello como parte inherente de cada historia, de la historia en sí conformada por esas historias… De cada uno de los relatos que, con todos sus matices y contextos, Ulises me contó noche tras noche.

-”¿Cómo funcionaba esa máquina?”, le pregunté curiosa unos días después de que me hablara de su existencia.

-”Lo importante no es el cómo, si no el qué… Si quieres, cada noche que vengas a mi casa, te contaré una historia y un viaje, mezcladas, porque sólo así es la pura realidad. Y al final, cuando hayas escuchado todo lo que descubrí, aprendí y sentí, entonces, sabrás utilizarla sin que yo te diga nada y permitiré que vayas dónde te plazca”:

-“Me gustaría ir a muchos lugares, aprender tanto como sea posible… Pero me gustaría que fuera contigo…”

-”Sería un placer, sería como mi primera vez en cada sitio, como si jamás hubiera estado…”

 

Y así, muy despacio, y día a día, disfruté de las historias de Ulises hasta que supe el secreto…

-”¿Cuál era el secreto?”,preguntó una chica cómo queriendo preguntar algo más.

-”Lo importante no es el cuál si no el qué. Para apreciar bien cada cosa nueva que llegue a tus sentidos, debes de amar la trama más que el desenlace. Así con todo… Ese y no otro fue, es y será siempre el secreto”, aseguró Calíope e inmediatamente después ordenó a sus alumnos que cerraran los libros y abrieran los oídos…”

 Creo que ese puede ser el principio de una gran historia, sin duda…